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Todas las fichas a la economía: la macro de la foto

Por Gustavo Reija

eleconomista.com.ar

El Gobierno decidió jugar todas las fichas a la economía. Despejado el escándalo que lo tenía en el centro de la escena, la estrategia de cara a 2027 es concentrar la gestión en la reactivación y la mejora de los ingresos, con una inflación que perforaría por primera vez en el año el 2% mensual y un dólar que el Banco Central se ocupa de mantener sin sobresaltos. Es una apuesta razonable en términos electorales. El problema es lo que esa foto deja fuera del cuadro.

Porque una cosa es estabilizar la macro para llegar a una elección, y otra muy distinta es desarrollar. Y los datos, otra vez, no dicen lo mismo que el relato.

Los dólares que entran y los que se van

El núcleo del modelo es conocido: energía, agro y minería generan las divisas. El saldo energético de Vaca Muerta se encamina a unos USD 11.000 millones este año y la agroexportación acumulando más de USD 37.000 millones en doce meses. Hasta ahí, la buena noticia. La mala aparece cuando uno sigue el recorrido de esos dólares. En mayo, la demanda para atesoramiento —la compra de divisas que sale del circuito productivo— fue de USD 1.900 millones. A eso se suma el giro de utilidades y dividendos al exterior, que el mes pasado sumó USD 476 millones.

Es decir: el país produce divisas con esfuerzo, pero una porción creciente se atesora o se remite afuera en lugar de transformarse en inversión. El enclave genera los dólares; el enclave también los deja escapar.

La estabilidad que esconde una contracción

La calma cambiaria, además, no descansa sobre cimientos sólidos sino sobre la debilidad de la demanda. Las importaciones siguen aletargadas “por la caída del consumo local”, en palabras del propio análisis de mercado. Dicho de otro modo: el frente externo se ordena, en parte, porque la economía real está deprimida. No es una virtud del modelo; es un síntoma. Y el sello productivo lo confirma: en el primer trimestre de 2026, mientras la pesca crecía 27,5%, el agro 18,1% y la minería 12,3%, la industria manufacturera cayó 1,7% y la formación bruta de capital fijo —la inversión— se desplomó 11,6% interanual.

Crece lo que extrae y exporta; se contrae lo que genera empleo, eslabonamientos y valor agregado.

El cierre de una fábrica de baterías con más de cien despidos en Entre Ríos no es una anomalía: es la crónica esperable de un patrón que premia al enclave y deja caer al entramado pyme.

La advertencia que el propio oficialismo admite

No hace falta forzar la crítica desde afuera. El ex ministro Nicolás Dujovne, que elogia el rumbo, advierte que el escenario más probable es una “reactivación mediocre”. Y la mejora salarial que empezó a asomar —con los ingresos corriendo apenas por encima de la inflación— corre el riesgo de diluirse en aumentos de tarifas, prepagas y colegios. La recuperación existe, pero es lenta y desigual, con una morosidad de las familias en alza. Es la economía en K: una parte que despega y otra, la mayoritaria, que sigue por el subsuelo.

Por qué esto importa: restricción externa intacta

La teoría desarrollista lo explica sin misterio. Marcelo Diamand mostró hace medio siglo que la Argentina choca una y otra vez contra la restricción externa: genera dólares con el campo y la energía, pero los necesita para sostener una industria que importa insumos y tecnología. Si esos dólares, además de escasos, se fugan vía atesoramiento y giro de utilidades, el estrangulamiento no se resuelve: se posterga. Estabilizar el tipo de cambio en un trimestre electoral no diversifica las exportaciones, no sustituye importaciones ni retiene la renta para reinvertirla. Es maquillaje macro para la foto de 2027, no un cambio estructural.

Qué haría un enfoque desarrollista

Criticar sin proponer sería estéril, así que vale ordenar una agenda alternativa. Primero, condicionar parte de los beneficios a los grandes proyectos extractivos a la reinversión local y a la integración de proveedores nacionales, para que el dólar del enclave traccione cadenas internas en lugar de fugarse. Segundo, un esquema de incentivos para las pymes —lo que algunos ya llaman un “RIGI para pymes”— que alivie la carga tributaria, abra crédito accesible y premie la creación de empleo registrado. Tercero, una política industrial selectiva que apueste a sectores transables de mayor valor agregado y a la economía del conocimiento, las únicas vías para diversificar la canasta exportadora y aflojar de verdad la restricción externa. Y cuarto, administrar el atesoramiento y el giro de utilidades con inteligencia, sin cepos asfixiantes pero sin regalar los dólares que el país necesita para crecer.

