Javier Milei atraviesa un momento incómodo de su gobierno: los números que la Casa Rosada considera centrales para defender su gestión ya no alcanzan, por sí solos, para explicar lo que ocurre en la calle.
El oficialismo puede exhibir una economía que en determinados sectores muestra señales positivas, una inflación muy por debajo de la que recibió al asumir y un resultado fiscal que representa uno de los principales pilares de su programa. También puede sostener que buena parte de las reformas que propone apuntan a modificar problemas estructurales que durante décadas quedaron postergados.
Pero hay otra parte de la realidad que empieza a ganar peso político. El consumo está debilitado, el mercado laboral no ofrece la tranquilidad esperada, muchas empresas enfrentan dificultades y una porción importante de la población siente que sus ingresos no alcanzan para acompañar el costo de vida.
Esa distancia entre la macroeconomía y la experiencia cotidiana constituye hoy uno de los principales problemas del Gobierno.
No necesariamente porque invalide el programa económico, sino porque obliga al Presidente a responder una pregunta que hasta ahora podía postergar: cuándo y cómo llegará la recuperación a la vida concreta de los argentinos.
El dato es especialmente relevante porque el Gobierno construyó su legitimidad sobre una secuencia bastante sencilla: primero el sacrificio, después la recuperación. La baja de la inflación fue la primera prueba de que el método podía funcionar. Pero a medida que pasa el tiempo, el votante empieza a mirar otras variables.
Una persona puede reconocer que la inflación bajó y, al mismo tiempo, sentir que no puede comprar lo mismo que antes. Puede valorar el equilibrio fiscal y preocuparse por su empleo. Puede apoyar la apertura económica y temer que cierre el comercio o la fábrica donde trabaja.
No hay necesariamente una contradicción en esas posiciones. Es, precisamente, la complejidad del momento político que enfrenta Milei.
La economía que se discute en los despachos y la que se vive en la calle
Parte del crecimiento registrado en los últimos meses se concentra en actividades con fuerte capacidad exportadora, como el agro, la minería, los hidrocarburos y la pesca. Son sectores relevantes para el futuro económico del país, pero tienen una característica que condiciona su impacto político: no generan empleo masivo en la misma proporción que otras ramas de la economía.
La industria, el comercio y la construcción tienen otra incidencia sobre la vida cotidiana. También concentran una enorme cantidad de trabajadores y dependen mucho más del mercado interno. Allí los resultados son menos alentadores.
Por eso la discusión sobre el crecimiento no puede reducirse a si la economía crece o cae. La pregunta política es qué sectores crecen, quiénes se benefician y cuánto tarda ese movimiento en trasladarse al resto de la sociedad.
El Gobierno parece convencido de que primero debe consolidar las variables generales y que después llegará la mejora individual. El problema es que el calendario político no necesariamente coincide con ese razonamiento económico.
La elección presidencial se acerca y el electorado no votará una hoja de cálculo. Votará su propia experiencia.
En ese escenario, los pronósticos incumplidos adquieren un peso mayor. La discusión sobre la inflación de agosto, por ejemplo, expuso una diferencia entre la expectativa que había instalado el Presidente y el resultado que finalmente comenzó a observarse. La cuestión puede parecer menor desde el punto de vista técnico, pero tiene importancia política porque afecta algo mucho más difícil de reconstruir: la credibilidad.
Milei, además, decidió responder al cuestionamiento profundizando su estilo habitual. En lugar de moderar el tono, volvió a recurrir a la confrontación y a las descalificaciones. El método fue una de las claves de su ascenso político. Le permitió convertir la bronca contra la dirigencia tradicional en una identidad electoral.
Pero gobernar exige una operación distinta de la que permite ganar una elección.
El Presidente necesita ahora conservar a sus seguidores, convencer a quienes todavía dudan y acercarse a sectores que no forman parte de su núcleo duro. Cada nuevo enfrentamiento puede reforzar a los primeros y alejar a los segundos.
Ese dilema aparece también en la relación con el PRO. Mientras la estructura política del Gobierno intenta avanzar hacia acuerdos electorales con sectores que fueron aliados del oficialismo en distintas votaciones, Milei mantiene una relación tirante con Mauricio Macri. La negociación requiere puentes; el discurso presidencial suele construir trincheras.
