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Protagonista de un áspero entramado de dolor, pobreza, marginación y ternura. Durmió en micros, plazas y en el Cementerio
Sobrevivió a su propia leyenda. Gabriela Edith Hernando –más conocida como “La Topacio”- debe ser una de los pocos habitantes de la Plata que convive con su mito. Hoy vive en la frontera entre La Plata y Berisso. Nació el 14 de junio de 1970 en Los Hornos y su vida fue, sobre todo en la infancia y adolescencia un áspero entramado de dolor, de pobreza y abandono, de valentía a toda prueba y también de amor.
Sin embargo, ella no dudó a la hora de hacer un balance sobre esas situaciones tan dispares: “Desde que tengo memoria, mi vida fueron más golpes que caricias”. Fue la única hija mujer de un padre distinto al que tuvieron sus siete hermanos varones y ese incidente del que no fue, claro, responsable, la dejó sin disculpas. Ella siempre recordó con mucho afecto a dos de sus hermanos varones.
“Cuando me hice señorita y le fui a decir a mi mamá que hacía pis con sangre, vino mi padrastro y me agarró a cintazos”, le contó hace años a un periodista. De modo que a los 15 se fue de su casa.
Esa crónica relata que durmió en casas abandonadas, en plazas, en los colectivos de la línea 506 estacionados en la Terminal, autorizada por un sereno y sus mujer a quienes recuerda con ternura: “Dormía calentita, pero apenas salía el sol me tenía que ir para que no se armara lío”.
Y a veces, cuando no tenía otra opción, se iba a dormir al cercano Cementerio, refugiándose en los pasillos, en cualquier lugar con techo que le diera cobijo: “Ningún muerto me hizo nada malo. Los que me hicieron mal siempre fueron los vivos”.

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En otra entrevista realizada con un cronista de EL DIA corroboró que se mudó tantas veces y que durmió en tantos barrios distintos que, sólo por eso, conocía a la perfección el mapa de la Ciudad. “Si hasta llegué a vivir en un departamento de la calle 53 entre 2 y 3, que estaba un piso arriba del que tenía el entonces ministro de Seguridad, Juan Pablo Cafiero”, dijo. Pero la mayoría de esas veces esos domicilio no le fueron propios, ni siquiera prestados.
Ya mayor trabajó en el área de la limpieza de los municipios de La Plata y de Magdalena. Compartió después la vida con su madre y expresó con naturalidad estas palabras llenas de comprensión humana, cuando se definió como “una persona feliz, porque se puede, como se puede vencer al frío y al hambre y porque en la calle no solamente me crucé con malas personas. Porque hay muchas de las otras”.
Sin embargo, no olvida las grandes adversidades que debió superar en la vida y el hecho de que nadie apareciera para poner freno al maltrato que recibió. Por eso reflexionó: “La verdad es que yo a mi mamá no le tendría que dar ni la hora. Pero es mi mamá, tiene ya mucha edad y me queda poco tiempo para disfrutarla. Y mi felicidad es poder tomar un mate con ella”, recordó.
Gabriela es como un arquetipo inverso, gestada y forjada en la más cruda marginalidad, superviviente de ese pasado pero de pie y con ganas de vivir. Le da igual que le digan Gabriela o Topacio y recordó que esta última, la que la hizo famosa, era flaca, de pollera muy corta, que vivía mucho de madrugada y que muchas veces jugaba al billar en ese universo nocturno a cargo de varones.
Cuando se fue de su casa en Los Hornos “recién pude conocer la plaza Moreno y me parecía que estaba en otro mundo”. Bares abiertos a cualquier hora. Allí surgió Topacio, “la flaca de pollera corta y botas altas que cruzaba la madrugada platense entre la curiosidad y el respeto.
“Yo caminaba por el medio de la calle para tener más espacio, si tenía que escapar. Muchos creían que era prostituta, pero nunca me agarraron con un tipo arriba del auto. Lo que hice, lo hice porque quise, cuando quise y con quien quise”.
Fue hostigada por la policía y afirma que “nunca les firmé un acta para reconocer que ejercía la prostitución. Nunca. Y por eso me llevaban presa”.

Gabriela y su estilo en juventud
Los taxistas, en cambio, fueron sus amigos. A uno de ellos lo ayudó para hacer una colecta para que pudiera operar a su hijo. Sí, también conoció gente buena. Menciona a una médica, Gilda, del Hospital Gutiérrez que sacaba plata de su bolsillo para comprarle vitaminas. Al músico Rubén Alippi, que le daba trabajo de limpieza y la trataba con cariño, le compraba sándwiches de miga. Y también recordó al pizzero Carloncho que le pagaba por limpieza y a Jonny, un personaje de plaza Italia que infundía miedo pero que a ella la cuidó siempre. Y se llenó de ternura al hablar de los mozos del viejo bar Parlamento, que le daban un “cortado suave y tres saladas” y en donde el Gallego le decía “‘Paloma que vuelas de aquí para allá’”. “Por eso algunos me llamaban Paloma”.
También conoció el amor. Se casó con un empleado de una concesionaria que, luego, se hizo camionero y se convirtió en un marido violento, que todo el tiempo la golpeaba. Una vez la golpeó, la hizo caer por una escalera cuando ella estaba con su bebé en brazos. El bebé murió.
¿Aún más? Sí, intentó suicidarse, tirándose bajo un colectivo frente al Cementerio. Zafó de sus heridas. Dejó de fumar cinco atados por día. Terminó la escuela primaria. Y quiso entonces anotarse en el secundario para terminarlo y, después, convertir en realidad su sueño de ser maestra jardinera.
¿Algo más en ese entramado? Claro que sí. Recordó que a los 17 años tres tipos la violaron. Así lo reflejó el cronista de EL DIA: “Uno era policía y que la golpearon tanto que le dejaron las rodillas a la miseria. Ese día se juró que nunca más nadie le tocaría un pelo sin su consentimiento. Y que se iba a defender hasta el último aliento. Por eso, dijo, “tengo tantas palizas encima por haber dicho que no, cuando quería decir que no”.
Pero priorizó sus ganas de progresar y ser feliz: “Una vez me fui de Oggi (un boliche de 50 entre 7 y 8) sin pagar el café y me volví desde Barrio Aeropuerto. El dueño me retó, me dijo que yo estaba loca, que no tendría que haber vuelto a pagar. Así fue mi vida: nunca le debí a nadie, nunca robé, nunca engañé. Todo lo que tuve me lo gané trabajando. Mi primer sueño cumplido fue un grabador usado que me compré en la Casa de los Grabadores de 7 entre 57 y 58. Con eso escuchaba mi música, mi verdadera droga si es que tanto han dicho que yo consumía o la vendía. Mi música melódica, José Luis Perales, Valería Lynch, Arjona. Me acuerdo cuando junté peso sobre peso y me pagué la entrada a Deportivo La Plata cuando vinieron Los Pimpinela”.
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