La estabilidad es un piso necesario, no un techo. Una macro ordenada sobre una estructura productiva que se achica no es desarrollo: es una calma transitoria antes de la próxima tensión de divisas. La pregunta que la dirigencia debería ponerse en el centro no es si crecen los dólares, sino si crece el país. Porque —conviene insistir— no es lo mismo. Estabilizar no es desarrollar, y confundir una cosa con la otra es el error que ya conocemos de memoria.

Es fundamental alentar las exportaciones y las inversiones sin discriminar entre sectores y tamaños de empresas

El boom exportador lleva a algunos economistas, en tono optimista, a sostener que gracias al RIGI y al superRIGI, las exportaciones de energía, minería y tecnología serán el motor del crecimiento sostenible. Simultáneamente, otros economistas, en tono más pesimista, advierten sobre el riesgo de sufrir la “enfermedad holandesa”. En mi opinión, ninguna de estas dos visiones del boom exportador se funda en un análisis realista de la historia y del presente de la economía argentina en el mundo que se avecina.

En la economía global, existen más incertidumbres que las del pasado a causa del vertiginoso avance de los cambios tecnológicos, las erráticas políticas comerciales de los Estados Unidos y los riesgos de conflictos geopolíticos. En este contexto, que el estado pretenda orientar las inversiones con incentivos fiscales y privilegios cambiarios y financieros para algunos sectores y tamaños de empresas, sin que el resto de la economía cuente con un ambiente propicio para invertir y exportar, puede llevar a desequilibrios estructurales como los que impidieron nuestro desarrollo durante los últimos 100 años.

Las economías emergentes necesitan dotar a sus estructuras productivas de amplia flexibilidad y agilidad en la asignación de sus recursos humanos y de capital para adaptarse rápidamente a las cambiantes circunstancias mundiales. Eso no se logra con incentivos sectoriales y discriminatorios por tamaño de empresas e inversiones, sino por la eliminación completa de los sesgos anti exportador y anti inversor que caracterizan a las economías que han sido cerradas al comercio y han sufrido largos períodos de alta inflación.

En este sentido, los sesgos anti exportador y anti inversor fueron y siguen siendo los mayores frenos al crecimiento sostenible de la economía argentina.

Eliminar estos sesgos es la clave del éxito de la estrategia de crecimiento económico. Y esto no se consigue con el RIGI y mucho menos con el superRIGI, porque ambos esquemas discriminan y ponen en desventaja a millones de empresas y emprendedores cuyas decisiones de inversión y esfuerzos exportadores son indispensables para afrontar con éxito los desafíos de una eficiente asignación de recursos, con flexibilidad y agilidad.

El boom exportador

Que las exportaciones asciendan este año a 100 mil millones de dólares y que las importaciones se limiten a menos del 80% de esa cifra no es nada extraordinario. Si desde 2002 las exportaciones hubieran seguido aumentando al ritmo en que lo hicieron en la década del 90, hoy deberían ascender a 135 mil millones y, con consumo e inversión deprimidos entre 2002 y 2004, las importaciones fueron menos del 50% de las exportaciones de esos años.

Además, hay que tener en cuenta que, durante los últimos 25 años, en promedio los precios de nuestros productos de exportación se duplicaron. Para tomar dos ejemplos relevantes, el precio de la soja pasó de 170 dólares por tonelada en 2001 a 440 dólares en la actualidad y el precio del petróleo de 25 dólares por barril a alrededor de 75 en la actualidad. Es decir, que de no haberse recreado el sesgo anti exportador que había sido eliminado totalmente en la década del 90, hoy probablemente deberíamos estar exportando más de 190 mil millones de dólares. Es decir, deberíamos haber mantenido la relación que existía a fines de los 90 entre las exportaciones de Argentina y Brasil. Argentina exportaba 26 mil millones de dólares y Brasil 48. Hoy Brasil exporta 350 mil millones y nosotros sólo 100.

