A lo largo de las últimas décadas el jabalí europeo se ha multiplicado sin control hasta constituir en una de las invasiones biológicas más difíciles de controlar en nuestro país. Su población, estimada en unos 4 millones de ejemplares, ocupa ya gran parte del territorio donde encuentra condiciones para vivir, provocando daños millonarios en el sector agropecuario. La advertencia surge de un informe presentado días atrás por especialistas de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (FAUBA), que alerta sobre la falta de una estrategia coordinada entre Nación y provincias y el riesgo de un “crecimiento explosivo” de la especie.
La presencia de los jabalíes en el país tiene más de un siglo. Los primeros ejemplares fueron introducidos hacia 1905 en la actual zona de la Reserva Provincial Parque Luro, en La Pampa, para la caza deportiva. Pero los cercos utilizados a comienzos del siglo XX no lograron contenerlos. Algunos animales escaparon y encontraron condiciones favorables para reproducirse: agua, abundante alimento y pocos predadores. Con el tiempo, la expansión agrícola les proporcionó además una fuente adicional de recursos, a través de cereales, granos almacenados y cultivos.
Muchos de los ejemplares actuales presentan distintos grados de hibridación con cerdos domésticos; de ahí que se los conoce también como “chanchos cimarrones”. Se trata en cualquier caso de animales omnívoros y oportunistas, capaces de aprovechar una amplia variedad de recursos, una característica que favoreció su expansión hacia áreas productivas y periurbanas, donde su impacto es tema de preocupación. El informe presentado desde la Cátedra de Producciones Animales Alternativas la Facultad de Agronomía calcula que los daños directos sobre la producción agropecuaria se ubicaría entre US$ 1.300 millones y US$ 1.600 millones anuales, incluyendo cultivos, silobolsas e infraestructura.
Pero el costo de la invasión no se limita al campo. Los responsables del informe señalan que jabalíes también alteran los ecosistemas cuando hozan el suelo en busca de raíces, semillas e invertebrados. Al remover grandes superficies dejan sectores descubiertos y modifican las condiciones del ambiente. En la Patagonia, por ejemplo, consumen semillas de araucaria y afectan zonas de renovales. También pueden alterar las comunidades de hongos del suelo, la iluminación y la temperatura superficial, generando condiciones que incluso pueden favorecer a otras especies exóticas, como determinadas coníferas.
DE DIFÍCIL CONTROL
Los autores del informe también ponen el foco en riesgos más inmediatos. Aunque normalmente evitan a las personas, los jabalíes pueden atacar si se sienten acorralados o amenazados, especialmente cuando tienen crías. A esto se suma el riesgo de accidentes en las rutas de las regiones donde son abundantes. Una piara que cruza repentinamente frente a un vehículo puede convertirse en un obstáculo letal. Un ejemplar adulto puede rondar los 100 kilos, un peso suficiente para provocar un choque grave.
Controlar la expansión tampoco resulta sencillo. Los jabalíes tienen capacidad de aprendizaje: si sobreviven a una trampa pueden reconocerla y evitarla posteriormente. La caza puede ser parte de una estrategia de control, aunque genera otro problema relacionado con el destino de la carne. Como ocurre con los cerdos, existe riesgo de triquinosis, por lo que son necesarios controles sanitarios, faena habilitada, cámaras de frío y una cadena formal de comercialización.
La principal dificultad, sin embargo, puede ser administrativa. Las provincias tienen normas diferentes: algunas promueven la caza, otras la restringen y Buenos Aires ya considera al jabalí una plaga. El animal, en cambio, atraviesa alambrados, municipios y límites provinciales sin reconocer jurisdicciones. Para los especialistas de la FAUBA, esa fragmentación dificulta la puesta en marcha de una estrategia coordinada capaz de contener una especie que ya se convirtió en una de las invasiones biológicas más problemáticas del país.
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