La salida de Manuel Adorni del Gobierno de Javier Milei no es un hecho aislado, sino el desenlace inevitable de un proceso que sumió a la administración en una parálisis política de casi cuatro meses.
Lo que comenzó como un emblema de la comunicación libertaria terminó convirtiéndose en un pasivo tóxico para el Ejecutivo. El funcionario, que otrora fuera el rostro de la “autoridad” y la confrontación dialéctica, dejó de ser un activo para pasar a ser una carga insostenible.
El costo de la “casta”
Para el núcleo libertario, el final de este ciclo es una pesadilla ideológica. El simple hecho de que un funcionario propio fuera puesto en el espejo de las prácticas más oscuras de la política —con comparaciones que rozan hechos de corrupción duante los años kirchneristas- desmoronó el discurso de pureza original.
En los pasillos del poder, la gran duda que persiste es si el desenlace fue estrictamente político o si hubo, bajo la mesa, una amenaza latente de denunciar delitos que habrían acelerado el final.
La cocina del adiós
La decisión no fue un impulso de último minuto. Si bien el tramo final fue capitaneado por Javier Milei desde España, la suerte de Adorni estaba echada, al menos, diez días antes y Karina Milei lo sabía.
El oficialismo necesitaba una “ventana de oportunidad” para que el movimiento tuviera el menor costo político posible, y esa puerta la abrió el Congreso. La postergación de una interpelación clave en ambas Cámaras le brindó al Gobierno el margen de maniobra necesario para ejecutar la salida sin que esta se leyera como una rendición inmediata ante la presión opositora.
Y la opotunidad política -¿consensuada con Adorni?- fue aprovechar el furor por la Selección Argentina en el Mundial, horas antes de un nuevo partido. contra Jordania.
El mapa de la culpa y la inestabilidad
Milei no se va del proceso sin buscar responsables. El Presidente tendría en la mira puesta en un triángulo de enemigos que, según su lectura, detonaron la crisis: Mauricio Macri, Patricia Bullrich y el periodismo.
En este contexto, la posición de Diego Santilli -cada vez más libertario y menos PRO- se vuelve una de las más precarias y delicadas del tablero; el dirigente deberá navegar una situación profundamente inestable, con un Presidente que busca culpables afuera antes que introspección adentro.
La paradoja del kirchnerismo
Resulta notable el rol del kirchnerismo en este proceso. Para la oposición, la permanencia de Adorni era, en términos estratégicos, una victoria indirecta.
Cada día que el funcionario seguía en su puesto, el desgaste de la imagen libertaria se profundizaba.
Por eso, el silencio o la falta de una embestida directa para pedir su cabeza no fue casualidad, sino cálculo puro: dejaban que el propio oficialismo se consumiera en sus contradicciones.
La salida de Adorni cierra un capítulo, pero abre uno más complejo: un Gobierno que debe gestionar una crisis de confianza interna mientras el mapa de aliados y enemigos se redibuja bajo la mirada atenta de un Presidente que, lejos de calmar las aguas, parece estar consolidando su lista de “responsables” del desgaste.
tregua forzada y desconfianza
La postergación de la interpelación en ambas Cámaras, como se dijo, funcionó como la ventana de escape perfecta para que Javier Milei ejecutara la salida de Manuel Adorni con el menor costo posible. Sin embargo, lejos de calmar las aguas, este movimiento reactiva las alarmas en un Congreso donde La Libertad Avanza (LLA) sigue jugando con las cartas contadas.
La salida del vocero no limpia el tablero parlamentario; lo complejiza bajo nuevas reglas de desconfianza aunque los “aliados” (PRO y radicales) sienten más alivio con la decisión de sacar de la cancha al ahora exjefe de Gabinete,
La acusación silenciosa (y no tanto) de Milei hacia Macri y Bullrich por presuntamente haber “detonado” la crisis de Adorni casi dinamita los puentes con el aliado más estratégico que tiene el Gobierno. En Diputados y el Senado, el bloque del PRO viene actuando como el sostén estructural del oficialismo. ¿Hasta cuándo? ¿O cuál es el límite?
Para los bloques del centro (UCR, Encuentro Federal y los sectores provinciales), la postergación de la interpelación que le dio oxígeno al oficialismo no fue un cheque en blanco, sino una tregua técnica.
En estos sectores había un fuerte deseo de sentar a Adorni en el recinto para desgastar el relato oficial.
Al remover la pieza antes del choque, el Gobierno evitó el bochorno público, pero dejó a los legisladores dialoguistas con la sensación de haber sido utilizados para calibrar los tiempos de la Casa Rosada. La paciencia de estos bloques, clave para alcanzar el quórum, habría quedado al límite.
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