Una profunda conmoción generó la muerte de la abogada platense Vanessa Rial, a sus 50 año. Ocurrió a causa de una neumonía bilateral que se agravó fatalmente con un accidente cerebrovascular, mientras estaba internada en un establecimiento médico privado de nuestra ciudad desde el 25 de junio último.
Si bien su deceso se produjo el miércoles, la penosa noticia trascendió durante la jornada de ayer. Su temprana partida causó un hondo pesar entre familiares, amigos, integrantes del Poder Judicial y organizaciones que luchan contra los casos de violencia de género, de los que fue el de mayor repercusión mediática en La Plata y que se propagó al resto del país.
La vida de esta profesional quedó definitivamente marcada a partir de que, en julio del año 2013, conoció en un bar platense a Jorge Martínez Poch, apodado “El Conde”.
Con este último inició una relación sentimental que rápidamente la convirtió en una víctima de los peores tormentos físicos y psicológicos por la decisión de llevarla a su casa, donde la tuvo secuestrada y le hizo padecer además diversas humillaciones.
Vanessa pudo ser rescatada en septiembre de ese año gracias a la preocupación de su padre por su inesperada y prolongada desaparición, como también por las denuncias de vecinos de Martínez Poch, quienes expusieron los gritos que provenían de ese domicilio.
Fue entonces que por orden de la Justicia, se dispuso realizar un allanamiento en la vivienda del DJ, que permitió liberarla y detenerlo. Por ese caso, el 31 de agosto de 2016 fue condenado a 37 años de prisión por el Tribunal Oral en lo Criminal Nº 1 de La Plata.
AYUDÓ A OTRAS VÍCTIMAS
El fallo alentó la esperanza de que Vanessa Rial, luego de tantos sufrimientos que le dejaron un inconmensurable desgaste no solo físico sino principalmente emocional, iba a poder rehacer su vida dejando atrás así a los fantasmas de esa terrible experiencia.
Sobre la condena a Martínez Poch, dijo momentos después: “Fue un fallo ejemplar. Hoy es el día más feliz de mi vida. Hoy voy a empezar a vivir”.
Vanessa decidió entonces volcar su profesión a la defensa de otras mujeres víctimas de violencia machista y durante la gestión del exintendente Julio Garro integró un equipo municipal de asistencia a quienes atravesaban historias de esa índole.
Pero desde su entorno más cercano se coincidió en lamentar que las secuelas de aquel devastador cautiverio, quedaron como un estigma con el que afrontó sus días hasta este doloroso e injusto final.
Todo ello, se aseguró, con otro calvario: sus constantes problemas económicos, que al no tener casa propia, la llevaron a habitar circunstancialmente paradores y pensiones. La vida no le dio revancha.
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