En lo últimos días de este año somos sorprendidos cotidianamente por el fenómeno climático bautizado “El Niño”, el cual en sus permanentes travesuras abre las puertas de las densas nubes, a veces en forma intermitente, en otras copiosamente y más aún en su marcada precocidad juguetea también con tempestades y huracanados vientos, con resultantes verdaderamente incómodas, a tal punto que resultamos a veces anegados.
Pero lamentablemente y no sólo en estos últimos días sino con sincronizada precisión, han sido inundados desde diferentes niveles de organismos oficiales, y por quienes no son precisamente tan niños, distintos sectores del pueblo trabajador con una lluvia de proclamas en el marco de interminables slogans que dibujan promesas de un mejoramiento en la calidad de vida que a la postre resultan como siempre incumplidas.
Pero tenemos, por siempre, gracias al Señor, un Niño, que está por sobre todos los niños, El Niño Jesús, El Hijo de Dios, El que golpea permanentemente a la puerta de nuestro corazón, El que promete y cumple, El que permanece por los siglos de los siglos, el admirable, el consejero, nuestro amigo, el príncipe de Paz. Con esta final reflexión, humildemente quiero animar a todos para que dispongamos nuestro corazón, porque seguramente El Bendito Niño abrirá la ventana de los cielos y derramará un torrente de bendiciones para que sobreabunden en nuestra vida.
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