Ninguno como el propio Leonardo Da Vinci conocía sus desaciertos. Si bien sus obras de arte eran admiradas por todo el mundo, se había cuidado muy bien de ocultar aquellas que resultaron fallidas, por no tener el nivel de excelencia que su genio requería. Pero no tuvo el valor para destruirlas. Así que las guardó en lugar seguro, esperando que nadie las encontrara aún después de su muerte. En especial ese cuadro que era el que más aborrecía, su obra más abyecta. Pero su deseo no se cumplió, después de su muerte ese cuadro fue descubierto. Hoy se lo conoce como “La Gioconda”.
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