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Todo nos une, ¿y un encargado de negocios nos separa?

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Por FRANCISCO GARCÍA MONTES (*)

Argentina y Brasil construyeron durante décadas una relación basada en la cooperación, la confianza y la integración. El reciente retiro del embajador del vecino país abre un interrogante que trasciende la coyuntura polÍtica: ¿Pueden las disputas personales entre los gobiernos terminar afectando una relación construida durante décadas?

En el estudio de las Relaciones Internacionales, existe una máxima pragmática: la construcción de confianza entre Estados conlleva décadas de diplomacia minuciosa; para su destrucción en cambio, basta con un instante de malas decisiones. Cuando esa confianza se construyó sobre 40 años de polÍtica exterior, instituciones y cooperación, cualquier señal de deterioro merece ser observada.

La decisión de Brasil de retirar temporalmente a su embajador en Buenos Aires y reducir la representación diplomática al nivel de encargado de negocios constituye, por eso, un hecho lamentable en la relación bilateral; no porque signifique el quiebre de una alianza estratégica, que continúa siendo sólida, sino porque rompe con una premisa que durante décadas pareció indiscutible: que la relación entre Argentina y Brasil está, y deberÍa estar, por encima de los gobiernos de turno.

Para comprender la dimensión del episodio vale repasar la historia contemporánea, particularmente la Declaración de Foz de IguazÚ del año 1985, firmada por Raúl Alfonsín y José Sarney, episodio que marcó el inicio de una nueva etapa en la relación entre dos paÍses que habÍan atravesado décadas de rivalidades geopolÍticas y gobiernos militares.

Argentina y Brasil comenzaron entonces a hacer algo que, visto desde la historia de la región, parecÍa improbable: transformar la desconfianza en cooperación y las hipótesis de conflicto en mecanismos de integración. Alguna vez el diplomático Jorge Carasales resumió aquel proceso como el tránsito de “rivales a socios”, y es que ello significó mucho más que una mejora circunstancial en la relación bilateral, fue un cambio de paradigma.

¿EL FIN DE LA HISTORIA?

Francis Fukuyama popularizó, tras el final de la Guerra FrÍa, el postulado del “fin de la historia” para describir un mundo en el que la democracia liberal y la economÍa de mercado parecían haberse impuesto definitivamente como modelo político y económico. Con Foz de Iguazú, Argentina y Brasil parecieron alcanzar su propio “fin de la historia”. No porque las diferencias hubieran desaparecido, sino porque ciertas disputas parecÍan haber quedado definitivamente atrás: las hipótesis de conflicto militar, la competencia estratégica y la desconfianza nuclear fueron reemplazadas por una nueva arquitectura basada en la democracia, la cooperación y la confianza.

Dos acontecimientos simbolizan particularmente bien aquella transformación. El primero fue la creación de la ABACC (Agencia Brasileño-Argentina de Contabilidad y Control de Materiales Nucleares) en 1991. Argentina y Brasil, antiguos competidores en materia nuclear, decidieron establecer un sistema de control mutuo e inspecciones recíprocas para garantizar el uso exclusivamente pacífico de la energÍa atómica. El resultado fue extraordinario, hasta hoy, el modelo de la ABACC constituye un caso único en su tipo.

El segundo fue el Tratado de Asunción, también de 1991, que dio origen al Mercosur. Con sus logros y sus limitaciones, el bloque transformó la relación entre los paÍses de la región. Su importancia trasciende las cuestiones comerciales; el Mercosur construyó una cultura política de diálogo permanente y convirtió a la integración en una política de Estado. Desde entonces, el pragmatismo funcionó como un amortiguador natural de las diferencias. Argentina y Brasil tuvieron conflictos comerciales, desacuerdos económicos, asimetrÍas cambiarias y presidentes con visiones políticas completamente opuestas. Sin embargo, las diferencias entre los gobiernos no necesariamente se transformaban en diferencias entre los Estados.

CANALES ABIERTO PARA NO DAÑAR LA RELACIÓN

Incluso durante la frÍa relación entre las administraciones de Jair Bolsonaro y Alberto Fernández, las estructuras diplomáticas mantuvieron abiertos los canales institucionales. Itamaraty y el Palacio San MartÍn funcionaron como un fusible que absorbía las tensiones polÍticas para evitar que estas terminaran dañando la relación bilateral.

Hoy ese mecanismo parece, cuanto menos, encontrarse debilitado. Es probable que el actual conflicto sea superado más temprano que tarde, la profundidad de los vÍnculos económicos, sociales, culturales y polÍticos entre Argentina y Brasil hace difÍcil imaginar otro desenlace. Pero serÍa un error considerar que lo ocurrido no tiene importancia. El retiro de un embajador constituye una de las expresiones diplomáticas más contundentes de un deterioro en la relación entre dos Estados, por eso, más que interpretarlo como el comienzo de una ruptura, deberÍamos entenderlo como una luz de alerta.

En el tablero de un automóvil, una luz encendida no significa necesariamente que el motor haya dejado de funcionar; significa que existe un problema que debe ser atendido antes de que se convierta en una averÍa mayor. Algo similar ocurre en las Relaciones Internacionales.

La estructura construida entre Argentina y Brasil durante las últimas cuatro décadas continúa siendo sólida. La ABACC sigue funcionando, el Mercosur sigue siendo un espacio central de integración, millones de argentinos y brasileños mantienen vÍnculos económicos, familiares, culturales y sociales que ningún enfrentamiento entre gobiernos puede borrar.

Pero precisamente porque esa estructura es tan valiosa, resulta necesario protegerla. El riesgo aparece cuando la polÍtica exterior comienza a quedar subordinada a los personalismos, a las disputas discursivas y a los dogmatismos ideológicos de quienes circunstancialmente ocupan el poder.

El problema no es que dos presidentes piensen diferente, eso es un componente natural de la democracia. El problema aparece cuando los personalismos comienzan a condicionar relaciones que pertenecen a los Estados y no a sus gobernantes.

UNA UNIDAD QUE SUPERE LOS PERSONALISMOS

A comienzos del siglo XX, en su visita oficial a Rio de Janeiro, el presidente Roque Sáenz Peña pronunció una frase destinada a sintetizar una nueva época en la relación entre ambos paÍses: “Todo nos une, nada nos separa”. Más de un siglo después, aquella expresión conserva una vigencia que quizás hoy deberÍamos recordar más que nunca.

Todo nos une: una frontera, una historia compartida, intereses económicos, vínculos culturales, desafíos estratégicos y un destino regional que difícilmente pueda pensarse por separado.

Nada de eso debería quedar subordinado a las diferencias personales entre quienes circunstancialmente ocupan el poder.

Después de cuarenta años de cooperación, Argentina y Brasil no deberían volver a preguntarse cuánto los separa un gobierno. Deberían recordar cuánto los unen sus naciones.

(*) Subsecretario de Relaciones Internacionales de la Municipalidad de La Plata

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