Hoy se cumplen 60 años del golpe de estado que desalojó del poder al gobierno constitucional del Dr. Arturo Illia. Fue un acto demencial de los militares de entonces, en su afán permanente de adueñarse del poder, que contó con la colaboración de la burocracia sindical peronista y una campaña persistente y demoledora de un sector muy reaccionario de la prensa.
Los golpistas no pudieron esgrimir otro argumento más que una supuesta lentitud del gobierno y la necesidad de un incierto cambio de estructuras. Lo cierto es que depusieron a un gobierno virtuoso, transparente y eficaz para dar paso a una dictadura oscura y regresiva que sembró violencia, represión y muerte.
El gobierno radical había logrado hacer crecer la economía, disminuir la deuda externa, aumentar el salario real de los trabajadores y sancionar leyes importantes como la de los medicamentos y la del salario mínimo vital móvil.
Al momento del golpe de estado la pobreza era en nuestro país del 3% de la población.
Illia negó la participación de nuestras Fuerzas Armadas en la invasión de los Estados Unidos a la República Dominicana, anuló contratos petroleros lesivos al interés nacional y obtuvo de la ONU la resolución que obligó a Inglaterra a discutir la cuestión de nuestras Islas Malvinas.
Fue un hombre culto, un político experimentado y un médico abnegado y altruista que obtuvo de la ciudadanía de Cruz del Eje, el sorprendente reconocimiento de la donación, mediante una suscripción popular, de la casa que alquilaba, en la que vivía con su familia y tenía instalado su consultorio.
Fue un liberal cabal que creía en las bondades de las instituciones de la república y consideraba que la democracia era la única construcción colectiva del pueblo capaz de lograr el crecimiento del país y el bienestar general.
Destinó el 25% del presupuesto nacional a la educación. En todos los actos de su vida pública y privada Arturo Illia irradió humildad, honestidad, ejemplaridad, desinterés personal y respeto absoluto a todas las personas.
Fue un hombre de honor valiente y sereno que cuando fue desalojado del poder, volvió al llano como un ciudadano común, rechazó todos los privilegios, nunca usó custodia oficial y se negó a percibir la jubilación de privilegio que le correspondía como expresidente.
En los momentos actuales, cuando nuestra democracia exhibe alarmantes muestras de fanatismo ideológico, mentira, corrupción y ataques a la libertad de prensa, bueno es recordar al presidente Illia porque su alto ejemplo nos permite asegurar que otra Argentina es posible.
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