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Las dos caras de las pruebas Aprender y un progreso que no logra sumar a todos

Por Redacción

Los resultados de las pruebas Aprender 2025 en la provincia de Buenos Aires devuelven una radiografía educativa de claroscuros que obliga a un análisis profundo, despojado de triunfalismos pero también de lecturas catastrofistas. Como el distrito con mayor matrícula escolar del país -representando casi el 40% del total nacional-, lo que sucede en las aulas bonaerenses no es un dato menor: es el pulso real de la educación argentina.

Por un lado, el balance en el área de Lengua es alentador. Que casi ocho de cada diez alumnos de 6° grado (un 78%) alcancen niveles satisfactorios o avanzados en comprensión lectora es un síntoma de que las políticas de alfabetización implementadas en los últimos años están dando frutos concretos. Es la confirmación de que, cuando hay foco pedagógico y continuidad, los chicos aprenden a leer, interpretar y comunicarse de manera sólida. Este avance bonaerense, en sintonía con la mejora federal, es un capital social que debe preservarse, pero potenciarse más.

Sin embargo, la otra cara de la moneda nos enfrenta a una realidad preocupante: el severo tropiezo en Matemática. Cuatro de cada diez alumnos (el 41%) terminan la escuela primaria con dificultades graves, incapaces de resolver operaciones básicas o interpretar problemas acordes a su edad. Si la lectura es la llave de acceso al conocimiento, la matemática es la estructura del pensamiento lógico y la abstracción. Dejar la primaria con semejantes lagunas es, para miles de chicos, una hipoteca pedagógica difícil de levantar en la secundaria. Los especialistas son claros: el problema no se resuelve al final del camino, sino fortaleciendo las estrategias desde el primer día de clase.

A este panorama de dos velocidades se le suma una alarma persistente que el informe de Argentinos por la Educación vuelve a encender: la brecha socioeconómica y de gestión. La escuela, que históricamente nació para ser el gran igualador social, hoy sigue reflejando las desigualdades de origen. Que el rendimiento varíe de forma tan drástica según el bolsillo de las familias o el tipo de gestión (estatal o privada) demuestra que el código postal o el nivel de ingresos siguen condicionando el derecho al futuro de los estudiantes.

Buenos Aires ha demostrado que puede mejorar; los datos de 2025 respecto a 2023 así lo validan. Pero el desafío que viene ya no es solo de promedios generales, sino de equidad y de diversificación pedagógica. Celebrar el éxito en Lengua es justo, pero ignorar el desfasaje en Matemática y la persistente brecha social sería una ceguera imperdonable. El sistema educativo bonaerense tiene el volumen y la capacidad para corregir el rumbo; falta ahora la decisión de igualar la cancha donde más se necesita.

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