La puerta permanecía cerrada. Desde afuera, la casa parecía abandonada. Cuando una mujer ingresó con la intención de ocupar la vivienda encontró una escena estremecedora: el cuerpo de Jorge Alberto Quintanilla, de 76 años, en avanzado estado de descomposición junto a una cama. Los investigadores estiman que llevaba alrededor de seis meses muerto.
Detrás del impacto del caso quedó instalada una pregunta mucho más profunda: ¿cómo puede pasar tanto tiempo sin que nadie note que una persona ya no está?
Aunque se trata de un episodio extremo, quienes estudian el envejecimiento aseguran que no es un hecho aislado. Es, más bien, la expresión más dramática de un fenómeno silencioso: el crecimiento de la soledad no deseada entre las personas mayores y el debilitamiento progresivo de las redes familiares, barriales y comunitarias. “La verdadera pregunta no es cuánto tiempo pasó hasta encontrar el cuerpo, sino cuánto tardamos en notar que una persona dejó de existir para los demás”, reflexiona en diálogo con EL DIA la gerontóloga platense Silvia Gascón, investigadora especializada en envejecimiento.
VIVIR SOLO NO SIGNIFICA ESTAR SOLO
“Hay que distinguir entre vivir solo y sentirse solo. Una persona puede vivir acompañada y experimentar una profunda soledad porque las relaciones que tiene no son las que necesita. Del mismo modo, alguien puede vivir solo y sentirse plenamente satisfecho con esa decisión”, explica Gascón.
La especialista define la soledad no deseada como la distancia entre los vínculos que una persona posee y aquellos que necesitaría o desearía tener. Es decir, cuando siente que dispone de menos relaciones afectivas, sociales o comunitarias de las que necesita y esa carencia le genera sufrimiento. “El problema aparece cuando deja de ser una elección y comienza a doler”, resume.
También diferencia este concepto del aislamiento social. Una persona puede tener muy pocos contactos y no sentirse sola, mientras otra puede estar rodeada de gente y experimentar una enorme sensación de vacío.
Laura tiene 77 años y vive sola desde hace veinte. Cuando escucha hablar de la soledad de los adultos mayores, cree que primero hay que ponerse de acuerdo sobre qué significa realmente estar solo.
“Tengo tres hijos, cuatro nietos y una vida muy activa. Hasta el año pasado daba clases. Canto en un coro, participo de un grupo de lectura donde estamos leyendo literatura japonesa, voy al gimnasio, salgo a tomar café con amigas. Siempre tengo algo para hacer”, cuenta. Para ella, la principal ventaja de vivir sola es la autonomía. No obstante, reconoce que la independencia también implica responsabilidades. “Uno hace todo. Cocina, limpia, hace las compras, paga los impuestos. Los amigos que viven en pareja pueden dividir esas tareas. Yo me ocupo de todo. Pero aun así no siento que esté sola”, dice.
Laura considera que existe una palabra que ayuda a comprender mejor esa experiencia: la solitud, la soledad elegida. “Para mí esto no es soledad. Yo elegí vivir así. Mientras tenga salud física e intelectual quiero seguir viviendo en mi casa”, añade. Asimismo, insiste en otro aspecto que considera fundamental: las actividades. “Cuando uno es joven muchas veces no puede hacer todo lo que le gusta por las obligaciones laborales o familiares. Ahora tengo tiempo para cantar, leer, encontrarme con amigas. Eso también estimula el cerebro y hace bien”, expresa.
Crece la soledad no deseada entre las personas mayores y se debilitan las redes comunitarias
Sin embargo, reconoce que no todas las personas atraviesan la vejez de la misma manera. “”s un tema bastante tabú. Además, venimos de generaciones donde parecía que la única manera de vivir era casarse, tener hijos y envejecer acompañado.”
UNA SOCIEDAD QUE ENVEJECE
Los datos del informe Desafíos y oportunidades en el envejecimiento. Un balance de la última década de la Argentina, elaborado por el Observatorio de la Deuda Social Argentina junto con la UCA, muestran que el problema excede las percepciones individuales.
Durante la pandemia, aproximadamente uno de cada tres adultos mayores manifestó sentirse solo muchas veces o todo el tiempo. Aunque esos porcentajes disminuyeron con el regreso a la normalidad, dejaron secuelas que todavía persisten.
El estudio también revela que vivir solo constituye un factor asociado a mayores niveles de malestar emocional. Las personas mayores que habitan hogares unipersonales presentan mayores índices de infelicidad que quienes viven acompañadas, especialmente cuando conviven con otra persona mayor.
Según el informe, el 28,6% de las personas divorciadas, separadas o viudas manifiesta síntomas compatibles con ansiedad o depresión, frente al 19,3% de quienes viven en pareja. El fenómeno tiene además un marcado componente de género. Debido a su mayor expectativa de vida, las mujeres atraviesan con mayor frecuencia una vejez en soledad, consolidando lo que los investigadores denominan la “feminización del envejecimiento”.
Para Gascón, sin embargo, el aumento de personas mayores que viven solas no constituye necesariamente una mala noticia. “Lo que está pasando en Argentina y en gran parte del mundo es que aumentan los hogares unipersonales y también aquellos integrados solamente por personas mayores. Cuando pueden elegir, muchas personas prefieren seguir viviendo en su casa o compartirla con alguien de su misma generación”, explica.
