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La industria textil argentina atraviesa una grave crisis / Web
Gustavo Reija
Ningún país desarrollado abrió su mercado textil sin un plan de transición. Argentina lo hizo en 24 meses, sin reducción fiscal, sin financiamiento tecnológico y sin estrategia exportadora. La comparación internacional revela que el problema no es la apertura sino la ausencia de política industrial.
La destrucción de la industria textil argentina no es un fenómeno inevitable de la globalización. Es el resultado de una decisión de política económica ejecutada sin los instrumentos que utilizaron todos los países que lograron reconvertir exitosamente sus sectores textiles frente a la competencia asiática. La experiencia comparada de Italia, Corea del Sur, Turquía y Portugal demuestra que la apertura comercial funciona cuando va acompañada de estrategia. Sin ella, lo que se produce no es reconversión: es demolición.
Italia enfrentó la presión competitiva de China y el Sudeste Asiático desde los años noventa con una estrategia que le tomó casi dos décadas perfeccionar. En lugar de competir en precio, el Estado italiano apoyó la migración de su industria textil hacia segmentos de alto valor agregado: diseño, textiles técnicos, fibras de alto rendimiento y marcas de moda con posicionamiento global.
Los instrumentos fueron específicos: financiamiento público a la innovación en distritos industriales, incentivos fiscales a la inversión en tecnología, programas de formación laboral para reconvertir trabajadores de producción masiva hacia manufactura especializada, y una apertura comercial gradual dentro del marco institucional de la Unión Europea que incluyó períodos transitorios con cuotas diferenciadas por producto. Italia perdió participación en volumen, pero incrementó el valor unitario de sus exportaciones textiles. El empleo se redujo, pero la productividad y el ingreso medio del sector aumentaron. El proceso llevó quince años y requirió coordinación entre gobierno nacional, regiones y asociaciones industriales.
Corea del Sur representa probablemente el caso más ambicioso de reconversión textil deliberada. Durante las décadas del ochenta y noventa, cuando la industria coreana comenzó a perder competitividad frente a China e India, el gobierno no abandonó al sector: lo reconvirtió mediante política industrial activa.
El Estado coreano desplegó un abanico de instrumentos que incluyó fondos de reconversión tecnológica para pymes textiles, subsidios directos a la investigación en textiles técnicos e industriales, programas de smart factory para digitalizar procesos productivos, y financiamiento blando para la transición hacia fibras de carbono, textiles electrónicos y materiales de alto rendimiento. La estrategia más reciente, lanzada en 2024, apunta a elevar la participación coreana en el mercado global de textiles industriales del 3% al 10% para 2030, con un fondo de 2,9 billones de wones destinado exclusivamente a la transformación productiva del sector.
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El elemento central de la experiencia coreana fue el gradualismo: la apertura comercial se ejecutó a lo largo de dos décadas, sincronizada con la capacidad de absorción tecnológica de las empresas. El Estado no protegió al sector de la competencia, pero le dio instrumentos para competir.
Turquía inició su liberalización comercial en 1980, pero la ejecutó con una combinación deliberada de devaluación sostenida del tipo de cambio, un programa robusto de promoción de exportaciones y la reducción gradual y preanunciada de las restricciones a la importación.
Cuando la Unión Europea eliminó las cuotas textiles del Acuerdo Multifibras en 2005, las empresas turcas respondieron con una estrategia de escalamiento de calidad: ante la imposibilidad de competir con China en precio, elevaron el valor unitario de sus exportaciones mediante mejoras tecnológicas y diversificación de productos.
El resultado fue notable: las exportaciones textiles turcas se triplicaron entre 2001 y 2010 pese a la liberalización. La industria perdió empleo en segmentos de baja calificación, pero lo reemplazó en segmentos de mayor productividad. La clave fue que la apertura nunca operó en un contexto de apreciación cambiaria real como el que enfrenta Argentina.
Portugal canalizó fondos estructurales de la Unión Europea para financiar la modernización de su industria textil durante más de una década. La reconversión incluyó programas de capacitación laboral masiva, incentivos a la inversión en maquinaria de última generación e integración en cadenas de valor europeas como proveedor especializado. El empleo textil portugués cayó, pero la transición fue administrada con redes de protección social y reentrenamiento profesional que amortiguaron el impacto sobre las comunidades dependientes del sector.
Ninguno de estos países abrió su mercado textil sin antes desplegar instrumentos compensatorios. Ninguno lo hizo con apreciación cambiaria simultánea. Ninguno ejecutó la apertura en menos de una década. Y ninguno prescindió de una estrategia industrial explícita que definiera hacia dónde debía migrar el sector.
Argentina hizo exactamente lo contrario. En 24 meses, las importaciones de ropa crecieron 185% en volumen, las compras por courier se expandieron 274%, el tipo de cambio se apreció sustancialmente y la carga fiscal sobre la producción local se mantuvo intacta. El resultado está a la vista: 659 empresas cerradas, 20.700 empleos destruidos, 7 de cada 10 máquinas paradas y una capacidad instalada que se invirtió en el ciclo 2021-2023 hoy convertida en capital muerto.
La comparación internacional no sugiere que Argentina debiera haber mantenido un proteccionismo indefinido. Sugiere algo mucho más preciso: que la apertura comercial sin política industrial de acompañamiento no produce reconversión productiva sino destrucción de capacidades. Italia escaló en valor. Corea del Sur migró hacia textiles inteligentes. Turquía combinó apertura con competitividad cambiaria. Portugal financió la transición con inversión pública.
Argentina eligió un camino que ningún país exitoso transitó: apertura total, apreciación cambiaria, presión fiscal invariable y ausencia completa de estrategia de reconversión. El resultado no es una transición hacia un modelo superior. Es la eliminación de un sector que emplea cientos de miles de personas sin haber construido nada que lo reemplace.
El debate no es apertura versus proteccionismo. Esa es una falsa dicotomía que empobrece la discusión pública. El debate real es si Argentina puede permitirse destruir capacidad productiva y empleo sin tener un plan para lo que viene después. La experiencia internacional, sin excepción, responde que no.
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