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El libro que faltaba: un amor entre astros, estantes y bibliotecas

Ella buscaba siempre lo mismo en la librería de usados de siempre: obras de astronomía. Él empezó a guardárselos antes de que llegaran a la vidriera. La historia se completó con un ejemplar que tardó dos años en aparecer

Freepik

Por Redacción

La librería de Nicolás queda sobre una de las calles principales de la Ciudad. Tiene la vidriera siempre un poco empañada y las pilas de libros usados apiladas hasta la altura del mostrador. El local había sido de su padre, y antes de eso, de su abuelo, así que los estantes de madera oscura llevaban más de cuarenta años cargando el mismo olor a papel viejo y a humedad de patio interno. Nicolás era un joven adulto cuando heredó el negocio casi sin buscarlo, en un otoño en que todavía no sabía bien qué hacer con su vida, y terminó quedándose ahí, entre novelas descosidas y manuales de otra época, sin planearlo mucho que digamos.

Ahí, un sábado de cada dos, aparecía Valentina preguntando lo mismo: “¿Llegó algo de astronomía?”

Al principio Nicolás negaba con la cabeza casi sin mirarla, ocupado con alguna caja recién comprada en un remate de barrio o ferias artesanales. Valentina, entonces, daba una vuelta corta por los pasillos angostos, revisaba un par de lomos por las dudas, y se iba sin insistir. Así fueron pasando los sábados, uno tras otro, con la misma pregunta y la misma respuesta, hasta que en algún momento -Nicolás no podría decir exactamente cuál- empezó a prestar atención de verdad.

Primero fue casi un juego: cuando compraba lotes enteros de bibliotecas familiares que se liquidaban, separaba los libros de astros, de cosmos, estrellas, de planetas, de historia del universo, antes de que llegaran a ocupar su lugar en la vidriera. Los guardaba en una caja de cartón debajo del mostrador, al lado de la vieja calculadora y los repuestos de la registradora, con una etiqueta escrita a mano en birome negra. Sin dudar, la rotuló: “V”.

Valentina se enteró de la caja recién al año, un sábado de lluvia en que la librería estaba vacía y Nicolás, sin decir mucho, la empujó hacia ella con el pie desde atrás del mostrador.

“Pensé que capaz te interesaba antes de que se los lleve otro” dijo él, como si fuera un dato menor, como si no hubiera pasado meses guardando esos libros pensando en ella.

Ella se rió, sorprendida, pero algo en el gesto la conmovió más de lo que hubiera esperado de una librería de usados y un hombre de pocas palabras. Empezó a quedarse un rato más cada sábado, a preguntarle a Nicolás si había leído tal libro, si sabía algo de tal autor, si le sonaba una teoría sobre la formación de las primeras galaxias. Él, que nunca había leído demasiado de astronomía -apenas algún libro de divulgación que le había quedado de la secundaria-, empezó a hacerlo en serio, de noche, después de cerrar el local, solo para poder sostener la conversación el sábado siguiente.

Con los meses, la caja de cartón se convirtió en una costumbre compartida. Valentina llegaba, revisaba lo nuevo, y después se sentaba un rato en el banquito desvencijado que Nicolás tenía cerca de la ventana, mientras él atendía a otros clientes o acomodaba pilas de libros que nunca terminaban de ordenarse del todo. A veces hablaban de astronomía pero de a poco, sin darse cuenta, terminaban hablando de otra cosa: de sus trabajos, de sus familias, de por qué cada uno había terminado viviendo en La Plata, de los planes que tenían y de los que habían abandonado en el camino.

Hubo, sin embargo, un libro que faltó durante mucho tiempo: una edición vieja y agotada sobre la historia de los observatorios astronómicos, con tapas de tela gastada, que Valentina mencionaba cada tanto sin mucha esperanza de encontrarlo. Lo había visto una sola vez, de chica, en la biblioteca de un tío, y nunca había podido conseguir un ejemplar propio.

“Ese no lo vas a conseguir nunca” le decía Nicolás, medio en broma, medio en serio, cada vez que ella lo nombraba. “Son ediciones que ni en las librerías de anticuario de Buenos Aires aparecen”, insistió.

Pasaron casi dos años así, entre sábados, cajas de cartón y libros de estrellas que iban y venían. La rutina se había vuelto tan firme que ninguno de los dos hablaba ya de casualidad: los dos sabían que el sábado era, de algún modo, un día reservado.

Nicolás fue el que finalmente encontró el ejemplar, casi de pura casualidad, en un remate de una biblioteca particular que se estaba liquidando en Tolosa, entre cajas de libros de derecho y enciclopedias incompletas. Lo reconoció enseguida por la descripción que Valentina le había repetido tantas veces: las tapas de tela, el color desteñido, el sello de una librería porteña que ya no existía.

Se lo guardó, por supuesto, en la caja de cartón de siempre. Pero esta vez le agregó algo adentro: una nota escrita a mano. No fue una carta larga ni especialmente elaborada. Apenas unas líneas, escritas con la misma birome negra de la etiqueta, donde reconocía que guardarle libros durante dos años había sido, en realidad, una forma de esperarla.

Valentina sigue yendo a la librería los sábados. Ahora son pareja y, aunque todavía no viven juntos, si comparten una pasión que los unió: la literatura.

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