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“Chinatown”: cuando la verdad no sirve de nada

Este domingo se proyecta en City Bell el clásico de Roman Polanski que marcó el renacer del policial negro en Hollywood
Jack Nicholson y Faye Dunway, protagonistas de “Chinatown”

Por Redacción

El 20 de junio de 1974 se estrenó en Estados Unidos una película sobre el agua. Siete semanas más tarde, Richard Nixon renunciaba a la presidencia. En el medio quedaba un país en sequía: literal, porque California atravesaba su trienio más seco registrado; y moral, con Vietnam agonizando y Watergate demostrando que la corrupción no era una desviación del sistema sino su forma de funcionar. "Chinatown" (que se proyecta este domingo a las 18 en el Teatro de Cámara de City Bell) transcurre en 1937 y no menciona nada de eso. Es, aun así, el documento más exacto del ánimo norteamericano de aquel año.

Su historia empieza con un “no”: en 1971, Robert Evans, jefe de producción de Paramount, le ofreció a Robert Towne 175.000 dólares para adaptar "El gran Gatsby". Towne, que venía de años puliendo guiones ajenos sin figurar y no tenía un peso, dijo que no: no se creía capaz de mejorar a Fitzgerald. Pidió en cambio 25.000 para escribir una historia propia y salió con un guion laberíntico que el propio Evans calificó de brillante e incomprensible. El detective J.J. Gittes estaba escrito con la voz de Jack Nicholson en la cabeza, y fue Nicholson quien sumó a Roman Polanski, que se había ido de Los Ángeles tras el asesinato de Sharon Tate.

Trabajaron seis semanas encerrados y terminaron peleados por el final. Towne quería que Evelyn Mulwray matara a su padre y sobreviviera. Polanski impuso lo contrario: Evelyn muere de un balazo idiota y Noah Cross, que la violó y engendró con ella a su nieta-hija, se va caminando, impune, con la nena de la mano.

Ahí está el corazón del asunto. El policial clásico es un género optimista aunque esté lleno de cadáveres: hay un desorden, aparece una inteligencia, nombra al culpable y el mundo vuelve a su sitio. El policial negro es lo contrario, y más en el neo-noir: no hay orden a restablecer. Gittes no fracasa: investiga bien, ata cabos, no se equivoca, descubre absolutamente todo. Y descubrirlo todo es exactamente lo que mata a la mujer que ama.

Es Edipo en el valle de San Fernando. La misma "hybris" —creer que saber es lo mismo que poder—, un incesto en el centro del misterio y el mismo motivo trágico del ojo, que Polanski disemina por toda la película: un anteojo roto en el fondo de un estanque, una falla en el iris de Evelyn, un disparo final que le atraviesa la mirada. La nariz vendada de Gittes es su marca en el cuerpo, como los pies de Edipo. El título, además, no nombra un barrio sino una experiencia: la zona donde a los policías les recomendaban hacer lo menos posible, porque nunca se sabía a quién estaban ayudando.

El año 1974 confirma que no era un caso aislado. Ese mismo año se estrenaron "El Padrino II", "La conversación" y "El último testigo": un hombre que gana todo y se queda solo, un experto en escuchas que oye todo y no entiende nada, un periodista que investiga una conspiración y termina siendo la prueba falsa que ella necesitaba. El policial negro renació en el neo-noir ahí por una razón de fondo: el enemigo ya no era un criminal sino una estructura, y una estructura no se arresta. De ahí las diferencias con el modelo clásico. Aquel estaba obligado por el Código Hays a que el crimen no pagara; muerto el Código, el culpable puede irse caminando, y se va.

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