La CIA atraviesa un éxodo de personal sin precedentes, en parte como consecuencia de los drásticos recortes aplicados durante la etapa en que Elon Musk estuvo al frente del Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE) de la administración de Donald Trump y por la salida de empleados disconformes con el rumbo de la Casa Blanca. La fuga desbordó el sistema de pensiones y encendió alarmas sobre su capacidad de análisis.
Según fuentes internas citadas por The Washington Post, aunque las cifras exactas son clasificadas, el ritmo de jubilaciones y renuncias en Langley no tiene precedentes en la historia reciente. A comienzos de 2025, la CIA contaba con unos 22.000 empleados y se estima que más de 1.000 dejaron la organización desde entonces. Exfuncionarios comparan la reducción con los fuertes recortes de comienzos de los años 90, tras la caída de la Unión Soviética y el final de la Guerra Fría.
ALUVIÓN DE SALIDAS
La ola de salidas forma parte de una reducción más amplia del gobierno federal impulsada por Trump y Musk, que buscó achicar plantillas, gastos y estructuras consideradas innecesarias. El DOGE fue disuelto después de la etapa de Musk, pero los recortes alcanzaron a otros organismos y complicaron los trámites de jubilación.
En la CIA, el impacto es sensible. Buena parte de la fortaleza de la agencia reside en la experiencia de funcionarios que reclutan informantes, construyen redes clandestinas y analizan conflictos. Algunos de los que se retiraron realizaban esas tareas hasta poco antes de marcharse.
Para los especialistas, perder a esos veteranos no equivale simplemente a eliminar puestos. Formar a un nuevo oficial puede llevar años y reconstruir una red de contactos todavía más. Además, conocen procedimientos y secretos sensibles y, si se marchan irritados, pueden convertirse en objetivos de servicios de inteligencia extranjeros.
La crisis también alcanzó las pensiones. La Oficina de Pensiones de la CIA reconoció en un correo a los jubilados que procesa un número “sin precedentes” de solicitudes y pidió paciencia. El mensaje incluyó teléfonos gratuitos para quienes llevaran más de seis meses sin cobrar.
Los retrasos son concretos. Una exfuncionaria contó al Post que una colega retirada en marzo ya había recibido su prestación, mientras otro compañero que dejó la agencia ese mismo mes recién cobró su primer pago y ni siquiera por el monto completo. Algunos jubilados tuvieron que esperar hasta nueve meses, una demora difícil para quienes dependen de ese ingreso.
La situación expone una paradoja: el esfuerzo por reducir el tamaño del Estado terminó provocando cuellos de botella en una institución cuya actividad requiere experiencia y continuidad. “Los oficiales de inteligencia operan en la sombra”, señaló un exalto funcionario, pero su discreción no debería utilizarse para ocultar fallas administrativas.
El problema adquiere mayor peso por el escenario internacional. La CIA debe obtener información sobre Rusia, China, Irán y otros adversarios, y seguir amenazas que cambian con rapidez. Una reducción brusca puede afectar la cantidad de información y la capacidad de interpretarla.
La dirección de la agencia intenta contrarrestar esa pérdida. Un portavoz afirmó que, bajo John Ratcliffe, la CIA busca volver a concentrarse en su misión de reclutar espías y aseguró que recientemente incorporó al mayor grupo de oficiales de operaciones en 20 años.
La incógnita es si esas nuevas incorporaciones podrán compensar la salida de los veteranos. En el espionaje, la experiencia no se reemplaza de inmediato y una relación con un informante puede tardar años en construirse.
Por eso, el éxodo de Langley no representa solo una reducción de personal: puede dejar una huella sobre una de las herramientas más sensibles de la seguridad estadounidense.
SUSCRIBITE a esta promo especial