Casi en un mismo plano de similitudes, el impacto emocional fue, salvando las distancias, similar al momento de entrar por primera vez a la Sagrada Familia, esa impresionante obra del amigo Antonio. Pisamos fuerte, levantamos la vista y disfrutamos de esa maravilla. El arte,
la arquitectura y la magnificencia en todo su esplendor. Esa experiencia quedó grabada en el rincón de los gratos recuerdos.
Ahora estamos en Florencia. Damos una y otra vuelta. Lo rodeamos. Nos acercamos. Nos alejamos y lo volvemos a mirar desde todos los ángulos. Parece real pero no es real. Sabemos que fueron mas de 5 toneladas de mármol blanco. Un tremendo bloque que escondía la increíble figura de ese guerrero tan joven como esbelto. Si, era mármol. No era arcilla. No era cera. No era barro. Estaba ahi, frente a nosotros con sus mas de 5 me-
tros de altura. Nos costaba imaginar al autor golpeando una y otra vez esas superficies tan duras, hasta ir dándoles formas humanas. Hasta ir dándoles vida. Porque esa increíble escultura tiene vida. Dimos otra vuelta, volvimos a admirar otra vez la obra . Nos despedimos y cuando quedamos de espaldas , nos toco el hombro. No sentimos la frialdad del mármol. Giramos la cabeza y el joven, frente a nosotros nos dijo: “Soy AVID... Mi padre se llamaba Miguel Ángel... Gracias por venir a visitarme...” . Pese al impacto, nos quedamos inmóviles. Suponemos que le dimos un abrazo y le dijimos: “Somos de La Plata. Turistas... simples turistas que hicieron un alto para venir a conocerte... Chau, te llevamos en el corazón...”.
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