KANSAS, MISOURI (ENV. ESP.)
La Selección Argentina es una escuadra brava y esa simple definición explica, en parte, todo lo que está construyendo en esta exigente Copa del Mundo. Imperfecta, sin tanta fortaleza física y con algunos bajones pronunciados (tampoco se puede pretender que no los tenga), igual se las arregla para hacer que sus hinchas sientan que les va a explotar el pecho de tanto orgullo.
Quizás el mejor ejercicio para tomar la verdadera dimensión de su estatura colectiva sea preguntarse cómo lo catalogan sus rivales. Allí no hay dudas. La respuesta es contundente; nadie quiere enfrentar a “La Scaloneta”. Por tener a Leo Messi con admirable vigencia y a un ramillete de individualidades notables, su peso específico como ejemplar de raza ganadora no se ha depreciado. También lo ayuda su pasado reciente. Esta Selección ya sabe lo que es levantar el trofeo más buscado del planeta; y, además, le juega a favor no haber perdido el hambre de gloria. Se le nota a simple vista que quiere más y lo demuestra con una actitud conmovedora.
EL MÉRITO SUIZO ELEVA LA VALORACIÓN DEL ÉXITO
Soportando el desgaste de un partido eterno, el campeón del mundo reinante terminó imponiéndose por dos goles de diferencia ante un oponente serio, bien trabajado en los movimientos ofensivos, poderoso en lo físico y con un carácter apreciable. Si bien Suiza manejó mucho y bien la tenencia del balón, Argentina jugó mejor que ante Egipto. Creció en solidez y lo complementó mostrando oficio para ser el vencedor, sin estrés, de la primera etapa.
Le empataron con justicia en un lapso donde no la estaba pasando bien, ya que había perdido el control de las acciones, pero la expulsión de Breel Embolo (correcta revisión del VAR a partir de la injusta amonestación que había recibido Paredes, como consecuencia de la simulación del mejor hombre rival) fue una bisagra que lo ayudó de manera concreta. Con un hombre menos, Suiza sólo apostó a que los minutos pasaran y le dejó la responsabilidad de ganar el pleito a quien tuvo idoneidad para hacerlo.
Argentina juega con el corazón en la mano. Demuestra ganas siempre. Cae y se levanta
QUEDARÁ COMO UNO DE LOS GOLES MÁS LINDOS DEL MUNDIAL
Cuando parecía que era imposible quebrar la ordenada y bien estructurada resistencia de los europeos, el tremendo gol de la figura del partido fue una auténtica obra de arte. El mayor mérito del humilde cordobés de Calchín radicó en haber ubicado el balón exactamente donde él quería. Fue un premio merecido para quien brilló en el boletín por talento y espíritu solidario. También lo fue para esa formación valiente que, con el tanque de energía casi vacío, nunca resignó su voraz deseo de quedarse con el éxtasis final.
Así como Julián se destacó en función ofensiva, Lisandro Martínez se erigió en el baluarte de la última línea. Está encendido. Sigue creciendo en pleno Mundial. Con timming, carácter de hierro y elevadas condiciones técnicas ya es titular indiscutido y referente en una fisonomía defensiva que necesita su indiscutida lucidez.
Argentina juega con el corazón en la mano. Demuestra ganas siempre. Su temperamento lo ayuda para asimilar los errores que comete. Cae y se levanta. Aborrece la desidia. Ganó mucho, pero quiere más. Por eso, la legión de hinchas que lo sigue no para de cantar que se ilusiona con ganar la cuarta Copa del Mundo.
El partido ante Inglaterra está programado para la tarde del próximo miércoles, pero ya empezó a jugarse. Le sobran condimentos picantes. El recuerdo de un Diego Maradona gigante en México 1986 ya está dando vueltas por Atlanta. El Mercedes Benz Stadium será un volcán en erupción. Y los precios de las entradas, una vez más, el tema que dominará el inicio de la semana con los revendedores saboreando la mayor rentabilidad posible.
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