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Hay una foto que no existe pero que los platenses podemos imaginar: un pibe de 19 años echado de Bellas Artes, caminando por avenida 7 con un libro de Marechal bajo el brazo y una canción a medio terminar en la cabeza. Una de las tantas instantáneas posibles del Indio Solari en la Ciudad.
La Plata es una ciudad que imaginó su destino antes de existir. Dardo Rocha la pensó como utopía racional, como proyecto político y cultural, como capital que debía nacer terminada. Mito fundacional que, de alguna manera, todavía nos acompaña. Como la idea de trazar el futuro antes de habitarlo.
De este suelo emergió, también, una cultura de la ebullición y la experimentación. Una ciudad universitaria, densa de ideas, cerca de Buenos Aires para recibir todas sus influencias, pero con distancia y mixtura como para reinterpretarlas bajo códigos propios. El Indio lo definió con una imagen que se volvió célebre: los platenses éramos “meloneros”. “Cuando escarbas en el melón descubrís estímulos interminables. Por eso tendíamos a producir un arte disruptivo, irritante”, explicaba.
MITO Y CIUDAD
El pibe echado de Bellas Artes no era un caso aislado. Era la tensión constitutiva de La Plata hecha persona. La ciudad que planifica y la cultura que desborda. Una tensión no se resuelve, se habita. Y el Indio la habitó durante décadas. Primero desde adentro, después desde la distancia crítica de quien ama lo suficiente como para decir lo que otros callan. “La mayoría de los artistas de La Plata tienen mucho talento, muchísimos pintores y músicos, pero son cagones. Les cuesta salir de la Circunvalación, le tienen miedo a venir a probarse en Buenos Aires, que es, desgraciadamente, donde hay que venir a probarse.”
Lo que él hizo para no ser uno de ellos fue leer. Y leer ciudades, leer la calle. En su biblioteca convivían Marechal con su Adán Buenosayres, esa epopeya mítica y filosófica que transcurre por la Buenos Aires de los años veinte. La urbe como territorio del alma. Dos Passos con su Manhattan Transfer, la novela urbana por excelencia, la ciudad como collage de voces que se cruzan y se pierden, escenas truncas, personajes que aparecen y desaparecen. Kerouac con su On the Road, el lenguaje como fiebre y velocidad, sin un único sentido posible. Solari, de alguna manera, los reescribió. Los procesó hasta convertirlos en letras que son territorios urbanos, espacios donde la gente se cruza, se pierde y se reconoce. No describió La Plata. La imaginó de nuevo. Como Rocha, pero con palabras y música. Como Marechal, que mezclaba la filosofía clásica con el habla cotidiana del barrio y el lunfardo. Literatura y cultura urbana. Como Los Redondos, como la épica, el misticismo y la identidad.
“Rocha trazó diagonales. El Indio escribió canciones. Los dos imaginaron esta ciudad”
Ahí está el hilo que no siempre se hace explícito. Los mitos, a veces se suceden y otras parecen oponerse. Se superponen y se alimentan. Dardo Rocha imaginó una ciudad antes de que existiera. El Indio imaginó esa misma ciudad desde adentro, con la misma audacia y convicción de que el lenguaje puede más que la realidad. Ambos forman parte de cómo La Plata se narra a sí misma y se proyecta hacia adelante. Ambos son capas de una misma identidad en construcción permanente.
EL TALLER Y LA VIDRIERA
El catalán Toni Puig, que trabajó con decenas de ciudades argentinas, incluida La Plata en distintos períodos, sostuvo durante años una distinción que ilumina lo dicho: Buenos Aires es la vidriera, el lugar donde la producción cultural se exhibe como espectáculo, se cotiza, se consagra. La Plata, en cambio, es el taller, la usina, el espacio donde el talento se gesta, se experimenta y se arriesga. Y propuso siempre distinguir entre la cultura como show comercial y la cultura como expresión. La primera busca rentabilidad y masividad. La segunda, sentido y comunidad.
Los Redonditos fueron, en su momento más puro, exactamente eso. Una propuesta que rechazó firmar con grandes compañías, que construyó su vínculo con el público de manera independiente, y que mantuvo una relación esquiva y desconfiada con los medios tradicionales. No buscaron la vidriera. Obligaron a la vidriera a venir a ellos. Y lo hicieron desde una identidad profundamente platense, desde esa combinación de rigor intelectual y provocación, que la Ciudad produce cuando está en su mejor versión.
La muerte del Indio Solari provoca también que La Plata se mire en el espejo que él le tendió en vida. Y que de alguna forma nos preguntemos qué hace la Ciudad con su propio mito. El taller necesita también la audacia de mostrar lo que produce.
Rocha trazó diagonales. El Indio escribió canciones. Los dos imaginaron esta ciudad. ¿Y el futuro? “Este asunto está ahora y para siempre en tus manos, nene”.
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