Columnista de AFP
Antaño sinónimo de alegre desenfreno, La Habana se ha vaciado por los apagones, el éxodo y una profunda incertidumbre sobre su futuro.
Hay tan pocos automóviles circulando por el Malecón, la emblemática costanera de la capital que antes bullía de actividad, que es posible cruzarlo sin mirar.
Cada noche, las estrechas calles empedradas de La Habana Vieja se sumen en la más absoluta oscuridad, sin electricidad. Están prácticamente desiertas.
Tras un embargo de combustible de siete meses impuesto por Estados Unidos y constantes cortes eléctricos, los habitantes bromean diciendo que están hartos de ver las estrellas.
De vez en cuando, se percibe algún movimiento entre las sombras.
Hombres esqueléticos, con pantalones cortos que les quedan varias tallas grande debido a la falta de alimentación, hurgan entre montañas de basura en busca de comida, plástico o cualquier cosa que puedan utilizar o vender.
De pronto, estalla el ruido. Un grupo de manifestantes en chancletas golpea cacerolas para expresar su indignación por los prolongados apagones, desplazándose con rapidez para eludir a la policía.
La mayoría de los habaneros evita pasear por el casco antiguo por la noche.
“Hay mucha violencia en las calles”, advierte Sánchez, que a veces busca refugio en una caseta de la compañía eléctrica, donde el calor es sofocante. “Te dan una puñalada o una piedra por la cabeza y te matan”, agrega.
Las únicas aglomeraciones se observan durante el día en bancos, panaderías estatales (más económicas) y frente a consulados como el de España, donde cientos de cubanos aguardan, documentos en mano, para poder salir de la isla.
Nadie sabe cuántas personas se han marchado ya. En 2012, la población oficial superaba los 11 millones de habitantes.
El demógrafo cubano Juan Carlos Albizu-Campos estima que esa cifra ha descendido a ocho, un millón más que hace 67 años, cuando Fidel Castro proclamó el triunfo de la revolución.
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