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Javier Milei se rebela contra su propio Gobierno y redobla su apuesta

Por Carlos Barolo

Durante buena parte de su gestión, Javier Milei encontró en una imagen bíblica la manera de explicar el sacrificio que exigía su programa económico. La Argentina debía atravesar el desierto y confiar en que, al final, aparecería la Tierra Prometida. Moisés era el personaje elegido para representar aquella travesía y también, de alguna manera, su propia experiencia en el poder.

La metáfora sigue vigente, aunque su significado empieza a cambiar. Ya no sirve solamente para pedir paciencia: ahora expresa la creciente incomodidad presidencial frente a una sociedad que exige resultados y ante un oficialismo que intenta adecuar su estrategia al desgaste de la gestión.

Después de diez días de aislamiento en Olivos, Milei reapareció con una versión todavía más intensa de sí mismo. En sus discursos del jueves en el hotel Alvear y del viernes en Rosario descartó buena parte de las objeciones económicas, rechazó los pedidos para mostrar mayor empatía frente a las dificultades sociales y defendió sin matices su programa. La economía, aseguró, “está volando”.

El problema para el Gobierno es que Milei parece moverse en una dirección diferente a la que intenta recorrer parte de su equipo.

La mesa política encabezada por Karina Milei busca recuperar la confianza perdida y observa con preocupación las encuestas. En ese contexto, durante el homenaje a San Martín, el Presidente leyó un discurso preparado en la Casa Rosada en el que sostuvo que, si la libertad no se traduce en bienestar y prosperidad, la ciudadanía puede olvidarse de su valor.

La frase fue interpretada como una señal de autocrítica. Patricia Bullrich incluso reclamó “más velocidad en los resultados”. Milei, sin embargo, no quedó conforme con esa lectura y volvió rápidamente a desplegar una defensa cerrada de su política económica.

La distancia también apareció con Federico Sturzenegger. Mientras en la mesa política habían surgido intenciones de poner límites al ritmo de algunas reformas después de recientes conflictos, Milei respaldó enfáticamente al ministro de Desregulación y pidió profundizar su tarea.

El mensaje hacia adentro fue claro: no parece dispuesto a reducir la velocidad de las reformas para facilitar la estrategia electoral.

Los datos y el relato económico

Otra tensión aparece alrededor de la interpretación de la economía. Milei reivindicó el crecimiento, relativizó el cierre de empresas y volvió sobre su pronóstico de que la inflación comenzaría con cero en agosto.

Sin embargo, el último registro minorista fue del 2,1 por ciento y las estimaciones mencionadas en la nota ubican agosto alrededor del 2 por ciento. El 0,8 por ciento celebrado por Milei corresponde a la inflación mayorista de julio.

También cuestionó las referencias al cierre de compañías, aunque los datos oficiales consignan un saldo de 30.633 empresas menos durante su administración. Al mismo tiempo, el desempleo pasó del 5,7 por ciento al inicio de su mandato al 7,8 por ciento en el último registro.

Incluso dentro del equipo económico aparecen otros tonos. El presidente del Banco Central, Santiago Bausili, reconoció que la actividad crece más lentamente de lo deseado, mientras Luis Caputo comenzó a utilizar la palabra “reactivación”.

El desafío de sostener

la confianza

Las diferencias también alcanzan al armado político. Mientras Karina Milei retomó contactos con Mauricio Macri para explorar un entendimiento electoral, el Presidente volvió a utilizar públicamente al gobierno del PRO como ejemplo de una experiencia económica fallida.

Algo similar ocurrió con Fernando Cerimedo. Mientras la Casa Rosada buscó despegarse del consultor detenido en Bolivia, Milei replicó inicialmente publicaciones que ponían en duda la acusación en su contra. Después cambió de posición y tomó distancia.

Los episodios exponen una dificultad creciente: el Gobierno busca administrar los costos políticos del ajuste, pero Milei interpreta cualquier moderación como un riesgo para la identidad de su proyecto.

Durante sus primeros años pudo compensar buena parte del costo social con un activo decisivo: la expectativa. La reducción de la inflación fortaleció la idea de que el sacrificio podía tener sentido. El problema aparece cuando algunas promesas se trasladan hacia adelante y las dudas comienzan a crecer.

Milei frente a su propio dilema

La tensión puede resumirse en una pregunta: ¿hasta qué punto Milei está dispuesto a modificar su comportamiento para conservar apoyo político?

Por ahora, la respuesta parece ser muy poco. Su carácter disruptivo continúa siendo el principal activo de su liderazgo y, al mismo tiempo, empieza a complicar a quienes intentan construir alrededor suyo una estrategia electoral más amplia.

Por eso la historia de Moisés conserva utilidad para entender el momento. En el relato bíblico, agotado por los reclamos de su pueblo, golpeó con rabia la roca a la que Dios le había ordenado hablar. El agua apareció, pero recibió un castigo: condujo a los israelitas hasta la Tierra Prometida, aunque nunca pudo entrar en ella.

La metáfora que Milei eligió para explicar su presidencia empieza así a plantearle otra advertencia. El desafío ya no consiste solamente en atravesar el desierto, sino en decidir cómo reaccionar cuando quienes lo acompañan empiezan a cansarse del camino.

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