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El rol de las protagonistas femeninas en la historia literaria. Penélope, Electra, Beatriz, Julieta, Annabel Lee, la Maga de Rayuela y las heroínas criollas del siglo XIX
Susú Pecoraro cuando hizo de Camila O’Gorman en la película / Web
MARCELO ORTALE
Por MARCELO ORTALE
Durante los primeros siglos de historia de la literatura, los protagonistas varones fueron guerreros, héroes, conquistadores, salvadores de patrias. En ellos parecía concentrarse el drama humano. Y las mujeres, en cambio, permanecían detrás de las murallas, tenían un protagonismo casi limitado a lo sentimental, aunque en esas primitivas épocas no pocas alcanzaron estaturas trágicas.
Es cierto entonces que las voces de mujeres poderosas en la mitología griega, las de Circe o Penélope –considerada como la primera progatonista “moderna” de la literatura- y la gran poeta griega Safo; Electra; o la aterradora Medea que asesinó a sus hijos para vengarse de Jasón y muchas otras que se hicieron sentir. Lo notable es que aún siguen controvertidas y entreveradas en batallas intelectuales de actualidad.
Pero si se quiere hablar de contemporaneidad en la literatura argentina hay un personaje femenino que dio un campanazo de largada, que modernizó la presencia femenina: “¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua”.
Así comenzó Julio Cortázar su novela Rayuela, que fue como un relámpago innovador a partir de su primera edición del 28 de junio de 1963. Y no se sabe bien si la Maga fue Aurora Bernárdez, primera esposa y después albacea de Cortázar o si la inspiradora del personaje fue Edith Aron(1923-2020), una escritora e intelectual alemana que conoció al escritor en 1950 en un viaje que realizaban en 1950 en el barco Conte Biancamano.
En nuestro país resultó ostensible la influencia que ejerció la Maga a partir de la década del 60, sobre todo entre las mujeres que habrán leído Rayuela. La Maga se convirtió en un modelo o emblema de lo que significaba ser una personalidad libre, con identidad segura, siempre enigmática. En la Maga se encarnó la sabiduría esencial y retenida hasta entonces de lo femenino y la ansiedad por abrirse hacia todo misterio.
Claro que muchos autores varones habían anticipado siglos antes reconocimientos plenos a la vigencia femenina esencial en la literatura. Más allá de colocarlas como ideales, entre muchas otras la refinada Beatriz del Dante o adolescente Julieta, la de Shakespeare que acaso eclipsó a Romeo en valentía social y estampó hace centurias una identidad rebelde.
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También Edgar Allan Poe, con ese rasgo cercano al humor y a la tragedia logró universalizar a su amada Annabel Lee, a través de un poema que aún se enseña en las escuelas. “Hace muchos, muchos años/ en un reino junto al mar/ vivió una doncella que tal vez conozcas/ llamada Annabel Lee./ Y esta doncella vivía sin otro pensamiento/ que amarme y ser amada por mí” (según traducción de Luis López Nieves).
Poe lloró la muerte de su amada, la mujer más hermosa. Los dos se amaban tanto que los ángeles se sentían celosos: “Ambos éramos niños/en en este reino junto al mar/ pero amábamos con un amor que era más que amor/ yo y mi Annabel Lee/ con amor que los alados serafines del cielo/ nos envidiaban a ella y a mí”.
Pero ese autor a quien, cuando escribía, le revoloteaban cuervos negros o grises alrededor de su cabeza, no permitiría que su amada Annabel Lee –encarnación imaginaria de su esposa muerta- terminara en un clima bucólico: “Pues la luna nunca resplandece sin traerme sueños/ de la hermosa Annabel Lee/ y las estrellas nunca brillan sin que yo sienta los ojos radiantes/ de la hermosa Annabel Lee/ y cuando llega la marea nocturna, me acuesto justo al lado/ de mi amada -mi amada- mi vida y mi prometida/ en su sepulcro allí junto al mar”.
