NUEVA YORK (Env. Esp.)
Cuando la montaña rusa de emociones (las lindas y las otras) se detenga, brotará el balance de una Copa del Mundo que les entregó a los argentinos satisfacciones incomparables. Quien llegó como defensor del título supo estar a la altura de las exigencias. Mostró lapsos de rendimiento buenos, regulares y malos, pero siempre lo hizo dejando todo lo que tenía para dar. Sólo ayer fue superado de principio a fin. como hacía muchos años no le ocurría.
En esta ciudad multifacética y heterogénea por definición, hoy el rojo y el amarillo combinados gobiernan ventanas de hoteles, balcones de departamentos alquilados, ventanillas de autos y hasta bicicletas de paseo que se rentan en el hermoso Central Park. Es lógico, les toca celebrar a los españoles. Y se lo merecen. La pulseada que los unió en New Jersey, cerca del Río Hudson, para dirimir quién se iba quedar con el trofeo dorado, no arrojó dudas. La “Furia” del toque se observó sostenido por el matrimonio que conforman el alto nivel técnico de sus hombres y la convicción inalterable que muestran cuando salen al campo de juego.
Probablemente por el cansancio que arrastraba la Selección cedió la iniciativa
No estuvo en partido Messi y Argentina brilló por su ausencia. Únicamente Emiliano Martínez complicó los planes bien ejecutados por los vencedores.
Probablemente consciente del cansancio que arrastraba, el equipo de Scaloni cedió la iniciativa de las acciones. No apostó por la presión porque sabía que no le iba alcanzar la energía para sostener el ritmo. Por eso, el gran interrogante del partido era si España, amplísimo dominador de todas las variables de la pulseada, iba a tener o no la puntería para perforar la fortaleza que estaba defendida por el “Dibu”. Está de más aclarar que el marplatense fue, por escándalo, el mejor jugador celeste y blanco.
LEO NO LOGRÓ IMPONERSE Y NINGUNO TOMÓ LA POSTA
Todos los análisis previos le asignaban a nuestra Selección la nada sencilla misión de impedir que su rival se sintiera y fuera el propietario permanente de la pelota. Argentina no pudo evitarlo. En esa tarea fracasó por completo.
Los vaivenes, tan pronunciados como peligrosos, que lo acompañaron a lo largo de la competencia, esta no vez le dejaron lugar a un declive pronunciado. Jugó siempre mal y sólo en los últimos minutos fue para adelante empujado por el notable carácter que también lo describe como un rival bravísimo para cualquiera.
Aquellos momentos de incertidumbre y angustia ante Cabo Verde, y especialmente frente a Egipto, fueron superados porque el equipo se sentía superior y lo pudo demostrar. Lo mismo ocurrió ante Suiza y contra Inglaterra. La semifinal ganada sacando coraje desde las entrañas se recordará por muchas décadas. Esa fue la última gran aparición del campeón que entregó su corona. Los ingleses sufrieron en carne propia el temperamento de jugadores formados en el potrero nacional y dueños de un orgullo conmovedor.
Por segunda vez España siente que el mundo de la pelota se ha rendido a sus pies. Y algo de eso hay. La manera en que construyó semejante consagración debe dejarlo plenamente conforme. Jamás traicionó su estilo pulcro y ofensivo. Fue fiel a su identidad. Por eso tuvo premio.
¿Terminó el ciclo de Lionel Scaloni y de su equipo de trabajo? ¿Dejará Leo Messi de jugar en la Selección? Ninguna respuesta debe llegar con apuro. Tiempo al tiempo. Han sido años fructíferos, de trabajo serio con logros contundentes. Hay que enfriarse y sacar las conclusiones serenas que conduzcan a la toma de las decisiones más sanas.
Argentina se despidió de Estados Unidos haciendo un mal partido, pero sobreponiéndose en el desarrollo del torneo a dificultades y contratiempos. Así logró dejar el grato recuerdo de un gran Mundial. Sólo el último acto de la obra no lo mostró con la estatura futbolística que le demandaba la ocasión.
Fuerte el aplauso para los que buscaron escribir otra página de gloria y no pudieron. Nadie gana siempre. Tenerlo claro es un rasgo de inteligencia que ayudará para volver a intentarlo en la próxima cita.
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