En los márgenes de los grandes circuitos comerciales, donde las sagas juveniles y las tendencias virales no dictan las reglas, el libro físico conserva otra densidad. En los espacios independientes, el vínculo con la lectura se articula menos alrededor de la exhibición y más en la búsqueda de permanencia, memoria y reflexión crítica.
Juan Fernández Marauda es escritor, editor y librero en un local ubicado sobre la diagonal 78 —fuera del epicentro de las grandes cadenas multinacionales en La Plata—. “El libro físico es parte de un fetichismo que no es nuevo. Siempre ha existido el placer de la lectura y también siempre ha existido el placer del objeto”, reflexiona. Desde su perspectiva, el comportamiento de los lectores jóvenes varía de manera sustancial según el circuito que transiten. Mientras que en los grandes conglomerados el libro digital es adoptado por adultos con avidez lectora pero con limitaciones de recursos, en los sectores juveniles se premia la monumentalidad física. “En los jóvenes, en mi experiencia —incluso como docente más que como librero—, me he encontrado con que el libro, mientras más voluminoso, mejor. Es como si el libro solo fuera tal si supera cierta cantidad de páginas; y si son una saga con lomos iguales, mejor”.
Fernández vincula esta tendencia a las lógicas de exhibición de Instagram y TikTok. Al carecer de un catálogo enfocado en la ficción juvenil masiva, el público que frecuenta este espacio está integrado por adultos que buscan una relación distinta con el objeto impreso. “El fetichista del libro acá busca cierto nombre, cierta firma, más que cierto volumen y cierto color: cierta calidad de tapa, cierta edición particular de un libro”, diferencia Fernández. “Por supuesto que, como a todos, algo bello nos llama la atención, pero el que se saca una foto con un libro acá, en general, no está posando, sino tomando registro de qué libro le falta, de qué libro quiere leer, esperando que con el próximo sueldo pueda comprarlo”.
HERRAMIENTAS CRÍTICAS CONTRA EL CAPITALISMO TARDÍO
Esta distancia respecto de las modas globales no significa que las librerías independientes permanezcan ajenas a los cambios del consumo cultural. Allí se percibe con claridad el resurgimiento del terror, la ciencia ficción y el fantástico. Durante décadas, estos géneros eran patrimonio casi exclusivo de las grandes corporaciones editoriales, lo que dificultaba que los autores locales y las editoriales independientes pudieran acceder a ellos o proponer miradas novedosas. “Esos géneros antes, en las librerías como esta —pero, en general, en cualquier librería independiente que apela a editoriales independientes—, casi no llegaban, porque los autores que uno lee, o que siempre ha leído, estaban bajo firmas gigantes: eran los autores de Minotauro o de Planeta, entonces era mucho más difícil acceder a eso, o siempre eran los mismos”, puntualiza.
Frente a esta personalización automatizada, el criterio humano emerge como una forma de resistencia cultural
Sin embargo, el panorama actual muestra una renovación radical. El terror y la ciencia ficción han dejado de ser herramientas de evasión o escapismo para transformarse en el instrumental quirúrgico con el que los escritores contemporáneos diseccionan la experiencia cotidiana. “Hoy en día el terror, el fantástico y la ciencia ficción son la herramienta con la que muchos autores —incluso dentro de estas capas independientes— encuentran en estos géneros la posibilidad de contar una realidad”, analiza el librero.
Para explicar este giro interpretativo, Fernández recurre al pensamiento crítico contemporáneo: “Quizás tomados por la posición de Mark Fisher y de otros pensadores como él, nos encontramos con que el realismo ya no alcanza para hablar de la realidad. El momento histórico que vivimos —este poscapitalismo, este capitalismo tardío que nos abarca desde todos lados, que desde las redes sociales nos dice qué consumir y cómo, y luego condiciona nuestras vidas de alguna manera— se vuelve tan irreal que tratar de hablarlo desde las herramientas clásicas del realismo, desde la mimesis de lo cotidiano, se hace insuficiente”.
