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Borges, a medio borrar: entrevista con Daniel Balderston

Se cumplen 40 años del fallecimiento de Jorge Luis Borges y su obra no cesa de abrir nuevas preguntas. Para desarmar el mito de la inspiración e indagar en las capas de su escritura, el investigador Daniel Balderston pasó por La Plata
Según Balderston, cuando Borges iniciaba a escribir no tenía un plan o esquema previo / web
Balderston, investigador estadounidense, escribió múltiples libros sobre el escritor argentino / Web
Balderston dialogó en exclusiva con EL DIA

“Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche…” empieza “Las ruinas circulares” de Borges. Sin embargo, en el manuscrito “unánime” no estaba. Llegó a ella más tarde, después de llenar diez veces más páginas que las que terminó publicando. Daniel Balderston le dedicó décadas a leer esos borradores y, de ese oficio de filólogo, sale una sospecha para el lector: el Borges de la erudición y la frase exacta fue, puertas adentro, un hombre que dudaba, tachaba, volvía a empezar y corregía, corregía, corregía. A cuarenta años de su muerte, su obra sigue hablando sin punto final.

Balderston es profesor en la Universidad de Pittsburgh, donde dirige el Borges Center y edita la prestigiosa revista Variaciones Borges. Aunque el inglés es su lengua materna, sus libros más representativos sobre el autor argentino circulan en español, entre ellos El método Borges y Lo marginal es lo más bello. Los papeles de Borges no quedaron reunidos en un solo archivo: hoy andan repartidos entre fundaciones, colecciones privadas y bibliotecas universitarias. Balderston fue detrás de ellos y llegó a trabajar con más de ciento ochenta manuscritos y documentos.

LA POÉTICA DE LA INCERTIDUMBRE

Hay un Borges que nos cuentan los manuscritos y que no llegamos a ver en los textos editados. “Hay muchísimas dudas y vacilaciones; yo he llamado a eso una especie de poética de la incertidumbre. Cuando Borges comenzaba a escribir, no tenía un plan o un esquema previo. Por eso, las primeras hojas son las más importantes: allí realiza revisiones sobre distintas versiones a lo largo de los años, e incluso a veces pone firma y fecha en momentos diferentes”, explica el investigador en una entrevista exclusiva con EL DIA.

El manuscrito no es el boceto previo a la obra definitiva; para Jorge Luis Borges, incluso las publicaciones parecen borradores. Escribir, en el universo borgeano, nunca fue un acto de inspiración, sino un ejercicio extenuante de reescritura, un laberinto -¿se permite esa palabra?- de vacilaciones donde cada elección implicaba el sacrificio de otras posibilidades. Su caligrafía, microscópica y a veces difícil de descifrar, avanza por los márgenes de los cuadernos abriendo llaves y corchetes. Frente a un adjetivo, anotaba cuatro o cinco variantes posibles y titubeaba durante días —o para siempre—

“En esos borradores vemos posibilidades que descartó, pero que quedan flotando como opciones, como posibilidades. Él mismo habla de esa relación entre lo édito y lo inédito en su famoso cuento «El jardín de senderos que se bifurcan», donde la discusión sobre la novela inacabada gira precisamente sobre los caminos elegidos y los descartados”.

En ese cuento, el personaje de Ts’ui Pên crea una novela caótica en la que, a diferencia de la ficción tradicional en la que el autor opta por una alternativa y elimina las otras, él opta por todas. Todos los desenlaces ocurren simultáneamente y cada uno es el punto de partida de nuevas ramificaciones -se necesitaría una hoja central que no tenga revés-. Los cuadernos de Borges parecen funcionar como ese jardín -o quizás eso quisiera-: al abrir un corchete con cinco adjetivos posibles sin tachar ninguno de inmediato, ensayaba una literatura de proliferación temporal, que se decide forzado por la publicación (pero que seguramente cambiará otra vez en alguna reedición).

Para Borges, la imprenta era apenas un accidente, una pausa obligada por el cansancio o los plazos editoriales, pero nunca el final del pensamiento

Un ejemplo: “el manuscrito de «Las ruinas circulares» del 40 es diez veces más largo que el cuento publicado y revela un universo de ideas que cruzaban su mente al momento de escribir”.

