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Argumentar no es simplemente hablar mucho o escribir extensamente; es el arte de ofrecer razones sólidas para respaldar una conclusión y mover a otros a la acción. El objetivo final es que quien nos lee o escucha encuentre fundamentos suficientes para confiar y actuar en consecuencia. Sin embargo, en el día a día, este proceso suele romperse. Con frecuencia nos encontramos con razonamientos defectuosos o recursos engañosos diseñados para confundir, distraer o desacreditar a quien piensa diferente.
A estas trampas, atractivas en apariencia, pero lógicamente huecas, las conocemos como falacias o errores de razonamiento. Su peligro radica en que tienen apariencia de verdad y se aprovechan de nuestra falta de información, de nuestros prejuicios o de la confianza que depositamos en determinadas personas o ideas.
¿Cómo caemos en esto? De muchas maneras. A veces, por pura resistencia al cambio, nos aferramos a una creencia como si fuera intocable e ignoramos cualquier alternativa. En otras ocasiones, desviamos la atención hacia temas secundarios para evitar el núcleo del debate, o afirmamos algo sin pruebas y exigimos que sea el otro quien demuestre lo contrario. Incluso llegamos a apelar a las emociones, a las generalizaciones extremas o a las ambigüedades para estirar una idea hasta el absurdo. La tendencia actual es preocupante: se simula un rigor intelectual que no existe mientras se ocultan falsedades evidentes.
Para romper el círculo vicioso en el que solemos caer, la comunicación debe ser genuina. Si lo pensamos bien, existen tres formas de interactuar.
La importancia del diálogo
Primero, el soliloquio: hablar a solas, atrapados en nuestro propio sesgo de confirmación. Segundo, el monólogo: hablar solos, pero frente a otra persona que actúa como espectadora. Y, finalmente, el diálogo: un verdadero ida y vuelta en el que ambas partes se escuchan. Solo este último permite un intercambio auténtico. Sin diálogo no hay debate, y sin debate resulta imposible sostener la legitimidad de cualquier decisión social, política o judicial.
Pero el diálogo exige una condición indispensable: quien pretende ser escuchado debe estar dispuesto a escuchar. Y escuchar no es simplemente
hacer una pausa mientras el otro habla para planear la réplica, ni buscar únicamente aquello que confirma nuestros prejuicios o certezas. Escuchar es un acto de honestidad que implica reconocer que el otro puede tener razón o, al menos, aportar algo valioso que nos obligue a revisar nuestras propias convicciones.
Nadie es infalible. La vida en sociedad nos exige mantener una actitud abierta a la duda. Para que un intercambio racional sea posible, necesitamos partir de ciertos acuerdos básicos y sostener una estricta ética del discurso. Es inaceptable presentar como verdad objetiva lo que no es más que una conjetura personal o, peor aún, una falsedad.
Por eso, una argumentación rigurosa nunca ignora las objeciones ni se apoya en golpes bajos. La claridad debe imponerse a la ambigüedad, y la buena fe a la distorsión. Si citamos a otra persona, lo justo es interpretar sus palabras de la manera más fiel posible; tergiversarlas para hacerlas más ridículas fáciles de atacar solo empobrece nuestra propia postura. En estos tiempos de polarización y falsos dilemas, donde pareciera que no existen matices ni alternativas, haríamos bien en recordar e insistir en que el insulto, la agresión y la imposición jerárquica —amenazas, intimidaciones o apelaciones al miedo— jamás serán un argumento, una razón ni un motivo.
Un error que se puede pagar caro
En definitiva, una buena argumentación no busca vencer a un enemigo, sino acercarnos juntos a la verdad. Este desafío enriquece o deteriora la convivencia cotidiana, y el proceso judicial no es ajeno a ello: allí, estas luces y sombras de la retórica se utilizan —y se padecen— mucho más de lo que solemos imaginar. En los tribunales, una falacia o un error de razonamiento que pasa inadvertido no solo debilita un debate de café; puede costar la libertad de una persona, determinar el destino de una familia o legitimar una injusticia.
Por eso, aprender a desarmar estos engaños retóricos no es un simple pasatiempo intelectual: es una herramienta esencial de defensa ciudadana para exigir que las leyes se apliquen con la fuerza de la razón, y no con la razón de la fuerza.
* Abogado, subsecretario de la Dirección General de Asesorías Periciales Departamentales de la Suprema Corte
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