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Vehículos en las calles convertidos en virtuales armas

Por Redacción

El drama de las muertes causadas en la Región por distintos incidentes viales no se detiene. En los últimos días la seguidilla de choques y atropellos dejó un saldo devastador. Tal como se dijo en este diario, en menos de 48 horas fallecieron esta semana tres personas como consecuencia de distintos siniestros: una nena de 10 años en El Peligro y dos jubilados que perdieron la vida en sendos episodios registrados, uno en Barrio Aeropuerto y el otro en el límite con Berisso. Demasiados vehículos andan convertidos en virtuales armas.

Vinculados a estos desenlaces trágicos a partir de un tránsito indisciplinado, se habla poco, en cambio, de la relación estrecha existente entre la cantidad de muertos y la de heridos. Así, a nivel planetario, la Organización Mundial de la Salud (OMS) calcula que por cada fallecido en el tránsito, quedan también, casi ocultos para el conocimiento público, entre 20 y 50 millones de personas que sufren traumatismos no mortales, lo que representa una proporción aproximada de entre 16 y 42 heridos por cada muerte.

A su vez, en la Argentina, las estadísticas de la Agencia Nacional de Seguridad Vial (ANSV) y organizaciones como Luchemos por la Vida manejan estimaciones equivalentes. Alrededor de 100.000 personas resultan heridas por incidentes viales al año en el país, frente a un número de víctimas fatales que ronda las 4.000 a 6.000 anuales.

Lo que no se conoce es cuántas de esas 100 mil personas heridas quedan con lesiones permanentes que las invalidan para caminar, o que afectan gravemente sus capacidades mentales y físicas.

Hay también, y cada vez más, especialistas que sostienen que las formas de matar a un tercero no se limitan a las de usar un revolver, un puñal o cualquier otro medio contundente para eliminar a una persona, como podría ser también el uso de veneno o el ahorcamiento. Los interrogante que plantean, entre otros, son los siguientes: ¿un vehículo que circula por una calle, avenida o ruta a altísimas velocidades, superiores a las máximas permitidas, y que cruza los semáforos con luz roja, no se convierte en un arma? ¿Y los conductores que actúan así, que juegan con la vida de los demás a suerte y verdad, no se convierten en homicidas? La jurisprudencia penal está aceptando estas alternativas.

Los convidados de piedra de esta historia son las víctimas de tanta imprudencia. Las estadísticas de muertos y heridos marcan crecimientos, año tras año. Además de educar a los conductores, las autoridades no debieran dejar de ejercer controles inteligentes y continuados en calles, rutas y autopistas. Las altas multas sirven para mucho, pero está demostrado que no alcanzan para frenar un problema que debe ser atacado en forma multidiscipolinaria. Pero lo cierto y lamentable es que ante el problema de la inseguridad en el tránsito, el Estado sigue en deuda.

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