El verdadero problema aparece cuando esa independencia deja de estar sostenida por una red de apoyo. “Para vivir solo hacen falta vecinos atentos, amigos, familiares, organizaciones, servicios comunitarios. La independencia no significa estar abandonado”, sostiene.
Paradójicamente, observa que hoy suelen fortalecerse los vínculos entre abuelos y nietos, mientras la generación intermedia aparece absorbida por las exigencias laborales, económicas y familiares.
CUANDO LA CIUDAD TAMBIÉN PRODUCE SOLEDAD
La gerontóloga, arquitecta y especialista en accesibilidad Viviana Di Lucca propone sumar otra dimensión al análisis. Para ella, la soledad en la vejez no puede explicarse únicamente por la ausencia de vínculos familiares. También está profundamente relacionada con la forma en que están diseñadas las ciudades. “El caso de una persona encontrada meses después de haber muerto debería interpelarnos como sociedad. La soledad no siempre empieza dentro de la casa. Muchas veces comienza cuando una persona deja de poder usar la ciudad”, señala a este diario.
Cuando salir de la vivienda deja de ser una experiencia segura, las personas comienzan a abandonar actividades. Primero dejan de asistir a un taller, luego postergan una consulta médica, más tarde dejan de visitar amigos o de participar en espacios comunitarios. Poco a poco, las redes sociales se reducen. “La accesibilidad no se mide por la existencia formal de un servicio sino por la posibilidad real de utilizarlo. No alcanza con que exista una línea de colectivo si subir representa un riesgo o si la parada resulta inaccesible. Tampoco sirve un centro de salud cercano cuando conseguir un turno implica atravesar barreras tecnológicas o físicas”, explica.
Por eso considera que la accesibilidad debe entenderse como una cadena integrada por la vivienda, las veredas, el transporte, la atención sanitaria y los espacios de participación social. “Cuando falla uno de esos eslabones, la persona queda afuera”, resume.
Desde esa perspectiva, la respuesta tampoco puede descansar exclusivamente sobre las familias. “Una ciudad accesible no solamente facilita el movimiento: también permite sostener relaciones, participar de la vida social y evitar el aislamiento”, concluye.
LA OTRA FRAGILIDAD
“Una persona puede cocinar, administrar su dinero, hacer las compras y seguir siendo completamente independiente. Sin embargo, puede sentirse frágil porque teme caerse, sufrir una descompensación o que nadie advierta una emergencia”, explica Gascón.
Ese miedo modifica los hábitos cotidianos. Muchas personas dejan de salir, restringen actividades o reducen sus contactos sociales.
A ello se suma una realidad económica compleja. El informe de la UCA revela que una de cada cuatro personas mayores vive en condiciones de pobreza multidimensional, situación que no solo implica carencias materiales sino también una menor disponibilidad de redes de apoyo.
Los investigadores advierten que cuanto mayor es la pobreza, más reducida suele ser la red de familiares o amigos con quienes conversar o pedir ayuda. El deterioro económico y la soledad terminan alimentándose mutuamente.
ENVEJECER EN COMUNIDAD
Para Gascón, reducir la soledad a una cuestión individual sería un error. “La soledad es el resultado de las grietas de la comunidad. Vivimos en una sociedad cada vez más individualista, donde cada uno intenta resolver sus propios problemas y deja de mirar al otro.” Por eso insiste en que la respuesta debe construirse en distintos niveles. Las redes familiares siguen siendo fundamentales, pero no siempre alcanzan. También hacen falta vecinos atentos, amigos, clubes, centros culturales, organizaciones barriales, propuestas educativas, sistemas de teleasistencia con atención humana y políticas públicas que permitan sostener la autonomía sin romper los lazos sociales.
Debido a su mayor expectativa de vida, las mujeres atraviesan con mayor frecuencia una vejez en soledad
“Se trata de generar espacios donde compartan proyectos, intereses y objetivos, donde sientan que siguen formando parte de la comunidad”, añade. Laura coincide desde su experiencia cotidiana. Para ella, la clave no pasa por vivir acompañado bajo el mismo techo sino por sostener vínculos reales.
Esa mirada dialoga con la de Gascón y con la de Di Lucca. Las tres coinciden, desde lugares distintos, en una misma idea: la soledad no deseada no se resuelve únicamente mudando a una persona o consiguiéndole compañía. También depende de la calidad de los vínculos, de la posibilidad de participar de la vida comunitaria y de contar con una ciudad que no expulse a quienes envejecen.
❑ 1 de cada 3 adultos mayores llegó a sentirse solo muchas veces o todo el tiempo durante la pandemia.
❑ 1 de cada 4 personas mayores vive en condiciones de pobreza multidimensional.
❑ 28,6% de las personas viudas, divorciadas o separadas presenta malestar psicológico, frente al 19,3% de quienes viven en pareja.
❑ 3 de cada 10 adultos mayores que viven solos tienen problemas de calidad del sueño.
❑ La viudez es uno de los factores que más incrementa el riesgo de soledad y deterioro del bienestar.
❑ Crecen los hogares unipersonales y los hogares integrados sólo por personas mayores, una tendencia que exige fortalecer las redes de apoyo comunitarias.
Fuente: Observatorio de la Deuda Social Argentina (UCA)
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