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"La Noche de los Lápices" al cine: cuando La Plata volvió a vivir su historia más dolorosa

Habían pasado apenas diez años de los hechos cuando se rodó en la Ciudad la mítica película que los cuenta usando para ello las escuelas, calles y hasta las casas de los estudiantes secuestrados. Vecinos y familiares acompañaron un rodaje que convirtió la memoria platense en parte del film

La escena de la marcha al Ministerio de Obras Públicas incluyó a cientos de platenses como extras.

Por Redacción

Durante varias semanas de 1986, La Plata se convirtió en el escenario de una historia que todavía permanecía abierta. Héctor Olivera decidió filmar íntegramente en la ciudad “La Noche de los Lápices”, la película que recreó el secuestro y la desaparición de estudiantes secundarios platenses durante la última dictadura. Las cámaras recorrieron escuelas y calles, pero también ingresaron a las casas donde habían vivido las víctimas, cuyos familiares participaron de cerca de una experiencia que para muchos vecinos significó volver sobre un pasado todavía demasiado reciente.

El rodaje comenzó diez años después de los secuestros. En muchas de las viviendas elegidas como escenarios, las habitaciones de los chicos permanecían prácticamente intactas. Sus familias conservaron objetos personales y hasta cedieron la ropa que habían usado sus hijos para que los actores la llevaran durante la filmación.

La presencia del equipo cinematográfico alteró durante semanas la vida cotidiana de distintos puntos de la ciudad. Los actores que representaron a los estudiantes desaparecidos no sólo filmaron en sus antiguas casas: también vivieron allí durante un tiempo y compartieron jornadas con sus padres y hermanos. De ese modo, las escenas no se construyeron sobre escenarios de estudio, sino en los mismos espacios donde habían transcurrido las vidas de los jóvenes.

Para los vecinos, además, el rodaje supuso encontrarse con una historia que involucraba directamente a la comunidad platense. La película reconstruyó la militancia de estudiantes de distintas escuelas secundarias y los reclamos que los habían llevado a participar en la política, entre ellos la defensa del boleto secundario gratuito. También recreó la movilización del 5 de septiembre de 1975 hacia el entonces Ministerio de Obras Públicas y la posterior persecución desplegada por la dictadura.

La ciudad aparecía así no sólo como telón de fondo. Las escuelas, las viviendas y las calles reconocibles para los platenses formaban parte de la narración. En una comunidad atravesada por las desapariciones, el rodaje recuperaba espacios cotidianos para representar hechos ocurridos allí mismo pocos años antes.

El impacto alcanzó también a las instituciones educativas. Olivera pidió autorización para filmar en el entonces Normal 3, hoy Escuela Secundaria 34 de La Plata, y convocó a estudiantes para que participaran como extras. Las autoridades y el Centro de Estudiantes aceptaron, aunque el director debió entregar a cambio un objeto que en aquella época constituía una rareza: una videocasetera.

Las escenas de las manifestaciones ofrecieron incluso algunos momentos inesperados. Los adolescentes convocados como extras, entusiasmados por aparecer en la película, se abalanzaban para quedar en primer plano. Olivera tenía que llamarlos al orden a los gritos, en una situación que lo acercaba más al papel de preceptor que al de director de una película.

Pero detrás de esas escenas distendidas estaba la dimensión dolorosa de una ciudad que había sido duramente golpeada por la represión: unas 1.200 personas fueron secuestradas en La Plata y permanecen desaparecidas. En ese contexto, muchos vecinos se acercaban al rodaje para colaborar y pedir que aquella historia fuera contada para que no quedara en el olvido.

La elección de los lugares reales también marcó a los jóvenes actores. La convocatoria para formar el elenco había reunido a unos 4.000 postulantes y, después de un mes de pruebas, fueron seleccionados Alejo García Pintos, Vita Escardó, Pablo Novak, Adriana Salonia, Pablo Machado, Pepe Monje y Leonardo Sbaraglia.

García Pintos, que interpretó a Pablo Díaz, recordó especialmente el estado en que encontró la casa de Claudia Falcone: “Estaba igual que cuando se la llevaron, con la carpeta de su colegio abierta y su saco en el respaldo de la silla”.

El actor también relató el momento en que tuvo que filmar la escena del secuestro de Pablo Díaz frente a sus padres. “Su papá y mamá miraban y de alguna manera revivían la pesadilla. Termino, bajo por una escalera y me quiebro, me largo a llorar”. En medio de esa situación, recibió el abrazo del propio sobreviviente: “Era Pablo, me decía ‘vamos, vamos, esto recién empieza. Hay que hacerla, vamos a hacer historia. Él me daba fuerzas a mí”.

Sbaraglia, que tenía 16 años cuando se instaló dos meses en La Plata para interpretar a Daniel Racero, afirmó alguna vez que para él se trató de "una experiencia personal más que cinematográfica" y que la película rápidamente trascendió el rodaje. “Lo que contábamos era tan importante que apenas se estrenó ya estaba dando charlas en los colegios sobre la película y lo que narrábamos”, contó el actor.

El estreno, el 4 de septiembre de 1986, también estuvo atravesado por el clima de aquellos primeros años de democracia. En La Plata, la película se proyectó en el cine San Martín y ese día hubo una amenaza de bomba. “habían pasado solo tres años de democracia y la dictadura seguía cerca, pero ninguno sentía miedo sino orgullo por participar en algo tan importante para nosotros y la historia”, recordó Sbaraglia.

La película había sido construida a partir de los testimonios de sobrevivientes y del libro homónimo de María Seoane y Héctor Ruiz Núñez. En su trama aparecían los diez estudiantes secundarios secuestrados durante septiembre de 1976. Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, María Clara Ciocchini, Horacio Ungaro, Daniel Racero y Claudio de Acha continúan desaparecidos, mientras que Emilce Moler, Pablo Díaz, Gustavo Calotti y Patricia Miranda sobrevivieron.

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