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El regreso del Estado inversor: una lección para Milei y Caputo desde Washington

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Por Por GUSTAVO REIJA

eleconomista.com.ar

Foreign Affairs publicó un ensayo llamado a ordenar el debate económico global. Su autor, Jake Sullivan, no es un heterodoxo de la periferia: fue asesor de Seguridad Nacional de los Estados Unidos. Y su tesis es contundente. Para no ceder su primacía tecnológica frente a China, Estados Unidos debe reconstruir su base productiva mediante un Fondo de Inversión Estratégica de carácter estatal, capitalizado inicialmente en US$ 50.000 millones. El corazón mismo del capitalismo de mercado vuelve a mirar al Estado como inversor.

CUANDO EL MERCADO NO ALCANZA

El argumento se apoya en un diagnóstico que la teoría económica conoce hace tiempo: los mercados de capitales están optimizados para la eficiencia, no para la resiliencia ni para la seguridad. Sullivan enumera tres fallas. Los sectores estratégicos —semiconductores, energía nuclear, refinación de minerales críticos— exigen horizontes de maduración de décadas que el capital privado no financia por sí solo. Existe, además, un vacío en la etapa de escalamiento, ese tramo entre el capital de riesgo y los mercados públicos donde una tecnología debe pasar del prototipo a la producción en serie. Y el mercado no remunera las externalidades positivas —el aprendizaje, las redes de proveedores, las capacidades de ingeniería— que un proyecto derrama sobre todo el entramado productivo. Donde el Estado aporta certidumbre, con contratos de compra a largo plazo, reglas estables y garantías, el capital privado aparece.

La innovación depende de la proximidad entre el diseño y la producción. Cuando la manufactura se deslocaliza, se rompe la retroalimentación entre los ingenieros y la planta, y la propia capacidad de inventar se degrada. Separar la innovación de la producción tiene un costo que hoy resulta demasiado alto para ignorar.

UNA TRADICIÓN, NO UNA EXCENTRICIDAD

Nada de esto es nuevo. Sullivan recuerda que, desde el Informe sobre Manufacturas de Alexander Hamilton de 1791, Estados Unidos trató al crédito público como instrumento de soberanía. La Reconstruction Finance Corporation sostuvo la industria durante la Depresión y la guerra; DARPA, la NASA y las compras públicas de semiconductores incubaron el ecosistema tecnológico que ese país todavía domina.

La misma lógica atraviesa la mejor teoría económica del último siglo: de las manufacturas incipientes de Friedrich List a los rendimientos crecientes de Nicholas Kaldor, de los encadenamientos productivos de Albert Hirschman a la política industrial contemporánea de Dani Rodrik, Ha-Joon Chang y Mariana Mazzucato. El Estado que invierte y orienta no es una anomalía ideológica: es la historia real de cómo se construyeron las potencias industriales.

EL CONTRASTE ARGENTINO

El contrapunto con la Argentina resulta inevitable. Mientras Washington discute cómo reconstruir su Estado inversor, aquí se lo desmantela con orgullo. Los gastos de capital se derrumban, la obra pública cae y la industria mantiene cerca del 40% de su capacidad instalada ociosa. El gasto de capital representa apenas 1,57% del presupuesto nacional y la inversión en infraestructura permanece en niveles históricamente bajos. A su vez, la capacidad ociosa de las fábricas argentinas ronda el 40%.

Cada decisión de achicar parece razonable en el corto plazo; su suma erosiona el conocimiento de proceso, la red de proveedores y la ingeniería que, una vez perdidos, son extraordinariamente difíciles de reconstruir. Es la misma advertencia que Sullivan formula sobre el ecosistema estadounidense, aplicada a un país que la ignora.

El problema no es la búsqueda de equilibrio fiscal, necesaria e impostergable. El problema es la calidad del ajuste. Cuando el recorte se concentra en la inversión pública que apalanca a la privada, no se estabiliza para crecer: se estabiliza para achicar. La protección de la inversión —la que sostiene infraestructura, energía y capacidades productivas— no es el primer gasto a sacrificar, sino el activo a preservar.

La paradoja se vuelve dramática. En materia de reglas fiscales, se copia con entusiasmo el mecanismo de cierre del Estado —el shutdown—, que en Estados Unidos es una excepción disfuncional y no un modelo a emular. El Gobierno trabaja precisamente en un “shutdown” argentino inspirado en el sistema estadounidense para impedir que el Estado continúe gastando una vez agotadas las partidas presupuestarias.

En materia de estrategia productiva, en cambio, se descarta justamente lo que Estados Unidos propone rescatar: el fondo estratégico, la compra pública que crea demanda y la coordinación entre inversión, aranceles selectivos y regulación. Se toma la parte que destruye capacidad estatal y se rechaza la que la construye.

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