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Tauber no quiere ser sabio, por ahora

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Por Por ALEJANDRO CASTAÑEDA

El Arquitecto Fernando Tauber, presidente de la Universidad de La Plata, rechazó, momentáneamente, la idea de poder convertirse en un nuevo sabio de la Ciudad.

Hay renunciamientos históricos que han marcado una profunda huella ética y moral. Son escasos los ejemplos, pero valen como un ejercicio de modestia, auto exigencia y lucidez. Ser sabio y pasar a la posteridad, exige múltiples requisitos. Es cierto que a La Plata, como a cualquier otra ciudad del mundo, no le vendría mal poder incorporar un nuevo sabio al elenco de personalidades ejemplares que ha engrandecido a nuestra casa común.

Que la campaña -dicen- haya partido de las mismas entrañas del ámbito que Fernando Tauber preside, puede empañar de entrada esta iniciativa. El halago a los superiores a veces, por más buena fe que se ponga en esa faena, es otra manera de complacer al que manda. Pero sus impulsores han dado argumentos de sobra. Frente a la rutina reglamentada de tantos buenos decanos sin ínfulas sabiondas, Tauber, según sus impulsores,…”se destaca por sus trayectorias expertas en diferentes categorías académicas y científicas” y (…)“por sobre todas las cosas, en lo educativo universitario”.

Sin duda, a La Plata le vendría bien tener una eminencia para guiar y desentrañar la maraña de voluntades contrapuestas que pujan en medio de una realidad con oposiciones tan rotundas y agrietadas. Por eso, lograr tener un sabio predispuesto, listo y bien a mano, podría orientarnos un poco. Si bien esa iniciativa logró el apoyo unánime de una Federación de Instituciones, en la que algunos estén más preocupados en poder subsistir que en querer homenajear, también es cierto que en esa reunión mencionaron para ocupar ese pedestal a Rene Favaloro. Y quizá Tauber haya sentido que lo de competir en vida con uno de sus muertos más ilustres, es una batalla perdida.

Por lo que sea, esta afanosa campaña dirigida de convertir en sabio a Tauber, encontró una clara respuesta del propio elegido, que dejó en claro que, por ahora, no acepta, respaldando la posible postulación de Favaloro, pero dándole de paso una esperanza a sus propulsores, esos administradores de recuerdos que suelen organizar la historia también para su conveniencia ¿Sintió que no era el momento apropiado? ¿Imaginó que su nominación iba a tener que soportar un debate desgastante, aunque el establishment de entrecasa lo sostenga? ¿O habrá pedido tiempo para ir adquiriendo más sabiduría y poder presentarse mejor preparado frente a una eventual nominación futura? Uno recuerda algunos gloriosos renunciamientos: el de San Martín en Guayaquil, que prefirió el regreso silencioso y el alejamiento definitivo. También el de Carlos Reutemann, que rechazó ser presidente de la República porque dijo que había visto algo oscuro.

Tauber no ha sido desplazado ni ha visto nada oscuro; al contrario, tiene todo bien claro. Pero, pese a contar con ayuda interna, trayectoria reconocida, liderazgo indudable y el Sí de la Federación de Instituciones, decidió ponerle paños fríos y distancia a su nominación: “No es el momento –dijo- de mirar entre nosotros”, sabiendo que esa máxima distinción se va ganando de poco, con unánime apoyo e intachable quehacer y después de haberse despedido del mundo. Tal vez consideró que por ahora su trayectoria aún no le permitía integrar ese notable seleccionado junto a Florentino Ameghino, Alejandro Korn, Pedro Bonifacio Palacios, Carlos Spegazzini y Juan Vucetich. O quizás –complaciendo a su hinchada- se dedique afanosamente a tratar de engordar currículum y apoyos para lograr en el futuro sumarse a esa lista de sabios, tan escasa como venerable.

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