La escena fue devastadora. Como si se tratara de un thriller urbano con tintes mafiosos, una banda delictiva ejecutó un golpe perfectamente planificado en un departamento de calle 33 entre 6 y 7, donde un hombre de 69 años -que vive solo- fue despojado de una fortuna en dinero, objetos de valor y hasta un arma de fuego.
El robo ocurrió en plena luz del día, con la sangre fría de quien ya sabía cada paso antes de darlo.
Todo comenzó alrededor de las 12:30 del mediodía de ayer. La víctima salió de su hogar para realizar trámites. Horas más tarde, alrededor de las 17, regresó y encontró su mundo dado vuelta. La puerta de entrada estaba destrozada.
El silencio reinante ocultaba el desastre: cajones vacíos, muebles revueltos, cámaras de seguridad inutilizadas y un siniestro detalle que escaló el desconcierto al horror: sobre el sillón del living, cáscaras de banana y manzana, evidencia inequívoca de que los delincuentes no solo sabían lo que hacían, sino que se sintieron lo suficientemente seguros como para quedarse… comer… y seguir robando.
El operativo fue quirúrgico. Antes de irrumpir, los hampones desconectaron el suministro eléctrico y anularon todo sistema de grabación del edificio.
Las cámaras internas del departamento tampoco registraron nada: también fueron dejadas fuera de servicio tras cortar el módem de internet. Ni una imagen, ni una alerta. Nada.
Ya en el interior, los ladrones se movieron con calma. Recorrieron cada rincón. Sabían lo que buscaban. Sabían dónde encontrarlo. El botín fue millonario: 2 millones de pesos en efectivo, 1.500 dólares estadounidenses entre billetes de alta denominación y cambio, además de moneda extranjera que incluía reales, pesos uruguayos y guaraníes.
Pero eso no fue todo. Se llevaron 30 remeras -muchas de ellas de marcas exclusivas-, cerca de 10 conjuntos deportivos de firmas como Adidas y Ruge, un iPhone 13 Pro Max, un decodificador de señales y, lo más delicado: una pistola Pietro Beretta modelo Comander, calibre 9 mm, de color negra con cachas de madera.
Como si se tratara de un final de película, un vecino aportó una pieza clave: dos videos grabados desde su celular en los que pudo confirmar la presencia de dos hombres y una mujer saliendo del edificio con tres grandes valijas negras. Las mismas que, según el damnificado, le pertenecían. En su interior, posiblemente, viajaba el botín. La fuga fue tan discreta como el ingreso. Nadie vio nada. Nadie escuchó nada.
El caso, ahora en manos de la justicia, se investiga como un robo planificado con precisión casi militar. Los delincuentes actuaron como si conocieran el terreno, como si hubieran estudiado a su víctima y al edificio con tiempo.
“Lo llamativo es que sabían cómo desactivar cámaras, cortar el suministro, dónde estaban las pertenencias de valor y, sobre todo, sabían cuánto tiempo tenían” expuso una fuente del caso al ser consultada.
Mientras la policía analiza las imágenes y recolecta testimonios, el barrio entero permanece en vilo. El sigilo y la audacia con la que se ejecutó el atraco dejaron una sensación escalofriante: cualquiera podría ser el próximo.
En el corazón de la ciudad, la inseguridad ya no avisa, no rompe vidrios ni hace ruido. Entra, corta los cables… y hasta se queda a comer.
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