Los dos trágicos episodios de tránsito registrados en las últimas horas en la Región —que segaron la vida de un bebé de tan solo 10 días y la de un joven de 15 años— dejan a dos familias atravesadas por la tristeza y el dolor.
Pero, al mismo tiempo, patentizan de manera dramática el grado de descontrol vial, con choques y violentos incidentes callejeros que causan muertes, lesiones y graves secuelas físicas y morales en la población.
Está claro que todas las vidas valen igual, pero resulta inevitable que la irrupción tan temprana de la muerte cause un dolor aún más agudo.
Esta situación debiera encender todas las alarmas, en especial porque ambos desenlaces no derivaron del azar o de una mera eventualidad, sino de un contexto generalizado y estructural de desorden vial. Así lo vienen advirtiendo diversos especialistas: la mayor parte de la inseguridad en el tránsito no es accidental, sino el resultado directo de una suma sistemática de imprudencias y transgresiones.
Es bien sabido que esta problemática se presenta de forma constante en distintas zonas de nuestro distrito —el Centro, la zona Norte, la Oeste y la Sur—, así como en los tramos platenses de las rutas 2 y 36, y en los vecinos municipios de Ensenada y Berisso.
Si bien las sanciones económicas cumplen un rol disuasivo, está claro que no bastan. La justicia penal, tal como sostienen expertos en la materia, debiera avanzar sobre la tesis de que un automóvil lanzado a alta velocidad puede ser considerado un arma y, en consecuencia, dictar fallos acordes a un acto que conlleva la figura del dolo eventual.
A esto se suma que en las políticas viales de la Región existen “agujeros negros”, como la proliferación de un parque de motocicletas cuya fiscalización callejera deja mucho que desear.
En avenidas y rutas, es frecuente ver cómo muchos motociclistas circulan de manera zigzagueante por cualquier carril y cruzan semáforos en rojo, una maniobra que también repiten numerosos ciclistas.
Por otra parte, persisten deficiencias de infraestructura: calles y rutas estrechas sin la debida señalización, y cruces críticos sin rotondas ni distribuidores. A ello se le añade el deterioro del pavimento. La profusión de baches fuerza a frenadas intempestivas, al igual que la acumulación desmedida de lomos de burro y reductores de velocidad instalados a lo largo de los años.
El panorama se completa con conductas irresponsables que ya parecen naturalizadas: excesos de velocidad, sobrepasos por la banquina, estacionamiento en doble fila, desatención a las sendas peatonales y conductores que manipulan el celular mientras manejan.
Las sanciones son necesarias, pero resultan ineficaces si no se integran en una estrategia vial integral.
Es indispensable multiplicar los operativos de control en las calles y, en simultáneo, impulsar desde el Estado una política de educación vial profunda que concientice a la ciudadanía sobre la responsabilidad de habitar el espacio público.
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