Que ocho de cada diez argentinos se automedique, y que se haya llegado así a una cifra que se multiplicó en los últimos veinte años –ubicando a nuestro país en la región entre los de mayor consumo de remedios sin prescripción médica- conforma un dato alarmante sobre el nivel de la salud pública y exige de las autoridades sanitarias un esfuerzos para revertir tal panorama.
La información ofrecida por el Sindicato Argentino de Farmacéuticos y Bioquímicos (Safyb), originó inmediatas repercusiones en distintas áreas de la salud, Así el titular del Distrito I del Colegio de Médicos bonaerense sostuvo que el fenómeno de la automedicación se profundizó por el acceso inmediato a información en Internet y por la facilidad con la que muchas personas consiguen medicamentos. Aludió asimismo a la “facilidad” con que muchas personas consiguen esos remedios.
Según el profesional, entre los fármacos que más suelen consumirse sin indicación médica aparecen antibióticos, antiácidos, analgésicos, antiespasmódicos y antidiarreicos.
El problema, advierte, es que detrás de un síntoma aparentemente simple puede esconderse una enfermedad que requiere otro tipo de tratamiento.
A su vez, desde el Colegio de Farmacéuticos provincial también siguen de cerca el problema. Su presidenta afirmó que el asesoramiento profesional es una pieza clave para promover el uso racional de los medicamentos. “Es un tema sobre el que se trabaja constantemente, sobre todo con el asesoramiento farmacéutico”, aseguró.
Desde luego que uno de los capítulos más preocupantes sigue siendo el uso inadecuado de antibióticos.
Tomarlos para enfermedades virales, interrumpir el tratamiento antes de tiempo o reutilizar sobrantes favorece el desarrollo de bacterias resistentes.
Se sabe que, cotidianamente, a los hospitales y centros de atención, llegan pacientes automedicados, con secuela de problemas hepáticos, gástricos y cardíacos, que representan un alto costo para el Estado o las obras sociales, al mismo tiempo que causan un deterioro en la salud de las personas involucradas, y que podrían ser absolutamente prevenidos.
Entre los riesgos que implica la automedicación se menciona la efectividad de la medicación adquirida sin receta, por cuanto se utiliza en situaciones que pueden ser no indicadas.
Asimismo, ese tipo de consumo sin intervención de profesionales puede originar dependencia o adicción y, a la vez, enmascarar procesos clínicos graves y, en consecuencia, retrasos en los diagnósticos y tratamientos.
Está claro que, sólo a partir de nociones fuertemente arraigadas, existe la posibilidad de que se revierta esta tendencia que ya está incorporada a la vida cotidiana y que también, en gran medida, es fomentada por algunas propagandas que debieran ser controladas y equilibradas por algo más que el formulismo que recomienda consultar a su médico.
Lo cierto es que sin un compromiso firme entre autoridades, profesionales y la sociedad en su conjunto, la automedicación seguirá siendo ese remedio cotidiano que, lejos de curar, termina perpetuando la enfermedad.
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