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Del barrio al mundo: la maestra platense que convirtió su experiencia en un libro para repensar la escuela

Después de más de cuarenta años de trabajo en primarias de contextos vulnerables, Ana María Stelman vuelca en su primer ejemplar una reflexión nacida de la práctica cotidiana. Lejos de los discursos teóricos, propone mirar la educación desde el aula, recuperar la voz de quienes enseñan y demostrar que incluso con recursos escasos es posible transformar la realidad

Por Redacción

Hay historias que nacen en las aulas pero pocas logran salir de ellas para convertirse en una reflexión sobre el sistema educativo. Durante más de cuatro décadas, Ana María Stelman eligió permanecer allí donde, según ella misma dice, “la escuela se juega todos los días”: frente a un grupo de alumnos, en establecimientos de la periferia platense, rodeada de realidades complejas y de desafíos que difícilmente aparecen en los documentos oficiales.

Ahora, ya jubilada, decidió poner esa experiencia en palabras. El resultado es “Maestra de Trinchera: Del aula al mundo”, un libro que funciona, al mismo tiempo, como memoria personal, ensayo pedagógico y testimonio sobre una manera de entender la educación. La elección del título no es casual. Stelman utiliza la palabra “trinchera” para describir ese espacio donde el docente enfrenta cada jornada situaciones que muchas veces exceden la enseñanza de contenidos. Allí conviven el aprendizaje con la contención emocional, las dificultades sociales, las desigualdades y la necesidad permanente de improvisar respuestas frente a problemas para los que no existen recetas.

“Quise contar cómo viví la escuela desde adentro”, explica la docente en diálogo con EL DIA. Su intención, asegura, no fue escribir un manual académico ni una recopilación de teorías pedagógicas, sino ofrecer la mirada de alguien que pasó toda una vida enseñando y que nunca quiso abandonar el aula para ocupar un cargo jerárquico.

”Siempre elegí las escuelas que yo llamo de frontera”, resume. Se refiere a establecimientos ubicados en distintos barrios de la periferia de La Plata, donde la vulnerabilidad económica y social atraviesa la vida cotidiana de las familias y, por supuesto, también la de la escuela.

“Maestra de trinchera. Del aula al mundo” se presentará el 16 de julio a las 18 en el Centro Cultural y de la Memoria Islas Malvinas

Ese recorrido es el que estructura el libro. No desde la nostalgia ni desde el reclamo aislado, sino desde la convicción de que las soluciones educativas solo pueden construirse comprendiendo el territorio en el que cada institución está inserta.

Stelman sostiene que existe una distancia cada vez mayor entre quienes diseñan políticas educativas y quienes todos los días están frente a un curso. En ese sentido, cuestiona las respuestas uniformes para escuelas que enfrentan realidades completamente diferentes.

“Hay muchos opinólogos que hablan de la escuela sin entrar nunca al aula”, afirma. Según explica, muchas veces llegan proyectos, capacitaciones o recursos que fueron pensados de manera general y que no responden a las necesidades concretas de cada comunidad educativa.

Para ella, el gran desafío consiste en dejar de pensar que todas las escuelas necesitan exactamente lo mismo.

UNA ESCUELA QUE ENSEÑA MUCHO MÁS QUE CONTENIDOS

Buena parte del libro está atravesada por una idea que Stelman repite durante la conversación: antes de enseñar Matemática o Lengua, muchas veces la escuela debe volver a convertir a los chicos en niños. La frase resume años de trabajo en contextos donde la pobreza, la violencia o la falta de acceso a derechos básicos forman parte de la vida cotidiana. En esos escenarios, explica, el aula se transforma en un espacio donde los alumnos encuentran escucha, afecto y un tiempo para vivir experiencias propias de la infancia.

Por eso considera que muchas conductas que suelen resumirse bajo etiquetas como violencia o bullying requieren una mirada mucho más profunda. “No todos los chicos son violentos. Muchos expresan en la escuela situaciones que viven afuera”, sostiene.

En ese contexto, el docente termina asumiendo funciones para las cuales muchas veces no fue preparado. Detectar problemas de salud, advertir dificultades de aprendizaje o acompañar conflictos familiares forman parte de una tarea que excede ampliamente la enseñanza tradicional.

Entre las experiencias que recuerda aparece una que todavía la conmueve. Un alumno había atravesado toda la escuela primaria sin que nadie advirtiera que tenía una severa disminución visual.

“Me di cuenta porque se acercaba demasiado para mirar lo que mostraban los profesores especiales. Ahí entendí que el problema no era que no quisiera leer o escribir: el chico no veía”, cuenta. El diagnóstico confirmó una disminución visual cercana al 80 por ciento. Para Stelman, situaciones como esa muestran que muchas veces las campañas aisladas o los controles esporádicos no alcanzan si no existe un acompañamiento sostenido.

La docente insiste en que el problema no siempre pasa por la falta de recursos económicos. En muchos casos, asegura, los recursos existen pero no llegan donde más se necesitan. Recuerda, por ejemplo, cómo algunas escuelas recibían durante un mismo año varias propuestas de salidas educativas, mientras otras jamás accedían a iniciativas similares.

“La cuestión es pensar en términos de equidad”, resume y añade: “No darle a todos lo mismo, sino a cada escuela lo que realmente necesita”.

