Javier Milei entró al Arena Pacaembú al ritmo de Panic Show y salió dejando una nueva crisis diplomática. En un acto junto a Flávio Bolsonaro llamó “ladrón” y “presidiario” al presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva. También calificó de “basura calva” al juez Alexandre de Moraes, volvió a cargar contra el socialismo en general y presentó un nuevo concepto para su diccionario político: el “riesgo Lula”, espejo internacional de su ya conocido “riesgo Kuka”.
La respuesta de Itamaraty llegó en cuestión de horas: el canciller Mauro Vieira llamó a consultas al embajador brasileño en Buenos Aires, Julio Bitelli. Del lado argentino no hubo disculpas ni señales de que las hubiera. La Casa Rosada apostó a que el silencio desescalara el conflicto. Milei hizo exactamente lo contrario: al día siguiente volvió a subir el tono al incluir a Brasil en una supuesta “campaña antiargentina” vinculada al Mundial.
Nada de esto es nuevo. Es, en realidad, el sexto capítulo de una misma película: antes pasaron España con Pedro Sánchez, Colombia con Gustavo Petro, México, Venezuela e incluso Irán. El patrón se repite con bastante fidelidad: agravio personal, respuesta diplomática, enfriamiento de la relación y, con el tiempo, una desescalada silenciosa.
Pero Brasil introduce una diferencia decisiva. No es un país más: es el otro socio fundador del Mercosur, y el episodio de Pacaembú llega justo cuando el bloque atraviesa una de las discusiones institucionales más delicadas de sus treinta y cinco años de historia: determinar si la Argentina de Milei sigue respetando las reglas que ella misma aceptó al firmar el Tratado de Asunción.
UN PATRÓN CON 35 AÑOS DE HISTORIA
Desde 1991, la relación entre Argentina y Brasil atravesó gobiernos de todos los signos políticos. Kirchner y Lula compartieron el ciclo progresista de comienzos de siglo, aunque esa sintonía no impidió la “guerra de las heladeras”, las licencias no automáticas ni las disputas por el régimen automotor. La afinidad presidencial nunca garantizó armonía comercial. Después llegó el breve entendimiento entre Mauricio Macri y Michel Temer. Más tarde, Alberto Fernández y Jair Bolsonaro protagonizaron una desincronía casi inversa a la actual.
Ahora la tensión enfrenta a Milei y Lula. Pero este episodio introduce una diferencia inédita. De todos los conflictos diplomáticos protagonizados por Milei desde que llegó a la Presidencia, es el único que ocurrió en territorio del mandatario ofendido y durante un acto compartido con el principal rival político de ese mandatario. Eso desplaza el episodio desde la diplomacia agresiva hacia un terreno mucho más sensible: la percepción de injerencia electoral. Lula respondió sin nombrarlo, reclamando que nadie del exterior interfiera en la elección brasileña.
La comparación con Donald Trump y el T-MEC surge casi automáticamente. Hay un presidente confrontativo, insultos a mandatarios vecinos y un bloque comercial sometido a tensión. Pero las similitudes terminan ahí, y esa diferencia explica por qué el caso argentino es institucionalmente mucho más frágil.
El 1 de julio de 2026 se activó la revisión prevista por el propio Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá. Washington decidió no renovar automáticamente el acuerdo en su formato actual, pero el tratado sigue plenamente vigente. Ahora comienza un proceso de revisiones anuales hasta 2036, con nuevas rondas de negociación ya previstas entre los tres socios. Es la lógica del miembro dominante intentando renegociar mejores condiciones dentro de la misma arquitectura institucional. Nadie pone seriamente en duda la continuidad del tratado.
En el Mercosur ocurre exactamente lo contrario. Aquí no es el socio más grande quien cuestiona las reglas, sino uno de los miembros el que decidió avanzar por fuera de ellas. El 5 de febrero de 2026 Argentina firmó un acuerdo recíproco de comercio e inversión con Estados Unidos que reduce aranceles para más de 1.600 productos argentinos sin contar con el consenso de los demás socios.
Brasil sostiene que ese paso vulnera el Arancel Externo Común y el principio de negociación conjunta que define al Mercosur como unión aduanera. Por eso el Parlasur elevó una consulta al Tribunal Permanente de Revisión (TPR), que ahora deberá pronunciarse sobre la compatibilidad del acuerdo con los tratados de Asunción y Ouro Preto.
La diferencia con el T-MEC vuelve a aparecer en el plano institucional. Mientras el tratado norteamericano prevé revisiones con plazos y consecuencias expresamente reguladas, el TPR solo puede emitir una opinión consultiva, sin carácter vinculante. El principal mecanismo de contención del Mercosur está siendo puesto a prueba precisamente donde siempre fue más débil, y ocurre además en el mismo momento en que el bloque celebraba uno de sus mayores logros diplomáticos de las últimas décadas: el acuerdo con la Unión Europea.
LA GRIETA
La fragilidad del Mercosur no nació con Milei. Desde su creación, el bloque nunca desarrolló instituciones supranacionales capaces de imponer el cumplimiento efectivo de las reglas comunes, ni avanzó hacia mecanismos de coordinación macroeconómica comparables a los de la Unión Europea. Por eso, durante décadas, las mayores tensiones entre Argentina y Brasil no estuvieron provocadas por las diferencias ideológicas entre presidentes, sino por los ciclos cambiarios, las brechas de competitividad y las distintas políticas económicas.
Ese fue siempre el pecado original del Mercosur: decisiones tomadas por consenso, sin una institución supranacional capaz de hacerlas cumplir. Durante años esa debilidad se expresó en las recurrentes crisis de competitividad entre Argentina y Brasil. Hoy vuelve a aparecer bajo otra forma. Lo que antes era un problema cambiario es ahora un conflicto institucional, comercial y judicializado.
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