“Lo hago porque me gusta, y trato de no exigirme”

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El emprendimiento de Chiara Blanco empezó en la cocina de su casa, por curiosidad y por hartazgo. Consumidora habitual de yogur con granola, un día se puso a leer los ingredientes de las marcas que compraba en el supermercado. “Me di cuenta de que todo era agregado, aditivos, cosas raras y que no había nada que realmente estuviese bueno”, recordó. Las dietéticas tampoco la convencían. Entonces empezó a buscar recetas en Instagram, probó varias, dio con la indicada y comenzó a hacer granola para su casa.

El boca en boca hizo el resto. Primero fueron amigos. Después, compañeros del gimnasio que empezaron a pedirle que les vendiera. “De ahí arrancó todo”, señaló.

Al principio la envasaba en bolsitas de plástico. Con el tiempo fue incorporando packaging más cuidado, un logo, una cuenta de Instagram. Pero en diciembre de 2025, cuando el emprendimiento empezaba a tomar forma, consiguió su primer trabajo formal como ingeniera industrial. Y el impulso inicial se frenó.

Hoy convive con las dos actividades de la mejor manera que puede. Planifica un día para las compras, otro para la producción, y aprovecha algunos fines de semana o noches después del trabajo. “Es bastante volátil”, reconoció: hay meses en que vende mucho y otros en que no llega ni a ofrecer. Pero Chiara encontró la clave en una decisión que tomó conscientemente: no convertir algo que le gusta en una obligación. “No quiero generar el rechazo de que no me den ganas de hacer. Lo hago porque me gusta.”

Su filosofía refleja una tensión que aparece en muchos emprendedores de la franja media: la necesidad de ingresos extra choca con los límites físicos y emocionales de quien ya trabaja todo el día. Chiara eligió no cruzar esa línea, al menos por ahora. El emprendimiento es una extensión de su vida cotidiana, no una segunda jornada laboral. Y en esa distinción, quizás, está la diferencia entre sostener algo o abandonarlo.

El emprendimiento de Chiara Blanco empezó en la cocina de su casa, por curiosidad y por hartazgo. Consumidora habitual de yogur con granola, un día se puso a leer los ingredientes de las marcas que compraba en el supermercado. “Me di cuenta de que todo era agregado, aditivos, cosas raras y que no había nada que realmente estuviese bueno”, recordó. Las dietéticas tampoco la convencían. Entonces empezó a buscar recetas en Instagram, probó varias, dio con la indicada y comenzó a hacer granola para su casa.

El boca en boca hizo el resto. Primero fueron amigos. Después, compañeros del gimnasio que empezaron a pedirle que les vendiera. “De ahí arrancó todo”, señaló.

Al principio la envasaba en bolsitas de plástico. Con el tiempo fue incorporando packaging más cuidado, un logo, una cuenta de Instagram. Pero en diciembre de 2025, cuando el emprendimiento empezaba a tomar forma, consiguió su primer trabajo formal como ingeniera industrial. Y el impulso inicial se frenó.

Hoy convive con las dos actividades de la mejor manera que puede. Planifica un día para las compras, otro para la producción, y aprovecha algunos fines de semana o noches después del trabajo. “Es bastante volátil”, reconoció: hay meses en que vende mucho y otros en que no llega ni a ofrecer. Pero Chiara encontró la clave en una decisión que tomó conscientemente: no convertir algo que le gusta en una obligación. “No quiero generar el rechazo de que no me den ganas de hacer. Lo hago porque me gusta.”

Su filosofía refleja una tensión que aparece en muchos emprendedores de la franja media: la necesidad de ingresos extra choca con los límites físicos y emocionales de quien ya trabaja todo el día. Chiara eligió no cruzar esa línea, al menos por ahora. El emprendimiento es una extensión de su vida cotidiana, no una segunda jornada laboral. Y en esa distinción, quizás, está la diferencia entre sostener algo o abandonarlo.

 

Chiara Blanco Ingeniera industrial y productora artesanal de granola

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