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La actualización de julio del Fondo Monetario Internacional proyectó un crecimiento mundial de 3,0% en 2026 y de 3,4% en 2027, con una inflación global de 4,7%. Pero el promedio oculta una brecha: el shock energético desencadenado por las acciones vinculadas a las guerras recientes castiga a los importadores de combustibles y a las economías más vulnerables, mientras la inversión en inteligencia artificial favorece a los países integrados en la cadena tecnológica global.
El crudo y el silicio representan sectores, pero también formas de poder. El crudo redistribuye renta a partir de la escasez de oferta y la baja elasticidad de la demanda, modifica las cuentas externas y condiciona el margen fiscal de los Estados. El ecosistema del silicio, por su parte, organiza la productividad futura, concentra propiedad intelectual, fija estándares y sostiene capacidades críticas, ampliando la frontera de lo posible.
Más que una economía dividida en dos mitades emerge una matriz de posiciones. Algunos países exportan energía y dominan segmentos tecnológicos; otros importan ambas cosas. En el medio, numerosas economías ganan por el precio de sus recursos, pero dependen del exterior para procesarlos o convertirlos en productos complejos. Esa ubicación determina quién absorbe los shocks, quién captura la renta y quién acumula las capacidades del próximo ciclo de crecimiento.
Los números del Fondo muestran que la divergencia ya no es una hipótesis. Taiwán, Corea del Sur, Tailandia y Malasia, los cuatro mayores exportadores netos de hardware asociado con la inteligencia artificial, registraron una sorpresa de crecimiento anualizada y desestacionalizada de 4,4 puntos porcentuales en promedio. Para el resto del mundo, fue negativa en tres décimas.
La diferencia es estructural porque ninguna de esas posiciones cambia con rapidez. El país que hoy quedó del lado equivocado no cruza la línea con una buena cosecha de exportaciones ni con un plan de gobierno: arrastra decisiones de inversión tomadas hace una generación. El mapa, una vez dibujado, se mueve despacio.
Desarrollar un yacimiento exige capital paciente, infraestructura y años de ejecución. Una fábrica de semiconductores de frontera demanda decenas de miles de millones de dólares, pero el edificio es apenas el comienzo: requiere proveedores especializados, talento científico, energía estable, equipamiento de precisión, propiedad intelectual y mercados.
Un recurso puede extraerse con tecnología importada; una capacidad tecnológica existe cuando el conocimiento puede reproducirse, adaptarse y escalarse dentro del país.
Reaparece el ya clásico problema de la región. El debate no debe simplificarse al desarrollo de manufacturas frente a materias primas. La verdadera batalla está en la difusión desigual del progreso técnico y a la capacidad asimétrica de apropiarse de sus beneficios.
En 2026, la frontera entre centro y periferia pasa por quién controla los cuellos de botella, define estándares, financia la innovación y retiene el aprendizaje. La división no coincide de manera automática con el tipo de sector. Una mina de litio puede impulsar procesamiento, ingeniería y proveedores, mientras que un centro de datos puede funcionar como enclave si importa el equipamiento y deja fuera del país la propiedad, el conocimiento y buena parte del valor.
La distinción decisiva no es entre recursos y tecnología, sino entre renta y capacidad. La renta mejora el presente; la capacidad amplía las opciones futuras. Una puede financiar a la otra, pero el tránsito no ocurre espontáneamente. Requiere instituciones que sostengan prioridades, formen capital humano, coordinen inversión pública y privada y aseguren que los grandes proyectos dejen proveedores y conocimiento. Sin esa arquitectura, la abundancia alivia la macroeconomía sin construir poder productivo.
La Argentina condensa esa tensión. En el eje energético aparece mejor posicionada que en años recientes: el superávit del sector podría ubicarse en 2026 entre los US$ 10.000 y los US$ 12.000 millones. Además, YPF incorporó a Eni y a XRG, el brazo internacional de ADNOC, al segmento de producción de Vaca Muerta destinado a Argentina LNG. El ingreso de capital y escala internacional abre una oportunidad para reducir la restricción externa.
Exportar más energía, sin embargo, no transforma por sí solo la estructura productiva. La renta ofrece tiempo, divisas y margen de decisión; la política define qué queda cuando el ciclo cambia.
El contraste en el ámbito nuclear vuelve visible el problema. Meitner Energy presentó una inversión de US$ 1.200 millones para construir en Atucha un reactor modular de 300 megavatios basado en un diseño argentino. El proyecto indica que el país conserva capacidades para atraer capital de frontera. En esos mismos días, 62 contratos de la Comisión Nacional de Energía Atómica no fueron renovados.
Las tecnologías complejas maduran cuando capital, ciencia, regulación, formación y proveedores funcionan como un ecosistema. Debilitar uno de esos componentes fragmenta la cadena que convierte una patente en industria.
La estrategia no consiste en elegir entre Vaca Muerta y la economía del conocimiento, sino en usar la primera para financiar y acelerar la segunda. Eso exige orientar parte del excedente hacia infraestructura, formación técnica, ciencia aplicada, proveedores locales y contratos que multipliquen la transferencia de capacidades. También obliga a distinguir inversión de aprendizaje: un proyecto puede aumentar el producto y las exportaciones sin ampliar la autonomía tecnológica. La medida relevante es qué funciones nuevas puede realizar el país después.
El 3,0% del Fondo describe un mundo que crece a velocidades distintas porque enfrenta cada shock con activos acumulados durante décadas. Esa geografía puede modificarse, pero ninguna medida aislada revierte su inercia. El crudo puede financiar la transición y aliviar la restricción externa. El silicio, como conjunto de capacidades que organiza la nueva economía, definirá quién fija las reglas del mañana y quién deberá adaptarse.
Para la Argentina, la pregunta central no es qué recursos posee, sino qué poder productivo puede construir con ellos.
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