Esta labor sobre los borradores propone una forma de leer a Borges sin pedirle que sea el autor de textos clausurados. Lo que el borrador conserva son las salidas que no tomó: le devuelven el movimiento y con él la sensación de que cada texto pudo haber sido otro, de igual legitimidad.

EL POEMA DE LÓPEZ MERINO

Otro caso notable, dice, es el del poema a Francisco López Merino, “del cual existen cuatro versiones con muchísimos elementos iniciales que jamás llegaron a la versión final”. El eje del encuentro en la Biblioteca Municipal Francisco López Merino fue el rastreo arqueológico de esa elegía, que Borges escribió tras el suicidio del joven poeta platense. A través de la crítica genética —la disciplina que estudia la génesis de un texto a partir de sus huellas materiales—, Balderston mostró cómo cambiaba el poema de versión en versión.

La primera nació en un manuscrito plagado de correcciones que el propio Borges se encargó de conservar. En esos primeros trazos, el autor anotaba ideas huérfanas: “Yo, tu no tan íntimo amigo...”, una línea de pudorosa distancia que luego desapareció por completo. Aquel texto auroral fue leído en el Teatro Argentino durante el sepelio de López Merino. Borges, acorralado por una timidez extrema y una tartamudez que le avergonzaba en público, prefirió delegar la lectura.

A partir de allí, el poema inició su propia metamorfosis borgeana: publicado con urgencia en las páginas del diario platense El Argentino; luego, impreso en la revista porteña Primeras Letras; más tarde, incluido en la primera edición de Cuaderno San Martín (1929) y finalmente en las Obras Completas, en las que Borges volvió a intervenir los versos de su juventud. ¿Cuál es la versión legítima? ¿La que se leyó ante las lágrimas de los deudos en La Plata, la que se fijó en la tinta del periódico o la que el anciano ciego corrigió de memoria en los años setenta por última vez? Para algunos, el texto editado es sagrado. Para Borges, la imprenta era apenas un accidente, una pausa obligada por el cansancio o los plazos editoriales, pero nunca el final del pensamiento.

RECIÉN ESTAMOS COMENZANDO

Pero ¿no hablamos ya suficiente de Georgie? “Creo que recién estamos comenzando”, dice Balderston con entusiasmo ante los documentos que siguen emergiendo de los archivos. “Hoy tenemos acceso a manuscritos, cuadernos y apuntes que antes no conocíamos. Además, se ha podido reconstruir mejor su vida cotidiana: su trabajo como empleado en la modesta Biblioteca Municipal Miguel Cané o su etapa entre 1949 y 1955 como conferencista itinerante pago, viajando por Uruguay y por la Argentina. Todo esto ha iluminado aspectos inéditos. En los apuntes para sus charlas anotaba las fichas bibliográficas exactas, lo que hoy nos permite saber con precisión qué versión específica del libro estaba consultando. Esto resulta clave para estudiar el material que produjo antes y después de perder la vista en 1955”.

CÓMO EMPEZAR A LEERLO

A quienes sienten que Borges es un autor “indecodificable”, Balderston les responde que no es para tanto: “En realidad, no es tan difícil. Sus textos son breves; casi nunca escribió algo que superara las diez páginas. Es muy posible abordarlo sin saber demasiado de antemano. Al mismo tiempo, es un escritor que invita constantemente a la relectura: uno sigue descubriendo detalles en la lectura número 25 o 35. Siempre surgen sorpresas. Por citar un caso: en el manuscrito de «Las ruinas circulares» no aparece jamás la palabra «unánime», que es la palabra clave en la versión publicada. Fue una incorporación tardía en la construcción del relato”.

La visita del especialista a la Biblioteca López Merino de La Plata nos recuerda que la literatura de Borges no se escribe en piedra. Es más cercana un palimpsesto infinito, un territorio inacabado donde los lectores —tal como demostró Balderston frente a los folios corregidos del poema platense— estamos autorizados a desconfiar de la palabra impresa y a buscar la verdad oculta bajo la bendita tachadura del maestro.

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