El juicio por el asesinato del exrugbier platense Federico Martín Aramburú, acribillado a tiros el 19 de marzo de 2022 en París, sumó un testimonio clave y estremecedor durante su séptima jornada. Shaun Hegarty, amigo íntimo y socio de la víctima, se presentó ante el Tribunal de lo Penal de la capital francesa para reconstruir la trágica madrugada en la que presenció el crimen.
Durante más de tres horas, Hegarty detalló paso a paso cómo se desencadenó la violencia, desde un altercado menor en un bar hasta la ejecución en plena calle a manos de Loïk Le Priol y Romain Bouvier, los principales acusados y exmiembros del grupo de extremaderecha GUD.
El origen del conflicto: un chiste y una escalada de violencia
Según relató Hegarty, la noche transcurría con normalidad en la terraza del bar Le Mabillon, en el barrio de Saint-Germain-des-Prés. Él y Aramburú se sentaron en una mesa contigua a la de Bouvier, Le Priol y Lyson R. (pareja de este último). “Estábamos contentos, charlamos con todos”, recordó el testigo.
El clima cambió cuando Hegarty les preguntó de dónde eran. Bouvier señaló el piso para indicar que eran "de ahí", a lo que Hegarty bromeó: “Pero, ¿qué significa ‘de acá’? ¿De la calle?”. La humorada ofendió a los acusados y terminó la interacción.
Poco después, Bouvier y Le Priol tuvieron un altercado con otra mesa y Hegarty intentó calmar la situación. “Le digo que lo deje pasar, que deje en paz a los demás clientes”, explicó. La respuesta de Le Priol fue levantarse, darle tres cachetadas a Hegarty y jactarse de saber pelear por haber pertenecido a los comandos de la marina.
Cuando los exrugbiers se disponían a pagar y retirarse, Aramburú reaccionó: agarró la capucha de Le Priol y lo tiró al piso. La pelea escaló con golpes y patadas hasta que la seguridad del local logró separarlos.
La emboscada y los disparos
Con algunos golpes producto de la riña, Hegarty y Aramburú emprendieron el regreso a su hotel. En el camino, se detuvieron en otro alojamiento para pedir hielo. Al salir, la pesadilla los alcanzó. “Vi un Jeep militar y oí claramente la frase: ‘¡Están aquí!’. No me di cuenta de inmediato de que eran ellos, aunque recordaba el coche (...) Uno no olvida ese tipo de coche”, declaró Hegarty en referencia al vehículo conducido por Lyson R.
Los atacantes descendieron del Jeep. Bouvier disparó primero, sin mediar palabra, impactando a Aramburú en el muslo y el costado, lo que provocó que cayera al suelo. Acto seguido, Le Priol lo persiguió a pie y le disparó en seis oportunidades. Hegarty fue categórico al desmentir la teoría de la defensa sobre supuestos disparos al aire: “No hubo tiros de advertencia. Apuntó y disparó”.
Parálisis y el último ruego de Aramburú
Frente a los jueces, Hegarty describió el estado de disociación que sufrió durante el ataque, un bloqueo confirmado por los peritos psicológicos. “No entiendo qué está pasando, estoy aturdido”, explicó. Recordó haber confundido el ruido de las armas con "petardos mojados" o pistolas de juguete. “Estoy allí, pero mi cerebro está bloqueado (...) Cae al suelo, intento intervenir, pero soy inútil”.
La reacción llegó cuando Le Priol vació su cargador y Aramburú cayó sobre un tacho de basura. En ese instante, con seis heridas de bala en su cuerpo, el argentino le hizo su último pedido: “Shaun, llama a la policía, ¡voy a morir!”.
Hegarty lo tomó entre sus brazos. “Se ahogaba, tenía sangre en la boca. Llegó gente y trató de reanimarlo, pero yo ya sabía que se había ido”, relató con la voz entrecortada. Minutos después, los médicos constataron la muerte. En medio del shock, Hegarty tuvo que llamar a María, la esposa de Aramburú y madre de sus tres hijos, consciente de que ella estaba por atravesar "el peor día de su vida".
Secuelas y un fuerte mensaje a los acusados
El trauma del asesinato persigue a Hegarty en forma de insomnio, pesadillas y una profunda culpa. “¿Por qué no comprendí lo que pasaba? ¿Y si lo hubiera comprendido, le habría podido ayudar?”, se cuestionó ante el tribunal. Además, desestimó las acusaciones de la defensa, que intentó insinuar que él había utilizado los cubos de hielo envueltos en un paño como arma durante la primera riña.
En el tramo final de su declaración, Hegarty dirigió su mirada hacia los imputados. “Esperaba que mostraran algo de humanidad. En mi opinión, son hombres peligrosos: deberían permanecer en prisión por mucho tiempo. Creo que serían capaces de volver a hacer lo que hicieron”, sentenció.
Sobre los intentos de disculpa de los atacantes, fue tajante: “Querían demostrar que eran los más fuertes, que querían tener la última palabra. Dicen que lo sienten, pero no es un perdón verdadero”.
Mientras el testigo exponía este crudo relato, Le Priol —quien alega legítima defensa— negaba con la cabeza desde el banquillo, y Bouvier —quien niega ser el asesino material— le susurraba al oído a su abogada. La Justicia francesa tiene ahora en sus manos el peso de estas palabras para definir el futuro de los acusados.
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