Los dos recientes casos exponen una faceta particularmente cruel de la inseguridad: la violencia ejercida contra animales domésticos, muchas veces considerados miembros de la familia.
En barrios donde las alarmas, las rejas y las cámaras ya forman parte del paisaje cotidiano, muchos vecinos reconocen que ahora aparece otra inquietud: qué puede pasar con sus mascotas si quedan solas dentro de una casa o custodiando un terreno.
“Antes uno pensaba en proteger la puerta o el auto. Ahora también pensás si le pueden hacer algo al perro”, resumió un vecino de La Loma consultado por este diario.
En una ciudad donde el delito muta y se reinventa, estos episodios muestran que la inseguridad no sólo deja pérdidas materiales: también puede golpear donde más duele.
Porque cuando la violencia alcanza a los animales, el miedo toma otra dimensión. “No se puede vivir en paz”, resumió otro frentista.
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