“La primera vez que vino a buscar a los chicos a casa de mi ex, pensé: esto no lo aguanto ni un mes. Y mirá, ya vamos para cuatro años”, cuenta Mariana (su nombre y todos los que aparezcan fueron modificados a pedido de los protagonistas) a EL DIA a través de un audio de WhatsApp mientras, a sus espaldas, gritos de chicos la interrumpen una y otra vez. “Son los chicos que están jugando a la PlayStation”, agrega, entre risas.
Tiene 41 años y trabaja en una farmacia en Altos de San Lorenzo y hace cuatro años está en pareja con Hernán, 44, técnico electricista. ¿La particularidad de esta historia? Es que los ambos llegaron a esta relación con hijos de matrimonios anteriores: ella con dos, de 9 y 12; él con uno, de 13.
“Al principio yo separaba todo”, recuerda ella y agrega: “Mi casa, mi finde, mis hijos. Como si mezclar significara perder algo”.
Se conocieron a la salida de la escuela, a veces a las 17, a veces a las 18. El hijo de Hernán y la hija mayor de Verónica iban al mismo curso, y durante meses se cruzaron sin hablarse, cada uno esperando a su propio hijo, cada uno en su propia vida recién separada.
“Fueron como ocho meses de ‘hola, qué tal’, nada más -expresa él a este diario- hasta que un día se armó la típica fiesta de fin de año y terminamos sentados en la misma mesa. Ahí empezamos a hablar en serio”.
Todo lo que vino después fue muy vertiginoso: charlas por celular, citas a escondidas de sus hijos, formalización y un noviazgo típico. Hasta que la barrera llegó: las parejas anteriores.
“Más que ex y separados somos personas y te diría que somos femilia”, cuenta ella
Aunque la pareja se formó rápido, convivir con las familias que ya existían fue otra cosa. Verónica seguía yendo a cumpleaños con su ex marido, porque los chicos lo pedían. Hernán compartía trabajos esporádicos los sábados con la madre de su hijo, que vivía a seis cuadras.
“Al principio me ponía mal. Veía que ella se llevaba bien con el padre de los chicos y pensaba: ¿y yo qué pinto acá?”, dice él. Ella, también sufría: “Yo lo mismo con la ex de él. Pero todo cambió cuando nos dimos cuenta de que estábamos peleando contra algo que en realidad nos convenía. Que se lleven bien los ex es una ventaja, no un problema”.
El cambio empezó con una decisión mínima pero sustancial: tras hablarlo, Verónica hizo un grupo de WhatsApp. Lo armó un día que había que coordinar quién llevaba a quién a un cumpleaños. Lo llamó “Logística Hornos”. Con el tiempo entraron ahí el ex marido de ella, la ex mujer de él, y hasta la nueva pareja del ex marido.
“Ahora se usa para todo -cuenta Hernán-. Para el asado del domingo, para avisar si alguno de los chicos tiene fiebre, para mandar la foto del boletín. Es un quilombo de mensajes, pero funciona”, expresa entre risas.
LA VIDA DIARIA
Los domingos son el día que marca el ritmo de la casa. Hernán prepara el asado desde temprano, mientras los tres chicos -el de él y los dos de ella- se turnan la pelota en el patio. A veces se suma el hijo mayor de la ex de Hernán, que ya tiene otra pareja y otro hijo chico.
“Yo no vengo a reemplazar a nadie. Ni al padre de sus hijos, ni ella a la madre del mío”, explica él
“Yo pongo la mesa para seis y a veces sobra una silla, a veces falta una y hay que arrastrar una del living. Nadie cuenta bien cuántos somos. Y está bien que sea así”, expresa Verónica y añade: “Más que ex y separados somos personas y te diría que somos femilia”.
Inclusive los chicos, con el tiempo, dejaron de hacer la distinción entre “mi hermano” y “el hijo de Hernán”. Simplemente son hermanos, aunque duerman en casas distintas según la semana.
En otro audio de WhatsApp, Hernán describe y aclara: “Yo no vengo a reemplazar a nadie. Ni al padre de sus hijos, ni ella a la madre del mío. Cada uno tiene su lugar, y el mío es otro, pero también es un lugar”.
LO QUE SE APRENDIÓ EN EL CAMINO
Ninguno de los dos habla de “familia perfecta”. Hablan de organización, de calendarios compartidos, de aprender a pedir ayuda al ex cuando hace falta, de bajar la guardia con alguien que en otro momento hubiera sido, según las reglas viejas, un rival.
“A mí me costó entender que no hacía falta elegir entre mi vida anterior y esta. Se puede tener las dos cosas funcionando al mismo tiempo, sin que una tape a la otra”, explica ella. Además, dice: “Ver feliz a mis hijos es el mayor argumento”.
Hernán, en tanto, asiente a la distancia y agrega: “Al final la familia no es la que uno imaginaba de joven. Es la que se arma con lo que hay, domingo tras domingo”.
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