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Argentina y una economía a dos velocidades, o a dos direcciones diferentes

Por Redacción

La economía argentina atraviesa una transformación que empieza a mostrar con mayor claridad quiénes pueden adaptarse al nuevo escenario y quiénes quedan rezagados. Mientras algunos sectores vinculados con los recursos naturales, las exportaciones y la generación de dólares encuentran espacio para crecer, buena parte de la industria manufacturera, la construcción y las actividades dependientes del consumo interno enfrentan un escenario mucho más complejo.

La expresión “economía a dos velocidades” comenzó a instalarse para describir esta realidad. Sin embargo, el concepto puede resultar insuficiente: no se trata solamente de sectores que crecen más rápido que otros, sino de actividades que, en algunos casos, están avanzando en direcciones diferentes.

En agosto, la producción industrial manufacturera cayó 3,2% interanual y acumuló una baja de 2,7% durante los primeros ocho meses de 2026. La utilización de la capacidad instalada, además, se ubicó en julio en 58,2%, prácticamente estancada y por debajo del 58,4% registrado un año antes. 

La industria, de esta manera, aparece como uno de los sectores donde más se siente el cambio de modelo económico. La combinación de menor demanda interna, costos elevados, crédito todavía restrictivo y mayor competencia de productos importados obliga a las empresas a revisar estructuras, inversiones, niveles de producción y empleo.

Del otro lado aparecen sectores con una dinámica diferente. Agro, minería, petróleo y gas tienen mejores perspectivas vinculadas con las exportaciones y la generación de divisas. Un informe reciente de Deloitte describió una recuperación heterogénea de la economía argentina durante 2026, con una expansión concentrada especialmente en agricultura, minería, petróleo y gas, mientras la industria manufacturera permanece por debajo de niveles anteriores. Utilizado como una interpretación del proceso y no como una categoría técnica, describe un escenario en el que las empresas deben adaptarse rápidamente a las nuevas condiciones para sobrevivir.

La lógica es sencilla: si desaparecen determinadas protecciones, si aumenta la competencia externa y si el Estado reduce su participación directa en la actividad económica, las compañías quedan más expuestas a las condiciones del mercado. Las más productivas, eficientes, tecnificadas o con capacidad financiera pueden tener mayores posibilidades de atravesar la transición. Las que trabajan con márgenes pequeños, dependen del mercado interno o arrastran estructuras de costos elevados enfrentan mayores dificultades. El problema es que la adaptación no ocurre al mismo tiempo para todos.

Una petrolera vinculada a Vaca Muerta, una empresa minera orientada a la exportación o una compañía agroindustrial pueden beneficiarse de un escenario de mayor demanda internacional y de la necesidad argentina de generar dólares. Una fábrica que vende principalmente en el mercado doméstico enfrenta, en cambio, una ecuación muy distinta si el consumo no acompaña y sus productos compiten con bienes importados.

Por eso la discusión excede el resultado de una fábrica determinada. Lo que está en juego es qué estructura productiva tendrá Argentina después de la transformación económica.

El Gobierno de Javier Milei sostiene que esta reasignación de recursos forma parte de la transición hacia una economía más competitiva y abierta. El ministro de Economía, Luis Caputo, defendió públicamente la existencia de una economía a dos velocidades y planteó que sectores como el agro, la energía y la minería son fundamentales para generar los dólares que permitan darle estabilidad al conjunto de la economía. 

Desde otra mirada, economistas críticos advierten que hablar solamente de velocidades puede ocultar una diferencia más profunda: mientras determinadas actividades avanzan, otras retroceden. Un análisis reciente planteó justamente que la expresión “dos velocidades” puede ser engañosa porque supone que todos los sectores avanzan, aunque sea con ritmos diferentes, cuando algunos muestran crecimiento y otros acumulan caídas.

La industria queda en el centro de esa discusión

Porque una economía puede generar más dólares a través de petróleo, gas, minería o agro y, al mismo tiempo, reducir el peso relativo de su entramado manufacturero. La pregunta es si esa transformación terminará generando nuevos encadenamientos productivos —proveedores nacionales, tecnología, servicios especializados, empleo calificado— o si terminará profundizando una estructura donde los sectores exportadores funcionan con vínculos limitados con el resto de la economía.

El riesgo de una economía de enclave aparece precisamente allí: que los sectores más competitivos internacionalmente crezcan sin que ese crecimiento se traduzca proporcionalmente en mayor actividad para la industria, el comercio, la construcción y los servicios que dependen del mercado interno.

El desafío, entonces, no consiste necesariamente en elegir entre industria o recursos naturales. Una estrategia de desarrollo puede intentar que los sectores exportadores funcionen como motores capaces de arrastrar al resto de la economía.

Para eso resultan determinantes los llamados encadenamientos productivos. Una mayor explotación minera, por ejemplo, puede demandar maquinaria fabricada localmente, servicios tecnológicos, transporte, ingeniería, mantenimiento, construcción y capacitación. El mismo razonamiento puede aplicarse a Vaca Muerta, al agro o a la energía.

Si esos vínculos se desarrollan dentro del país, la generación de dólares puede convertirse en una plataforma para ampliar la producción y el empleo. Si, en cambio, una proporción importante de los bienes de capital, insumos y servicios de alto valor agregado se importa, el impacto sobre el entramado industrial puede ser mucho más limitado.

La tensión ya aparece en el mundo empresario. Durante el reciente Coloquio de IDEA, representantes de grandes compañías respaldaron el rumbo general de desregulación y equilibrio fiscal, pero también reclamaron estabilidad y previsibilidad. Las diferencias fueron particularmente visibles entre los sectores vinculados con energía y minería, que muestran mayor optimismo, y aquellos relacionados con industria y servicios, que expresaron preocupación por la evolución del consumo y la actividad. 

El contraste también se observa en el empleo. La industria no es solamente un indicador de producción: detrás de cada planta hay trabajadores, proveedores, transportistas, comercios y localidades enteras cuya actividad depende de ese entramado.

Por eso una caída industrial sostenida puede producir un efecto multiplicador inverso. Menos producción implica menor demanda de insumos; menor demanda puede traducirse en menos horas trabajadas; eso impacta sobre los ingresos y, finalmente, sobre el consumo. El círculo puede profundizarse si las empresas dejan de invertir porque perciben que el mercado interno no tiene suficiente demanda.

En ese sentido, el darwinismo económico no debería interpretarse simplemente como una celebración de la competencia ni como una condena automática de la apertura. Es, sobre todo, una manera de describir una transición en la que la capacidad de adaptación se convierte en un factor decisivo para la supervivencia empresarial.

La pregunta central es qué ocurre con quienes no pueden adaptarse al mismo ritmo.

Argentina puede estar construyendo una economía más orientada a las exportaciones, los recursos naturales y la generación de divisas. Pero todavía está abierta la discusión sobre cuánto de esa transformación llegará al resto de la estructura productiva.

Los números muestran que la industria continúa atravesando dificultades: la producción manufacturera acumula una caída durante 2026 y la capacidad instalada permanece cerca del 58%.

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