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Más allá de las modas de TikTok y los prejuicios virales, la theriantropía es una vivencia identitaria compleja que combina espiritualidad, psicología y comunidad. Qué son, de dónde surge el concepto y por qué desafía las categorías tradicionales de identidad
En un escenario cultural marcado por la ampliación —y la discusión— de las identidades, existen experiencias que desbordan los marcos habituales con los que solemos pensar lo humano. Una de ellas es la de los “therians”: personas que sienten que una parte esencial de sí mismas no es humana, sino animal. No se trata de un disfraz, una actuación ni una fantasía ocasional, sino de una forma persistente de autopercepción que atraviesa la manera de sentir, pensar y vincularse con el entorno.
Aunque en los últimos años el término ganó visibilidad a través de redes sociales como TikTok —con videos de personas corriendo en cuatro patas, usando colas u orejas—, la theriantropía no es un fenómeno nuevo ni exclusivamente digital. Es una identidad que se viene construyendo desde hace décadas en comunidades específicas y que hoy vuelve a ponerse en discusión, muchas veces atravesada por prejuicios, simplificaciones y confusiones.
Un therian es, en términos generales, una persona que se identifica internamente como un animal no humano.
Esa identificación puede entenderse de distintas maneras: espiritual, psicológica, metafísica o una combinación de todas ellas. No existe una única definición cerrada y, de hecho, dentro de la propia comunidad suele repetirse una idea: si se le pregunta a cuatro therians qué es la theriantropía, probablemente se obtengan cinco respuestas diferentes.
Lo que sí aparece como un punto en común es la sensación de que hay una parte del yo que no es humana. Para algunos, se trata de un alma animal que reencarnó en un cuerpo humano; para otros, de una identidad híbrida; para otros más, de una vivencia profundamente psicológica que no necesita explicaciones espirituales. La experiencia no se elige ni se adopta como un rol: la mayoría de los therians afirma que “se nace” con esa percepción y que el proceso consiste, más bien, en reconocerla y aceptarla.
El término “therian”, entonces, es una forma abreviada de “therianthrope”, que significa literalmente “hombre-animal”. A diferencia de palabras asociadas al cine o la fantasía —como hombre lobo, licántropo o garou—, el concepto fue adoptado por la comunidad justamente para alejarse de lo ficcional y poner el foco en una vivencia identitaria real.
En sus orígenes, las primeras comunidades que utilizaron el término se vinculaban con seres mitológicos: dragones, hadas, hombres lobo. Con el tiempo, el concepto se amplió e incluyó identidades relacionadas con animales reales, como lobos, zorros, gatos, coyotes o aves. Esa ampliación marcó una diferencia importante entre los therians y otros grupos cercanos, como los *otherkin*, que suelen identificarse con criaturas fantásticas o míticas.
Hoy, muchos therians se reconocen a partir de un “teriotipo”, es decir, el animal con el que se identifican. Algunos tienen uno solo; otros, más de uno, lo que genera debates internos sobre cómo se manifiesta esa multiplicidad. En ciertos casos, la identificación no es híbrida sino alternante: la persona puede sentirse más cercana a un teriotipo u otro en distintos momentos.
Dentro de la comunidad therian existe un vocabulario propio para describir experiencias específicas. Una de las más conocidas es la del “shift” o “cambio”, que no implica una transformación física literal, sino un desplazamiento en el modo de percibirse.
Se reconocen principalmente tres tipos. El cambio mental (M-Shift) se manifiesta cuando la persona piensa, siente o reacciona de manera más cercana a su teriotipo: instintos más marcados, impulsos, una percepción distinta del entorno. El cambio espiritual (S-Shift) se vincula con sensaciones más abstractas, como la percepción de un cuerpo espiritual o energético animal. El cambio físico (P-Shift), en cambio, es ampliamente considerado imposible y suele asociarse más a la ficción que a experiencias reales, por lo que genera escepticismo incluso dentro de la comunidad.