En un mundo donde la experiencia diaria está mediada por abstracciones financieras y algoritmos opacos, lo monstruoso y lo distópico se revelan como los únicos lenguajes capaces de hacer pie en la experiencia humana. “La mejor forma de hablar de nuestra realidad hoy en día es apelar al terror, es apelar a la ciencia ficción, es apelar al fantástico. Estas herramientas que otrora hubiesen sido las del escapismo hoy son las de la crítica, y esto se ve a lo largo de todos los consumos. Se produce pensando en el momento en el que estamos y en lo irreal de nuestra realidad”.
ENTRE LA RECOMENDACIÓN HUMANA Y LAS FISURAS DEL SISTEMA
Esta tensión entre la realidad analógica y la mediación tecnológica abre un debate ético sobre la autonomía del lector en tiempos de algoritmos predictivos. Las plataformas digitales no recomiendan de manera inocente; sus sistemas de distribución de contenido están diseñados para maximizar el tiempo de pantalla y responder a los intereses comerciales de las grandes firmas.
Sofía Carrera, de 23 años y librera en otro espacio tradicional platense ubicado en Plaza Italia, analiza críticamente este engranaje: “Los algoritmos de las redes sociales son completamente subjetivos a los consumos de cada persona; entonces sí, recomiendan según las preferencias y tendencias que sigan los creadores con mayor interacción en cada plataforma”. Frente a esta personalización automatizada, el criterio humano emerge como una forma de resistencia cultural. “Por mi parte, trato de estar al tanto de las novedades, pero no influenciarme al 100%”, afirma Sofía. “Está bueno tenerlas en cuenta para saber cuáles pueden ser las posibles consultas o conocer los títulos que nos van a pedir, pero no toda la literatura que se viraliza es necesariamente —a mi criterio personal— una recomendación viable o una buena lectura”.
Su escepticismo se dirige también hacia la profesionalización del entusiasmo digital, en el que los límites entre la crítica legítima y la publicidad encubierta suelen desdibujarse. “Algunos de los creadores que sigo proponen una visión más crítica del contenido literario en redes, ya que hay influencers que reseñan por canje o reciben un pago”, advierte. “¿Qué tan objetiva puede ser una persona si una editorial le paga por criticar un libro suyo? Esto forma parte de las estrategias de las campañas publicitarias editoriales, y también es un factor que debería ser tenido en cuenta tanto por las librerías como por los lectores”.
Paradójicamente, esta misma red algorítmica que despierta sospechas provoca, en ocasiones, cortocircuitos que rescatan de la marginalidad a obras complejas y sombrías. Carrera menciona con sorpresa el repentino “boom” de títulos que antes contaban con una circulación restringida al público especialista, como “Noches Blancas” de Fiódor Dostoyevski o “Indigno de ser humano” de Osamu Dazai, libros de un profundo pesimismo existencial que de pronto irrumpieron con fuerza gracias a la viralidad digital, al igual que clásicos impulsados por adaptaciones cinematográficas como “Cumbres borrascosas” u “Orgullo y prejuicio”.
El terror y la ciencia ficción han dejado de ser herramientas de evasión o escapismo para transformarse en el instrumental quirúrgico con el que los escritores contemporáneos diseccionan la experiencia cotidiana
Mientras el mercado editorial busca descifrar si este furor juvenil es una costumbre comunitaria o un fenómeno mediado por pantallas, las opiniones se dividen. Para Romina Ávila, gerente zonal de una gran cadena de librerías en La Plata, los clubes de lectura virtuales y presenciales están en pleno auge, permitiendo debatir, enamorarse de los personajes e interpelar a los autores colectivamente. Sofía Carrera, en cambio, mantiene una postura más cauta: “Es imposible afirmar por completo alguna de las opciones, porque también existen las relaciones parasociales o el sentimiento de pertenencia a una comunidad que habita exclusivamente en el mundo digital. Lo más común es que sea un hábito individual”.
Sea a través del debate colectivo en redes o en la soledad del cuarto, el libro físico y los géneros oscuros dejan de ser un escape para convertirse en un búnker analítico. El terror y la ciencia ficción se consolidan como la última resistencia humana frente a la inmaterialidad digital; el espejo más lúcido y crítico que encuentran los lectores para habitar las grietas de una realidad que ya no alcanza.
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