Silvia Gascón advierte que hay diferentes vejeces: “Las condiciones socio económicas, las oportunidades educativas; su tuviste una familia, un trabajo, amigas. Todo influye en cómo se envejece”.
Moreira Uribe, además, insiste en evitar cualquier mirada uniforme sobre la vejez: “Así como hoy hablamos de infancias, también deberíamos hablar de vejeces. No existe una única manera de envejecer”. Según ella, las diferencias económicas, la trayectoria laboral, la salud, el género y las redes de apoyo hacen que cada experiencia sea distinta.
No es igual quien continúa viviendo de manera independiente que quien debió mudarse a una residencia; quien puede adaptar su vivienda que quien no cuenta con recursos; quien conserva una vida social activa que quien perdió buena parte de sus vínculos. En las residencias, por ejemplo, muchas personas llegan con apenas unas pocas pertenencias. Detrás de esa mudanza suele haber una renuncia mucho mayor que la de algunos objetos. “Muchas veces dejaron toda su casa. No necesariamente porque hayan perdido autonomía por completo, sino porque las circunstancias de su vida hicieron necesario ese cambio”, expresa la psicóloga
El valor de ponerlo en palabras
Aunque estos procesos son frecuentes, durante mucho tiempo permanecieron invisibles.
“Nuestros abuelos envejecían casi en silencio”, reflexiona Moreira Uribe. “Hoy hay más películas, novelas, artículos periodísticos y espacios donde se habla del envejecimiento. Eso ayuda muchísimo porque permite que las personas piensen: ‘Esto no me pasa solamente a mí’”. En este sentido, nombrar esas experiencias también facilita transitarlas.
Soltar para seguir
Moreira Uribe sostiene que la posibilidad de elegir qué conservar y qué dejar atrás forma parte de un envejecimiento saludable. No significa renunciar a los recuerdos ni borrar el pasado, sino reconocer qué objetos siguen teniendo sentido en el presente y cuáles cumplieron ya su función.
En este sentido, Di Lucca aconseja algunas claves para ayudar a los adultos mayores: “Anticipar la conversación, no esperar la crisis; preguntar el por qué antes de proponer el qué; dar valor y el espacio a la persona para que haga la despedida necesaria; dar tiempo; distinguir entre urgencia real y ansieda de terceros”, enumera.
Lo cierto es que algunas pertenencias condensan una historia, un oficio, una pasión o una forma de habitar el mundo. Por eso despedirse de ellas puede doler.
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