Algunos therians describen sensaciones como “miembros fantasma”, una mayor agudeza de los sentidos o impulsos instintivos. Estas experiencias no se consideran inducidas ni voluntarias, aunque en muchos casos pueden aparecer con mayor intensidad a través de la concentración o la meditación.
Para muchas personas therians, realizar ciertas actividades es una forma de conectar con su identidad animal o sentirse más en equilibrio. Entre ellas aparecen prácticas manuales —como fabricar máscaras o colas—, ejercicios de introspección o actividades físicas como el “quadrobics”, que consiste en correr, saltar o desplazarse en cuatro patas.
Estas prácticas no son exclusivas de los therians ni obligatorias: hay quienes las realizan por diversión o estética sin identificarse como animales. Para los therians, sin embargo, pueden tener un sentido más profundo, ligado al bienestar emocional y a la sensación de coherencia interna.
Una de las confusiones más frecuentes es la que equipara a los therians con los furros o furries. Aunque ambas comunidades pueden coincidir en espacios digitales o estéticos, se trata de fenómenos distintos.
Los “furros” forman parte de un fandom centrado en animales antropomórficos: personajes que hablan, caminan en dos patas y tienen rasgos humanos. Su vínculo es creativo, artístico y lúdico. Crean “fursonas*, asisten a eventos y usan trajes elaborados llamados “fursuits”. No se sienten animales, sino fanáticos de ese universo simbólico.
Los therians, en cambio, no necesitan trajes ni personajes para expresarse. No “interpretan” a un animal: sienten que ya lo son, al menos en una dimensión de su identidad. Aun así, existen cruces entre ambas comunidades y personas que participan de las dos.
Como ocurre con muchas identidades no normativas, la experiencia therian no está exenta de conflictos. La visibilidad creciente trajo consigo tanto espacios de encuentro como episodios de discriminación. Muchos therians destacan la importancia de la comunidad, a la que suelen llamar “manada”: grupos de pares donde encuentran comprensión, contención y un lenguaje compartido para nombrar lo que sienten.
La aceptación familiar y social suele ser un punto clave. Mientras algunas personas encuentran apoyo, otras enfrentan miradas hostiles, burlas o incluso agresiones. El miedo a lo diferente, señalan muchos testimonios, suele traducirse en violencia simbólica o física.
Ser therian no implica rechazar la vida cotidiana ni negar la condición humana. La mayoría de quienes se identifican así estudian, trabajan, tienen vínculos y responsabilidades como cualquier otra persona. La diferencia está en la manera de nombrar una experiencia interna que no encuentra lugar en las categorías tradicionales.
En tiempos donde la identidad se discute, se amplía y se resignifica, la theriantropía incomoda porque cuestiona uno de los límites más arraigados: el que separa lo humano de lo animal. Entender qué son los therians no implica necesariamente compartir su visión, pero sí reconocer que, detrás de los videos virales y los estigmas, hay personas intentando explicar —con las herramientas que tienen— quiénes son y cómo se sienten en el mundo.

1 NO ES UN DISFRAZ: Las personas therians sienten que su identificación con un animal es interna y persistente.
2 LA IDENTIFICACIÓN ES INTERNA: No se trata de verse como animal, sino de sentirse así. Muchos therians no necesitan vestirse ni mostrarse para sostener su identidad.
3 NO ES LO MISMO UN FURRO: Estos forman parte de un fandom de animales antropomórficos y crean personajes llamados fursonas. Los therians, en cambio, no interpretan un rol ni son fanáticos de un universo ficcional.
4 CADA THERIAN LO VIVE DIFERENTE: No existe una única forma de ser therian. Algunas personas lo explican desde lo espiritual, otras desde lo psicológico y otras desde una combinación de ambas.
5 SER THERIAN NO IMPLICA DEJAR DE SER HUMANO: Estudian, trabajan y se vinculan como cualquier otra persona. La diferencia está en cómo nombran una parte de su identidad que no encaja del todo en las categorías tradicionales de lo humano.
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