No es un problema menor. La Argentina que dejó la elección de 2023 no es la misma que enfrentará la próxima presidencial. Milei ya no puede presentarse como una incógnita. Tiene una gestión que defender, resultados que explicar y una coalición que ampliar.
El problema ya no es solamente Milei
La otra novedad del escenario es que la oposición empieza a moverse.
Durante buena parte del mandato libertario, el Gobierno tuvo una ventaja política considerable: sus adversarios estaban demasiado fragmentados para convertirse en una alternativa clara. Ahora esa situación puede comenzar a modificarse.
Las diferencias entre los distintos sectores del peronismo siguen siendo profundas, pero la proximidad de una elección puede generar un incentivo poderoso para ordenar las piezas. La posibilidad de una convivencia electoral entre dirigentes que durante años protagonizaron disputas internas vuelve a colocar al oficialismo frente a un adversario potencialmente más competitivo.
Axel Kicillof aparece, además, como una figura capaz de disputar parte del espacio que Milei necesita conservar. Eso modifica una ecuación que hasta hace poco favorecía al Presidente: ya no alcanza con conservar una aprobación importante si del otro lado comienza a crecer una alternativa.
Las encuestas citadas en las últimas mediciones muestran justamente ese movimiento. Milei todavía mantiene un nivel de respaldo significativo, pero la evaluación de la economía es mucho más negativa. Y si esa percepción no cambia, el problema puede trasladarse directamente al terreno electoral.
Hay otro factor que tampoco debería subestimarse: el voto de quienes acompañaron a Milei sin convertirse necesariamente en militantes libertarios.
Muchos de esos electores compartieron el diagnóstico sobre el fracaso de los gobiernos anteriores, reclamaron menos impuestos, cuestionaron el déficit y apoyaron una economía más abierta. Pero eso no significa que estén dispuestos a acompañar indefinidamente cualquier comportamiento del Gobierno.
La paciencia política tiene un límite. Y ese límite suele estar determinado menos por las grandes discusiones ideológicas que por cuestiones elementales: poder pagar las cuentas, conservar el empleo, llegar a fin de mes y percibir que el esfuerzo tiene algún sentido.
El caso Cerimedo agrega otra dimensión a este desgaste. La información sobre sus reiterados ingresos a la Casa Rosada contradice la idea de una relación completamente inexistente después de 2023 y vuelve a poner bajo la lupa la red de operadores, asesores y comunicadores digitales que acompañó el nacimiento del fenómeno libertario.
El episodio también expuso una dificultad del Gobierno para ordenar su propia comunicación. Mientras funcionarios buscaban despegar institucionalmente al oficialismo del consultor detenido en Bolivia, el Presidente difundía mensajes que ponían en duda las circunstancias del ataque investigado por la Justicia de ese país.
No se trata solamente de Cerimedo. El episodio permite observar un problema mayor: la lógica política de las redes sociales sigue teniendo un peso enorme en el funcionamiento del oficialismo.
El insulto, la provocación y la confrontación fueron instrumentos eficaces para romper con la política tradicional. Pero esos mismos recursos pueden tener otro efecto cuando provienen de un Presidente que necesita transmitir previsibilidad, construir acuerdos y ampliar su representación.
Milei enfrenta, entonces, una paradoja. Su mayor fortaleza sigue siendo aquello que lo convirtió en Milei: la convicción de no parecerse a nadie. Pero esa misma característica puede convertirse en una dificultad cuando llega el momento de hacer algo que los outsiders suelen resistir: negociar, corregir y reconocer que gobernar implica administrar realidades que no siempre coinciden con las propias convicciones.
El oficialismo todavía tiene tiempo. Y conserva cartas importantes. La inflación descendió de manera contundente respecto del punto de partida, el equilibrio fiscal continúa siendo una bandera potente y existe un sector social que no quiere volver al pasado.
Pero ninguna de esas fortalezas garantiza por sí misma una elección.
La próxima etapa se jugará en un terreno mucho menos abstracto. Si la mejora económica consigue llegar al consumo, al empleo y a los ingresos, el Gobierno podrá transformar el sacrificio en capital político. Si esa mejora tarda demasiado, la oposición tendrá una oportunidad para convertir el malestar en alternativa.
Ahí está el verdadero desafío de Milei: no demostrar que tiene razón frente a sus adversarios, sino conseguir que quienes viven fuera de la Casa Rosada sientan que su proyecto también funciona para ellos.
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