Hay obras que aún siguen controvertidas y entreveradas en batallas intelectuales
A su vez, en la primera mitad del siglo pasado y entre las tantas obras que escribió, Jorge Luis Borges fue dejando un escondido mapa de las mujeres que amó y que no le correspondieron, o con las cuales su timidez lo llevó a desertar de todo intento, no se sabe.
Y entre ellas está el personaje de Beatriz Viterbo, protagonista de El Aleph, una de sus obras más famosas. En ese mágico cuento en el que encontró un objeto que es la totalidad del universo, le concedió vestidura literaria a su Beatriz, cuyo nombre de pila es el mismo que el de Beatriz Portinari, la amada de Dante Alighieri. Algunos conocedores aseguraron que la Beatriz de Borges era en vida real Estela Canto, otra de las pasiones de Borges. Inclusive, el mismo Borges le habría admitido a su amiga María Esther Vázquez que Beatríz Viterbo era, en la realidad, Estela Canto.
A su agudo modo Borges diseñó con este personaje central una suerte de comedia, pero no divina: “La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita”. La mirada del narrador tiene la fuerza de un aparato de rayos X: advertir que fue colocado un nuevo aviso de cigarrillos le sirvió para comprender que empezaba el olvido para su Beatriz.
El cuento de Borges incorpora a un personaje absurdo como el pésimo poeta Carlos Argentino Daneri y el narrador se sumerge en alguna pieza para hallar más tarde el punto luminoso y revelador del universo. Pero allí también aparece el Borges derrotado por su protagonista mujer, el inválido frente a lo real, el Borges que quedará indefenso para siempre por la desaparición de Beatríz: “Junto al jarrón sin una flor, en el piano inútil, sonreía (más intemporal que anacrónico) el gran retrato de Beatriz, en torpes colores. No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije: -Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges”.
Recién nacido a la libertad, aquel desierto sin fin que era nuestra patria en las primeras décadas del siglo XIX, nació de la inspiración de Esteban Etcheverría el personaje de María, la Cautiva, una criolla sencilla que unida en pareja a otro paisano simple quisieron crear tiempo y civilización en aquella llanura baldía. Es ella la que salvó a su esposo, la que usó un puñal para luchar en defensa de su amor y de su proyecto de vida.
Existió también una protagonista de carne y hueso cuya vida, pasión y muerte fue tema recurrente en la literatura y en el cine argentinos. Fusilada en 1848 por haber mantenido un romance con el sacerdote Ladislao Gutiérrez, dejó un indeleble testimonio sobre la férrea dictadura cultural primero y después política que transcurrió durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas.
En nuestro país resultó ostensible la influencia que ejerció la Maga a partir de la los ‘60
Casi veinte años después aparece en la Argentina el protagonismo de una joven tucumana, en la novela Amalia escrita por José Marmol en 1851 y publicada en Montevideo durante el exilio del escritor. Cuenta la historia de amor entre ella y el joven Eduardo Belgrano, una relación condicionada por la férrea vigilancia política de la temida Mazorca.
En esta vertiginosa actualidad y en todo el universo las protagonistas femeninas ganaron en introspección, en revisión de la realidad en que viven. Y la lucha entablada es por desentrañar la hostilidad de este tiempo.
En esa tarea rebelde van las mujeres escritoras, como Claudia Piñeyro, autora de Las viudas de los jueves (Editorial Alfaguara, 2007), una novela que desnudó la superficialidad de nuestra época. Fue ganadora del premio Clarin y una de los jurados, la española Rosa Montero sostuvo que esa novela ofreció “un agudísimo retrato psicológico y social, no solo de la Argentina de hoy sino del mundo acomodado occidental”.
Edith Aron, la escritora que inspiró a Julio Cortázar la protagonista femenina de ‘Rayuela’ / Web
Susú Pecoraro cuando hizo de Camila O’Gorman en la película / Web
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