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Más de trescientas ciudades, las veinticuatro jurisdicciones argentinas y decenas de intendentes, participaron de Urban Cities, el primer Congreso Federal de Ciudades Inteligentes realizado en Buenos Aires. La agenda incluyó inteligencia artificial, datos, movilidad, seguridad, cambio climático y capacidades públicas.
Las ciudades ya no son solamente el escenario donde repercuten los procesos globales. Son el lugar donde los asuntos cada vez más complejos deben encontrar respuesta. Vivimos tiempos en los que el cambio climático se vuelve ola de calor o inundación; la transformación tecnológica modifica el empleo y la desigualdad adquiere dimensiones escalofriantes. Barrios sin infraestructura y problemas de movilidad insoportables. Las ciudades se expanden y crecen las megalópolis.
Pero ese protagonismo encierra una contradicción de la que hemos dado cuenta varias veces desde este espacio. Las ciudades reciben los problemas del siglo XXI mientras deben gobernarlos con recursos, estructuras y márgenes de autonomía heredados del siglo XX.
La Plata introdujo esa tensión en el encuentro. Así, el intendente Julio Alak reclamó un nuevo pacto fiscal que fortalezca a provincias y municipios. ¿Cuánta innovación puede producir un gobierno local si aumentan sus responsabilidades, pero no su capacidad para afrontarlas?
OTRA INTELIGENCIA
El programa fue más riguroso que una celebración de la tecnología. Un panel se concentró en el paso de las pruebas piloto de inteligencia artificial al impacto real. Otro llamó a los datos y su interoperabilidad la “infraestructura invisible” de la ciudad inteligente. También se discutieron ciberseguridad, confianza ciudadana y nuevas capacidades para los equipos públicos.
Francisco Forbes, referente de la tecnología municipal de San Pablo, incorporó la experiencia de una gran metrópolis latinoamericana y una tendencia global: el desafío ya no es probar herramientas, sino integrarlas a la gestión, evaluar resultados y definir quién responde por las decisiones que ayudan a tomar.
La OCDE confirma esa transición. La inteligencia artificial ya se utiliza en alguna función estatal en 35 de los 36 países relevados, pero avanza más rápido en procesos internos y servicios que en la elaboración y el control de políticas. Allí aumentan las exigencias sobre la calidad de los datos, la transparencia y la rendición de cuentas.
La tensión es evidente. Cuanto más sabe una ciudad sobre sus habitantes, mejores son las decisiones puede tomar. Pero cuanto más sabe, mayores deben ser las garantías sobre esa información. Por caso, la tecnología puede reconocer patrones, pero no decidir qué desigualdad es intolerable. Puede ordenar alternativas, pero no elegir qué ciudad queremos construir.
Por eso la conversación internacional está cambiando. ONU-Hábitat propone ciudades inteligentes centradas en las personas. No es un cambio de nombre. Significa que la tecnología debe medirse por su capacidad para ampliar derechos, mejorar servicios e incluir a quienes suelen quedar fuera de las transformaciones digitales.
APRENDER JUNTOS
Urban Cities mostró así que ninguna ciudad puede resolver sola estos desafíos. Los gobiernos locales forman redes e intercambian experiencias. Una solución creada para San Pablo, Barcelona o Singapur puede inspirar, pero en ningún caso reemplazar la comprensión singular del territorio. Entonces, la diplomacia de ciudades permite aprender sin copiar.
El riesgo es confundir modernización con compra de tecnología. La diferencia está en definir el problema antes de contratar la respuesta. Una ciudad inteligente no es la que acumula dispositivos, sino la que sabe qué quiere resolver y desarrolla capacidad pública para hacerlo.
CAPITAL PLATENSE
La Plata ocupa un lugar singular en esta conversación. Fue planificada antes de ser construida, es capital de la principal provincia argentina y mantiene una relación constitutiva con la ciencia, la educación y la cultura. Su oportunidad no consiste entonces en adherir a una moda tecnológica, sino en construir una inteligencia urbana propia.
Eso exige relacionar lo que la ciudad sabe con lo que necesita. Convertir datos en decisiones, investigación en políticas, experiencia vecinal en información relevante y planificación en una práctica sostenida.
El conocimiento también es infraestructura que permite anticipar escenarios y evitar que cada problema sea descubierto cuando ya se volvió urgente.
En los próximos años cambiarán las formas de desplazarnos, producir, trabajar y relacionarnos con el espacio público. Incluso, la expansión de las ciudades obliga a pensar ya en la región capital. Sin duda, la integración de La Plata Berisso y Ensenada demandará la mayor creatividad política para encontrar respuestas institucionales a una inevitable regionalización. El país entero está experimentando la conformación de continuos urbanos cada vez más potentes que requieren una adecuada planificación.
La disputa ya no será entre ciudades tecnológicas y ciudades atrasadas. Será entre aquellas capaces de gobernar esas transformaciones y las que solamente las reciban. La Plata cuenta con las condiciones para estar entre las primeras. Puede aprender de las tendencias globales, conectarlas con su identidad y transformarlas en respuestas propias.
La Plata nació de una idea de futuro. Hacia el bicentenario, aunque lejano, su próxima gran innovación puede ser convertir todo lo que sabe, en la capacidad colectiva de decidir qué ciudad quiere llegar a ser. Y, sobre todo, cómo se organizará la gran región capital de la provincia de Buenos Aures. Un desafío inevitable.
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