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Favaloro: aprender a curar sin dejar de mirar a la persona

Por Lic. Roberto Arnaiz

Historiador y especialista en geopolítica

¿Qué recuerda una familia del médico que la ayudó en una hora difícil? Quizás su conocimiento, pero también su voz, la paciencia para explicar y la tranquilidad de saber que alguien estaba dispuesto a hacerse cargo.

René Favaloro alcanzó reconocimiento mundial por su aporte a la cirugía cardiovascular. Sin embargo, para comprender su dimensión humana conviene volver a los lugares donde aprendió a mirar a los demás: su barrio platense, las aulas y un pequeño pueblo de La Pampa.

Nació en El Mondongo, en un hogar donde el trabajo marcaba la vida cotidiana. Su padre era carpintero y su madre, modista. Aquellos oficios exigían dedicación, paciencia y atención a los detalles. Podemos reconocer en ese ambiente una cercanía con el esfuerzo que después atravesaría su trayectoria.

La Plata le dio también oportunidades para aprender. La escuela pública, el Colegio Nacional y la Universidad Nacional de La Plata fueron parte de una formación que reunió ciencia y sensibilidad humanística. Allí se recibió de médico en 1949. Su historia permite pensar cuánto puede ofrecer una sociedad cuando abre las puertas de la educación.

Pero el título era apenas el comienzo. En Jacinto Aráuz debía ganarse la confianza de personas acostumbradas a otro médico. Llegó para un reemplazo breve y permaneció casi doce años. La comunidad fue conociéndolo a través de su trabajo, de su trato y de la respuesta que encontraba cuando lo necesitaba.

La medicina rural lo acercó a una realidad que ningún estudio podía abarcar por completo. La enfermedad convivía con las distancias, las dificultades económicas y los recursos limitados. Atender exigía conocer esas circunstancias y buscar soluciones posibles.

Su hermano Juan José se sumó a la tarea. Juntos desarrollaron un centro asistencial y trabajaron en la prevención y la educación sanitaria. El cuidado comenzaba también antes de que alguien entrara al consultorio: en las condiciones de vida y en los conocimientos que podían ayudar a una familia a proteger su salud. Esa experiencia invita a detenernos en algo esencial. Para quien está enfermo, el diagnóstico llega acompañado de preguntas: qué ocurrirá con sus hijos, si podrá volver al trabajo, cómo afrontará el tratamiento. Escuchar permite comprender una parte de la enfermedad que los instrumentos no registran.

Favaloro buscó ampliar sus capacidades. Viajó a Estados Unidos y, en la Cleveland Clinic, desarrolló una contribución decisiva a la cirugía de revascularización coronaria mediante el empleo de la vena safena. Su trabajo de 1967 ayudó a transformar el tratamiento de la enfermedad coronaria y abrió nuevas posibilidades para innumerables pacientes.

Hay una continuidad profunda entre el médico de pueblo y el cirujano reconocido: la voluntad de encontrar una respuesta mejor para quien necesitaba ayuda. La sensibilidad lo impulsaba a estudiar; el conocimiento ampliaba lo que podía ofrecer.

Regresó a la Argentina en 1971. Más tarde creó, junto con sus colaboradores, una fundación dedicada a la asistencia, la docencia y la investigación. Quiso construir una obra capaz de formar profesionales y hacer crecer la medicina del país.

Enseñar daba a su esfuerzo una proyección que excedía sus propias manos. Cada médico formado podía llevar esos conocimientos a otros lugares y atender a personas que él nunca conocería. Compartir lo aprendido era también una manera de cuidar.

Su muerte, en julio de 2000, produjo una conmoción que permanece en la memoria argentina. Aquel dolor sigue interpelándonos sobre las condiciones en que sostienen su tarea quienes dedican la vida al servicio de los demás.

Para La Plata, recordarlo tiene una intimidad particular. Fue un vecino de El Mondongo, un alumno de sus escuelas, un universitario y un hincha de Gimnasia. Su recorrido conserva las huellas de una ciudad que contribuyó a formarlo.

El homenaje más profundo comienza cuando esa memoria modifica nuestra conducta: al estudiar con responsabilidad, al compartir un conocimiento o al escuchar sin apuro a quien necesita ayuda.

Favaloro nos dejó una pregunta que alcanza mucho más allá de la medicina: ¿para qué sirve saber tanto si dejamos de ver a la persona que tenemos delante?

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