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El campo cambia con tecnología, datos y nuevas formas de producir

La transformación productiva modifica el trabajo rural y plantea desafíos territoriales.

Por Redacción

En nuestro país, el productor agropecuario del siglo XXI se encuentra cada vez más lejos de aquella imagen tradicional del hombre que recorría personalmente sus lotes, observaba el cielo y tomaba decisiones principalmente a partir de su experiencia. Ese conocimiento continúa siendo fundamental, pero ahora convive con herramientas digitales, información satelital y sistemas de agricultura de precisión.

Actualmente, una jornada de trabajo puede comenzar con la consulta del pronóstico meteorológico para los próximos días, continuar con el análisis de imágenes satelitales y mapas de ambientes y seguir con la coordinación de tareas junto a asesores, contratistas y proveedores. Al finalizar, los datos registrados por la maquinaria permiten conocer con gran precisión qué ocurrió en cada sector del campo.

La actividad agropecuaria dejó de depender exclusivamente de la tierra, las herramientas y el trabajo físico. La información se convirtió en otro recurso fundamental para producir y tomar decisiones.

Hace cuatro décadas, gran parte de las decisiones se apoyaban en el conocimiento acumulado por cada productor sobre sus campos: los sectores bajos, las zonas que se inundaban, los distintos tipos de suelo o los lugares donde determinados cultivos ofrecían mejores resultados. Ese saber no desapareció, sino que comenzó a complementarse con imágenes satelitales, sensores, mapas de rendimiento, análisis de suelo georreferenciados, estaciones meteorológicas y modelos climáticos.

La maquinaria también incorporó nuevas funciones. Las cosechadoras pueden registrar rendimiento y humedad prácticamente en tiempo real, mientras que las sembradoras permiten ajustar la densidad de semillas según las características de cada ambiente. Los equipos de pulverización, por su parte, cuentan con sistemas que reducen superposiciones y permiten utilizar los insumos de manera más eficiente.

Esta transformación también modificó la organización del negocio. El productor ya no necesariamente cuenta con toda la maquinaria necesaria para trabajar sus lotes, sino que puede contratar servicios de siembra, pulverización o cosecha y recurrir a asesoramiento profesional. A la vez, puede acceder desde el teléfono a información sobre mercados, clima, financiamiento y comercialización.

Así, la explotación agropecuaria pasó a funcionar como parte de una red en la que participan productores, contratistas, ingenieros agrónomos, proveedores, empresas tecnológicas, acopios, industrias, exportadores, bancos y aseguradoras.

Los cambios pueden verse también en los resultados productivos. Durante la campaña 2024/25, la soja argentina alcanzó aproximadamente 49,9 millones de toneladas sobre una superficie sembrada de 17,8 millones de hectáreas, con un rendimiento promedio cercano a los 30,6 quintales por hectárea en soja de primera.

Sin embargo, el aumento de la productividad abre otro interrogante: qué ocurre con las personas que viven en los territorios rurales. El Censo Nacional Agropecuario 2018 registró 249.663 explotaciones agropecuarias, con 418.058 trabajadores permanentes y 700.750 residentes. Además, solo el 11% de los productores y socios relevados en explotaciones de personas humanas o sociedades de hecho no registradas tenía menos de 40 años.

El dato plantea un desafío para las próximas décadas. Producir más con menos trabajadores mejora la productividad, pero al mismo tiempo puede profundizar el despoblamiento rural si no existen condiciones que permitan sostener la vida cotidiana en esos lugares.

La tecnología, en ese sentido, no debería ser vista como una amenaza para la población rural. Por el contrario, puede facilitar que las familias continúen viviendo y trabajando en el campo. Para eso, la conectividad, los caminos, la energía, la educación, la salud, el transporte y la vivienda también deben ser considerados parte de la infraestructura necesaria para producir.

El desafío consiste entonces en combinar modernización productiva con desarrollo territorial. No alcanza con aumentar la cantidad de toneladas obtenidas si las comunidades rurales pierden escuelas, comercios, talleres, clubes o servicios esenciales.

La discusión excede además a Argentina. Brasil, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y Chile atraviesan procesos diferentes, pero comparten el desafío de incorporar tecnología y mejorar la productividad sin dejar atrás a los pequeños productores ni profundizar las desigualdades territoriales.

La transformación del agro no implica solamente producir más. También obliga a pensar cómo convertir esa mayor eficiencia en desarrollo y cómo garantizar que el territorio rural continúe siendo un lugar donde las nuevas generaciones puedan vivir, trabajar y proyectar su futuro.

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