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La Provincia, lo bonaerense y el relato pendiente

Por Carlos G. Lazzarini

La Provincia no carece de historia ni de identidades. Su dificultad ha sido convertir una diversidad extraordinaria en un relato común, después de haber entregado buena parte de sus símbolos al imaginario nacional. Construir lo bonaerense exige recuperar esa memoria, afrontar las fracturas del presente y proponer un destino compartido.

Puede parecer una curiosidad institucional o un dato de color para las efemérides escolares. Pero los detalles menores suelen revelar procesos profundos. La provincia de Buenos Aires tardó 177 años desde su nacimiento institucional, en 1820, en adoptar una bandera propia. Lo hizo en 1997 durante la gobernación de Eduardo Duhalde, con un diseño de cinco estudiantes de Capitán Sarmiento elegido por 270.000 alumnos de más de ocho mil escuelas.

La demora no demuestra que antes no existiera una identidad bonaerense. Pero bien puede funcionar como indicio. La provincia más gravitante del país no había conseguido, o no había necesitado, condensarse en un símbolo común. Detrás de la anécdota aparece una pregunta mayor. ¿Por qué un territorio decisivo para la formación de la Argentina tuvo tantas dificultades para narrarse a sí mismo?

Una historia doble

El problema radica en la dificultad para separar la historia bonaerense de la nacional. Durante buena parte del siglo XIX, Buenos Aires fue provincia, ciudad, puerto y centro político de un país en formación. Sus dirigentes, conflictos y símbolos se proyectaron sobre toda la Argentina.

René Orsi recuperó una escena que expresa esa superposición. Al asumir la gobernación en 1827, Manuel Dorrego celebró la “feliz reorganización de nuestra provincia” y, en el mismo discurso, convocó a trabajar por la prosperidad de “nuestra Patria”. No era un desliz. Buenos Aires se organizaba como provincia mientras ejercía responsabilidades nacionales.

Mayo, el Cabildo, el puerto, Dorrego, Rosas y la organización federal, tuvieron allí su centro, pero fueron incorporados al relato argentino. Buenos Aires entregó capital simbólico a la Nación, protagonizó esa historia y perdió la posibilidad de contarla plenamente como propia.

Capital perdida

La federalización de la ciudad de Buenos Aires en 1880, por su parte, produjo una decapitación territorial y simbólica que hoy sigue sin cicatrizar. La Provincia perdió la ciudad que llevaba su nombre, su principal puerto, su centro político y el escenario de su memoria pública. La Nación estableció allí su capital y nacionalizó instituciones, documentos y símbolos bonaerenses.

En 1882 se fundó La Plata para devolverle a la Provincia una cabeza política y administrativa. Pero una capital puede construirse por ley; mientras que una identidad común necesita tiempo y un relato capaz de reunir experiencias diferentes. La Plata resolvió el problema institucional, aunque no podía reparar por sí sola la pérdida del centro histórico y emocional.

La fractura alcanzó, incluso, a la memoria documental. El Archivo General de la Provincia, creado en 1821, quedó en la ciudad federalizada y, en 1884, pasó a ser el Archivo General de la Nación. Así, Buenos Aires debió esperar hasta 1925 para crear su Archivo Histórico. Y desde allí comenzó a escribirse la historia provincial y las de sus pueblos, para recuperar una identidad. Había que reunir una memoria dispersa.

Provincia plural

Aquella dificultad llega al presente bajo nuevas formas. Según el Censo 2022, Buenos Aires tiene 17.569.053 habitantes, el 38,16 por ciento del país. 10,8 millones viven en los 24 partidos del Gran Buenos Aires y 6,7 millones en el interior. Conviven la mayor concentración metropolitana argentina, grandes ciudades, puertos, universidades, industria, turismo y regiones agroproductivas.

Esas realidades generan identidades locales o regionales potentes. Se puede ser marplatense, platense, tandilense, bahiense, juninense o habitante del conurbano con una pertenencia más inmediata que la bonaerense. La diversidad es una riqueza, pero muchas identidades no forman automáticamente una identidad común. Sin un horizonte que las vincule, pueden percibirse como fragmentación.

La consecuencia también es política. Buenos Aires produjo presidentes, ministros y dirigentes de gravitación nacional, pero tuvo más dificultades para formar una dirigencia dedicada a pensarla como una comunidad con intereses y destino propios. Construir lo bonaerense exige mirarla no como reserva electoral, plataforma hacia la Nación o suma de territorios municipales, sino como proyecto común. Defender sus intereses no supone encerrarse, sino llegar a la discusión nacional, sabiendo qué representa y qué futuro propone.

Destino común

El desafío no consiste, entonces, en imponer una identidad uniforme ni inventar una tradición artificial. Consiste en construir un relato que reconozca las diferencias y permita comprender qué une a quienes habitan la Provincia. Un mito colectivo, entendido no como falsedad sino como sistema de sentido, debe ofrecer un origen, una pertenencia y, sobre todo, una imagen de futuro.

Ese futuro podría pensarse como un sistema de ciudades y regiones complementarias. Una Provincia que articule su potencia metropolitana con el interior productivo; fortalezca a La Plata como capital política, universitaria y cultural; conecte puertos, conocimiento, industria, campo y trabajo; y convierta su peso demográfico y económico en desarrollo más equilibrado.

Buenos Aires necesita reconocer como propia una historia muchas veces contada solo como nacional y convertir su diversidad en voluntad de futuro. Tal vez aquella bandera de 1997 contenga una pista. No nació de un héroe único ni de un centro impuesto a los demás. Fue creada por estudiantes de una pequeña ciudad y elegida por escuelas de toda la Provincia. La construcción de lo bonaerense podría avanzar del mismo modo. Muchas voces, un símbolo compartido y la decisión de imaginar juntas un destino común.

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