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Cuando el pragmatismo libertario tropieza con sus propios apóstoles

Milei en Bahía Blanca, el mismo día que Bullrich lanzó el video/na

Por Carlos Barolo

Por los pasillos de un Congreso que reclama explicaciones y una Casa Rosada atrincherada en sus planillas, la diferenciación de la senadora Patricia Bullrich expone las primeras grietas profundas de una coalición sostenida a fuerza de necesidad mutua.

Hay gestos que dicen más por la música de fondo que por la solemnidad del discurso. La escena parece sacada de una comedia de enredos políticos, pero la carga dramática es pura y dura realidad parlamentaria. Patricia Bullrich —veterana de mil batallas del poder argentino, curtida en las tempestades del peronismo, el macrismo y la gestación de la fuerza propia— se graba en su despacho. Se la ve repasando expedientes, con el rostro austero de siempre, pero de fondo suena Lali Espósito. No es una elección casual. La voz de la cantante, declarada enemiga pública del credo libertario por el propio Javier Milei, retumba en el santuario de una de las aliadas más poderosas del Gobierno.

La música es apenas el remate irónico de un portazo que venía retumbando horas antes. La chispa no fue una discusión ideológica abstracta, sino un número en el proyecto del Presupuesto 2027: una tijera imprevista sobre los fondos dedicados a la Discapacidad. Bullrich, que había estado negociando en el recinto garantías con bloques opositores dialoguistas, se enteró de la poda por los diarios, aunque ayer el jefe de Gabinete, Diego Santilli, deslizara que se había ido antes de la reunión de la mesa política cuando se habló el tema.

En esa frase no habla solo una senadora disgustada. Habla la arquitectura entera de una alianza oficialista que empieza a tensarse en sus cimientos.

El rol de Bullrich en el esquema libertario

Desde la irrupción de La Libertad Avanza en el poder, Javier Milei encontró en Patricia Bullrich el músculo institucional del que su tropa adolecía. Sin gobernadores propios y con una minoría raquítica en ambas cámaras, el Palacio de Gobierno necesitó la pericia de dirigentes con kilometraje para transformar el discurso de tribuna en votos ejecutivos. Bullrich asumió ese rol con una convicción feroz, convirtiéndose en el escudo y la espada del programa libertario en el Congreso.

Pero esa sociedad nunca se firmó bajo el formato de la subordinación. Bullrich no es una militante recién llegada a la marea libertaria; es una estructura política en sí misma. Construyó su autonomía a lo largo de décadas y conoce al detalle los pliegues de la negociación legislativa.

La tensión era inevitable. La Casa Rosada, acostumbrada a resolver la política mediante decretos, planillas de Excel dictadas por el Ministerio de Economía y una retórica intransigente, chocó de frente con la realidad parlamentaria. Cuando el ministro Luis Caputo mandó a recortar partidas de universidades, congelar la movilidad de la Asignación Universal por Hijo y podar las ayudas sociales sin avisarle a la mesa política que integran sus propios legisladores, la bomba detonó en los pasillos de Balcarce 50.

Bullrich decidió que no iba a pagar el costo político del desamparo social ajeno. Su reclamo expuso algo más grave que un enojo personal: la peligrosa falta de coordinación de un Gabinete que gestiona como un laboratorio técnico, ignorando la política representativa que necesita para sobrevivir.

Las sombras de la planilla de cálculo

El estallido de la senadora no ocurrió en el vacío. Corresponde al momento exacto en que la narrativa triunfalista del programa económico empieza a chocar contra la crudeza de la calle.

Mientas Milei alecciona a sus ministros en extensas reuniones de Gabinete prometiendo un crecimiento infinito fundado en el rigor del superávit fiscal y la emisión cero, las planillas oficiales comienzan a pintar una acuarela desoladora.

Por ejemplo, los datos oficiales ratificaron una caída del 0,6% en el producto bruto en el segundo trimestre, arrastrado por un desmoronamiento del consumo privado y un congelamiento de la inversión productiva.

Además, la tasa de desempleo muestra un goteo al alza, mientras que la mora en los créditos familiares escala mes a mes, desmintiendo el relato oficial de un alivio financiero popular.

Milei se mantiene inflexible. Atropella a quienes le sugieren ablandar la disciplina monetaria acusándolos de “tentarlo a emitir”. Promete que no arriesgará la calma cambiaria ni la baja de la inflación, los dos únicos estandartes que mantiene erguidos ante la opinión pública. En la intimidad, con una mezcla de misticismo y desdén, el Presidente llega a confesar que poco le importaría perder las próximas elecciones: se consuela con la idea de retirarse a dar conferencias por el mundo como el héroe trágico que hizo “lo que había que hacer”.

Mientras, el interrogante que recorre los pasillos del Congreso no es cuándo será la próxima pelea, sino cuánto más podrá estirarse esta elástica convivencia. Gobernar exige algo más que una planilla sin déficit: exige la incómoda, compleja e inevitable política.

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