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La Selección Argentina va a tener que “importar” negros para que no la acusen de racista

Por Carlos Barolo

¿Por qué la Selección no tiene jugadores negros? La pregunta, que tantas veces se escuchó durante el Mundial, hizo ruido y motivó innumerables discusiones. Aunque rara vez puso verdaderamente el foco en el lugar indicado. Por el contrario, terminó en conclusiones demasiado sencillas: observar una fotografía del plantel, contar tonalidades de piel y emitir un veredicto sobre toda una sociedad.

Tal vez haya llegado el momento de que la Asociación del Fútbol Argentino incorpore un nuevo departamento. Ya no alcanzará con buscar al próximo Lionel Messi, formar buenos defensores o detectar delanteros con gol. También deberá haber especialistas capaces de evaluar si la convocatoria cumple con la diversidad racial esperada por quienes observan al país desde el exterior.

Antes de entregar la lista, el entrenador tendrá que revisar algo más que el rendimiento. Deberá preguntarse cuántos jugadores negros son necesarios para que la Selección deje de ser señalada como la expresión deportiva de una nación racista. ¿Uno alcanza? ¿Deben ser tres? ¿Hay un porcentaje mínimo? ¿La inclusión se medirá entre los titulares, en el banco de suplentes o en la delegación completa?

Las preguntas son deliberadamente absurdas. Pero no mucho más que el criterio que pretenden exponer.

UNA SELECCIÓN NO ES UN CENSO

Un seleccionado nacional no es una muestra estadística construida para representar proporcionalmente cada origen étnico, cada clase social, cada religión o cada región del país. Es un equipo deportivo integrado por los futbolistas que un entrenador considera más adecuados dentro del universo disponible.

Eso no significa que el fútbol esté al margen de las desigualdades. Tampoco que las instituciones argentinas no deban revisar sus prácticas, combatir la discriminación o generar mejores oportunidades. Significa algo más elemental: la apariencia de veintiséis jugadores no alcanza para explicar la historia social de una nación.

La ausencia o escasa presencia de futbolistas afrodescendientes puede abrir preguntas legítimas sobre demografía, migraciones, visibilidad y acceso al deporte profesional. Lo que no puede hacer es funcionar como una prueba automática. Una Selección con jugadores negros no convierte a un país en inclusivo, del mismo modo que un equipo sin ellos no demuestra, por sí solo, que toda su sociedad sea racista.

Si ese fuera el criterio, habría que aplicarlo en todo el mundo. Japón debería explicar por qué casi no presenta futbolistas blancos. Corea del Sur tendría que justificar la ausencia de jugadores africanos. Nigeria debería ser interrogada por no incluir suficientes asiáticos y Noruega tendría que demostrar su tolerancia mediante una convocatoria cromáticamente equilibrada.

El razonamiento se derrumba en cuanto se lo universaliza.

LA PARADOJA DE CONTAR COLORES

Durante décadas se sostuvo que las personas no debían ser juzgadas por su color de piel. Sin embargo, cierta mirada contemporánea parece dispuesta a evaluar a los equipos nacionales precisamente por ese criterio.

Ya no se observa solamente quién juega bien, quién merece ser convocado o quién atravesó los procesos juveniles. Primero se mira el color. Después se interpreta esa composición como una declaración política.

La paradoja es evidente: para denunciar una supuesta discriminación, se empieza clasificando racialmente a cada integrante del plantel. Los futbolistas dejan de ser mediocampistas, arqueros o delanteros y pasan a convertirse en blancos, negros o morenos dentro de una contabilidad simbólica.

Esa operación, presentada como progresista, puede terminar reproduciendo la misma lógica esencialista que dice combatir. Porque una persona negra no es una prueba de diversidad, una cuota institucional ni un certificado que permita absolver moralmente a un país.

UN PROBLEMA MÁS COMPLEJO

Argentina tiene episodios de racismo, discriminación y violencia simbólica. Negarlos sería tan poco serio como utilizar cada hecho para definir de manera categórica a más de cuarenta millones de personas. Los cantos ofensivos, los gestos discriminatorios y los insultos que circulan en las canchas deben ser cuestionados sin atenuantes.

También merece discutirse la histórica invisibilización de los afroargentinos, la construcción de una identidad nacional asociada con la inmigración europea y la tendencia a considerar extranjero a todo argentino que no encaja en esa imagen.

Pero reconocer esa historia no obliga a aceptar cualquier conclusión derivada de ella. Mucho menos que el racismo argentino pueda diagnosticarse mirando la formación inicial de un partido.

Un debate serio debería preguntarse qué oportunidades tienen los distintos sectores sociales, cómo funcionan las estructuras formativas, quiénes acceden a los espacios de poder y de qué manera se representa la diversidad del país.

EL COLOR DE LA CAMISETA

La Selección no debería convocar jugadores para satisfacer las expectativas identitarias de observadores extranjeros. Debería llamar a los mejores futbolistas argentinos disponibles, cualquiera sea su origen, su apellido, su barrio o su color de piel.

Cuando aparezcan jugadores negros con nivel de Selección, deberán ser convocados por sus condiciones y no para completar una fotografía.
 

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