Para interpretar correctamente cuáles son las causas del boom exportador, hay que advertir que la actual producción exportable es fruto de las inversiones que se hicieron hasta aquí, sin ningún incentivo fiscal especial. Por el contrario, con todos los inconvenientes creados por el sesgo anti exportador reaparecido desde 2002.

El sesgo anti exportador no se mide por el nivel del tipo de cambio real sino por la divergencia entre el tipo de cambio efectivo de exportación y el tipo de cambio efectivo de importación. Cuando el tipo de cambio efectivo de importación excede al tipo de cambio efectivo de exportación, se dice que la economía presenta un sesgo anti exportador.

Este sesgo impide que los empresarios puedan adoptar sus decisiones de inversión y producción pensando no sólo en la demanda interna sino en la que pueda provenir del exterior, con lo que se restringe la posibilidad de conseguir ganancias por mayor escala de producción.

Al incrementar los costos de la inversión y de los insumos comercializables internacionalmente, impide que puedan alcanzarse en las actividades de exportación los mismos niveles de productividad que en los países con los que competimos en los mercados del exterior. Esto fue demostrado exhaustivamente en muchas investigaciones empíricas y, en particular, en el trabajo que realizamos con Yair Mundlak sobre el desarrollo agropecuario argentino, que es el hilo conductor del libro sobre la historia económica de Argentina que escribimos con mi hija Sonia Cavallo Runde.

Lo que ocurrió con los rendimientos en los cultivos granarios, comparando la experiencia de Argentina con la de Brasil, en la década del 90 y años posteriores, es un ejemplo de lo más elocuente. Con la eliminación de las retenciones y todas las demás medidas de reducción de costos de laboreo y transportes, más la temprana introducción de las últimas innovaciones tecnológicas en materia de semillas, Argentina prácticamente cerró la brecha de rendimientos con los Estados Unidos, mientras que Brasil quedó rezagado por varios años. Pero desde 2002 en adelante, con la reintroducción de retenciones y la falta de respeto a la protección de la propiedad intelectual en materia de semillas, cosa que no hizo Brasil, se ha vuelto a abrir la brecha de rendimientos con los Estados Unidos y, lo que es peor, con nuestro vecino Brasil. La consecuencia es que mientras a principios de los 2000 Brasil exportaba productos agropecuarios por valores parecidos a los nuestros, en la actualidad triplica el valor de esas exportaciones.

El sesgo anti inversor

Se manifiesta principalmente en las dificultades de los potenciales inversores para conseguir financiamiento a tasas razonables de interés.

Hay muchas tasas de interés, pero hay que observar especialmente, por un lado, el costo de un préstamo de mediano plazo en el mercado interno y por el otro, el costo del financiamiento externo.

Si se consiguen bajar estas dos tasas de interés de manera que no superen el ritmo potencial de crecimiento de la economía, digamos el 5% anual, no sólo se estará reduciendo el sesgo anti inversor, sino que además será más fácil reducir el sesgo anti exportador. La reducción de pagos de intereses por parte del sector público abrirá un espacio fiscal para acelerar la eliminación de los impuestos sobre las exportaciones y de los aranceles u otros impuestos a las importaciones.

Mi insistencia en eliminar cuanto antes todos los controles de cambio e impedir que puedan ser reintroducidos, es decir, asegurar de una vez y para siempre la libre movilidad de capitales y, al mismo tiempo, acumular muchas reservas, apunta a conseguir rápidamente la baja de la tasa real de interés y eliminar los sesgos anti exportador y anti inversor.

¿Tipo de cambio real alto o eliminación de los controles de cambio?

Muy a menudo se sostiene que para alentar las exportaciones hay que mantener un tipo de cambio real alto y nada se dice sobre los controles de cambio.

La prédica en favor de un tipo de cambio real alto sin libertad de movimiento de capitales, como forma de alentar las exportaciones, es totalmente contraproducente porque adormece las demandas de menor sesgo anti exportador y rebajas en las tasas reales de interés por parte del sector privado.

El tipo de cambio real alto de los ideólogos del “Plan Fénix” con el que comenzó el período post convertibilidad en 2002, en conjunto con los defaults externo e interno, llevó a que se acentuara el sesgo anti exportador a lo largo de todos los años siguientes y que desapareciera el crédito externo e interno, tanto para el sector público como para el sector privado. Esto explica el bajo crecimiento, a pesar de los términos del intercambio favorables que predominaron durante todo el período.

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