UNA PEDAGOGÍA CONSTRUIDA DESDE EL TERRITORIO

Ese principio de equidad atraviesa también los proyectos que Ana María desarrolló durante su carrera y que aparecen relatados en Maestra de Trinchera. Muchas de esas experiencias, justamente, fueron las que despertaron el interés internacional cuando su nombre comenzó a circular entre miles de postulaciones de distintos países.

Su manera de enseñar siempre partió de una premisa sencilla: el aprendizaje resulta más significativo cuando nace de aquello que forma parte de la vida de los alumnos. Así surgieron propuestas que hoy parecen innovadoras, pero que para ella fueron simplemente una forma de responder a las necesidades del aula.

En un barrio donde muchos chicos crecían entre studs y caballerizas, utilizó el universo de los caballos para despertar el interés por la lectura. En otras oportunidades recurrió al compost elaborado con bosta equina para trabajar contenidos de Ciencias Naturales, cuidado ambiental y producción de huertas. También impulsó videollamadas con escuelas de distintos puntos del país, proyectos de intercambio con la Antártida y experiencias de participación ciudadana que permitieron a los alumnos simular el funcionamiento de un cuerpo legislativo.

Todas esas iniciativas tienen un denominador común: demostrar que la innovación no depende exclusivamente de contar con tecnología de última generación o grandes presupuestos, sino de la capacidad del docente para leer el contexto y convertirlo en una oportunidad pedagógica.

“Los recursos están”, sostiene y suma: “El problema es cómo se distribuyen y cómo se utilizan”. En esa lógica también ubica el debate sobre el uso de la tecnología en las aulas. Lejos de los discursos que plantean prohibiciones absolutas o una incorporación indiscriminada de las pantallas, Stelman propone un camino intermedio.

Durante años mantuvo su propio teléfono celular sobre el escritorio para resolver consultas junto con los alumnos. No porque creyera que internet reemplaza a los libros, sino porque entiende que enseñar también implica formar ciudadanos capaces de buscar información, distinguir fuentes y aprovechar las herramientas disponibles.

“Decir que no se use la tecnología no tiene sentido. Pero tampoco decir que todo tiene que pasar por una pantalla”, explica. En sus clases convivían los libros de la biblioteca con las búsquedas en internet, las videollamadas con especialistas y los proyectos colaborativos. Recuerda, por ejemplo, cuando un grupo de alumnos quiso resolver una duda sobre un personaje de una novela. Buscaron al autor, lograron contactarlo y organizaron una videoconferencia para conversar con él.

En otra oportunidad participaron de una experiencia con un satélite que permitió obtener una fotografía tomada desde el espacio. También organizaron encuentros virtuales con docentes de Ushuaia y Jujuy para comprender la extensión territorial del país y trabajar contenidos de Geografía de una manera imposible de lograr únicamente con un mapa.

Para Stelman, ese es el verdadero sentido de incorporar nuevas tecnologías: ampliar las posibilidades de aprendizaje sin perder de vista que el vínculo entre docente y estudiante sigue siendo el corazón de la escuela.

UN LIBRO PARA ABRIR EL DEBATE

Aunque las páginas de Maestra de Trinchera reúnen recuerdos de una vida profesional, la autora deja en claro que el libro no pretende ser un ejercicio de nostalgia. Su aspiración es mucho más amplia.

Está dirigido, advierte, a las familias que quieren comprender qué sucede puertas adentro de una escuela, a quienes toman decisiones sobre educación y también a los futuros docentes que recién comienzan su camino profesional.

Después de jubilarse sintió que había llegado el momento de escribir con la libertad que durante años impuso la responsabilidad institucional. “Me debía este libro”, reconoce y añade: “Ahora puedo decir cómo viví realmente la escuela sin poner en riesgo a nadie”. Pero, sobre todo, busca que su experiencia no quede como una historia individual. Desde que fue reconocida internacionalmente, asegura haber recibido mensajes de docentes de distintos puntos del país que se sintieron identificados con sus proyectos y con su manera de entender la profesión.

“No soy la única que trabaja así”, aclara. “Hay muchísimos maestros haciendo cosas extraordinarias todos los días”. Por eso considera que el reconocimiento internacional terminó funcionando como un megáfono para una realidad que suele permanecer invisible. Si algo quiere transmitir con este libro es justamente que detrás de cada experiencia exitosa no hay héroes solitarios, sino miles de docentes que sostienen la escuela pública con creatividad, compromiso y una enorme capacidad de adaptación.

En tiempos en los que el debate educativo suele quedar reducido a estadísticas, evaluaciones o discusiones políticas, Maestra de Trinchera propone volver a escuchar a quienes todos los días reciben a los chicos cuando suena el timbre. Porque, como demuestra la trayectoria de Ana María Stelman, las transformaciones más profundas muchas veces no nacen en un ministerio ni en un escritorio. Empiezan en un aula, con un maestro que conoce a sus alumnos, entiende el barrio en el que viven y decide convertir esa realidad en el punto de partida para aprender.

La platense obtuvo reconocimientos internacionales / EL DIA
Los trabajos didácticos son su fuerte / gentileza g.
Ana María, con alumnos de primaria de la Región / gentileza gentile
Al aire libre también se puede aprender / gentileza g.
En épocas de pandemia no dejó de dar clases / gentileza gentile
Las noticias locales nunca fueron tan importantes
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