En las últimas jornadas el presidente Javier Milei dedicó mucho de su tiempo a proferir una serie de insultos a los periodistas, especialmente a través de las redes, en donde los calificó en forma reiterada de “mierdas humanas”, entre otros improperios similares que no es necesario ni corresponde aquí reproducir.
El mandatario dejó así en claro que pareciera encontrar dificultades para dominar sus emociones, en una situación que no deja de preocupar ya que se habla de la más alta autoridad del país que, se supone, debiera estar calificada para utilizar formas racionales de actuación, propias del cargo y de las responsabilidades que ejerce.
Al uso de las redes para difamar y acusar falsamente de toda clase de tropelías que han hecho dirigentes del partido gobernante u organizaciones profesionales a su servicio se suma de esa manera el propio presidente de la república, que debiera ser el primer interesado en la pacífica convivencia y diálogo entre todos los sectores. Pero ante la menor objeción a cualquier aspecto de su administración lo considera como parte de una conspiración en contra del sistema.
La democracia le posibilitó al señor Milei llegar al sillón de Rivadavia sin partido ni grandes estructuras que lo apoyaran en las elecciones de 2023. Aún hoy para poder aplicar sus planes necesita el apoyo en el Congreso de la Nación de legisladores de otras agrupaciones. En lugar de reconocer esos aportes, ante cada observación reacciona cada vez aireadamente, porque se conoce también que el Presidente no ha insultado y atacado sólo al periodismo. También lo ha hecho contra jefes de otros Estados y aún, en algunos casos, dentro de las fronteras de los países que esos mandatarios lideran.
Además, incurrió en desmesuras verbales con el Papa Francisco, a quien luego le presentó disculpas cuando lo visitó en el Vaticano.
El Presidente debiera tener en claro que recién nacido el país, el 6 de diciembre de 1810, el entonces secretario de la Primera Junta, Mariano Moreno –a quien se considera como fundador del periodismo nacional- salió al cruce de una desmesura verbal de una persona que en un banquete propuso que se le pusiera una corona al presidente de esa junta, Cornelio Saavedra que era ajeno a ese despropósito.
Allí, Moreno, redactó el decreto de “suspensión de honores” que fijó los principios republicanos básicos, en los que se apoya el sistema democrático de muestro país.
Esa norma reclamó “ética en la función pública”, en un llamado contra la soberbia y vanidad, que suelen convertirse en privilegios de los funcionarios.
Además, determinó la existencia de transparencia y austeridad, como parámetros para que la ciudadanía fiscalice a las autoridades. Y fijó el llamado principio de “humildad democrática”, para reforzar el concepto de que quien ejerce un cargo público es un empleado público más de la administración y no una figura inalcanzable.
El decreto de Moreno dejó en claro que ningún funcionario público en la Argentina llevará puesta una corona en su cabeza.
La gravedad de los insultos presidenciales se ve acentuada por un contexto social y económico muy crítico en la Argentina, del cual es preciso salir.
La población enfrenta dificultades concretas para sobrevivir, para encontrar trabajo, para no vivir acosada por la inseguridad, para disponer de un buen sistema de salud, para estudiar, para progresar.
¿Qué sentido tiene que el Presidente, en lugar de actuar como moderador de conflictos, como jefe de todos, insulte a los que no piensan como él y agrave la situación?
SUSCRIBITE a esta promo especial